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Capítulo XVII

Capítulo XVII

 

El día de Navidad pasó entre risas y buena compañía; aunque a medida que se acercaba la noche todos empezaban a pensar nuevamente en los problemas que habían aparcado por unas horas. Andrea estaba más melancólica que el resto, Fernando lo notó en seguida pero prefirió dejar que fuese ella la que quisiese hablar; ya había entendido que su hija era una mujer adulta y debía respetar su espacio. Al despedirse; Alicia y Mati no pudieron contener las lágrimas, aunque no habían tenido mucho tiempo para reencontrarse, ambas iban a echar de menos sus charlas y la confianza que habían recuperado. En el camino a casa, Fernando y Alicia hablaban y reían; les gustaba pasear por su país junto a su hija. Andrea, en cambio, seguía seria y melancólica; por un lado no podía dejar de pensar en Joel y Silvia, aunque su madre les había visto y aseguraba que estaban bien a pesar de las circunstancias, ella no se quedaría tranquila hasta que les volviese a ver. Además, por otro lado estaba el sentimiento que había descubierto la noche anterior; ahora estaba segura que acababa de sentir que España era su país,  le parecía muy extraño que después de tantos meses en España, fuese en ese preciso instante cuando descubrió como propio el país de sus padres. Al llegar a casa quiso sincerarse con ellos.

-Mamá, papá; tengo algo que contaros…

Los tres se sentaron muy juntos; Fernando y Alicia eran la viva imagen de la felicidad y Andrea lo notó en seguida.

-No sé si me entenderéis… Bueno, si soy sincera ni yo misma me entiendo…

-Creo que yo sí puedo entenderte Andrea -Alicia se adelantó a su hija- yo sentí lo mismo cuando llevaba ya algunos meses en Madrid… No sé exactamente cuando pasó, pero ya llevaba algunos meses en España cuando por fin sentí que mi tierra era esta.

Andrea abrió la boca, pero no pudo decir nada; estaba muy sorprendida, su madre había resumido en unas cuantas palabras todo lo que ella estaba sintiendo. Fernando se acercó a su hija y la abrazó; en ese momento ella reaccionó.

-Mamá; gracias por ponérmelo tan fácil, creí que no iba a saber explicarme…

-Andrea, recuerda que yo también me crié en París y que a Madrid llegué con tu edad… Anoche reconocí tu expresión, tu mirada; fue exactamente lo que me pasó a mí.

Alicia también quiso abrazar a su hija; tanto ella como Fernando estaban muy orgullosos de saber que su hija había recuperado sus raíces, su país.

-Mamá, hay algo más; con todo lo que ha pasado se me había olvidado darte esto. -sacó un sobre de su bolso- Me lo dio Pedro Iniesta; me dijo que te lo diese en mano porque no le gustaría que se perdiese. Es una carta que Álvaro escribió para ti.

Alicia cogió el sobre con manos temblorosas; tenía miedo del contenido de aquella carta, si Álvaro seguía dolido con ella después de tanto tiempo, le costaría superar su culpa.

-Bueno, yo os dejo solos; estoy muy cansada. -dio un besó a sus padres- Buenas noches.

-Buenas noches Andrea.

Alicia no pudo contestarla; aún estaba temblando con la mirada fija en el sobre; Fernando se acercó a ella y la abrazó. Poco a poco fue recuperándose de aquella especie de miedo paralizador.

-Fernando… ¿Podrías dejarme sola? Creo que necesito enfrentarme a esto yo sola.

-Claro, me voy a la habitación… Si necesitas algo; dímelo.

La besó y se alejó; sabía que Alicia seguía sintiéndose muy culpable por el daño que hizo a Álvaro así que en aquel momento prefería no estorbarla.

En cuanto Fernando salió de la habitación, se sirvió una copa de coñac; dio un trago, se encendió un cigarrillo y empezó a abrir el sobre. Desdobló despacio la carta; tenía miedo e incertidumbre, pero a la vez estaba deseando saber qué contenían esas palabras.

“Agosto de 1970, estimada Alicia:

No sé muy bien cómo empezar esta carta, supongo que al hacer balance de mi vida tú has sido una parte importante y por eso he sentido la necesidad de escribirte. Aunque es probable que nunca leas esta carta; pero no me gustaría que las cosas quedaran así entre nosotros. Hace pocos meses he sufrido una angina de pecho; quizás por eso estoy escribiéndote, desde entonces no puedo dar clases, me paso el día en casa y por ello tu imagen se ha hecho más presente. Me hubiese gustado que aquel lejano día en que nos vimos por última vez todo hubiese sido distinto, no puedo soportar creer que tus recuerdos sobre mí sean todos malos… Yo pasé días muy felices junto a ti; otros no tanto, pero durante un tiempo le diste a mi vida la luz que hacía años que no tenía. Durante los últimos tiempos no he podido evitar pensar que tú fuiste mi última oportunidad para salir de la soledad; las circunstancias me negaron esa oportunidad. No creas, no te culpo; como bien dijiste aquella última vez, los tres tuvimos culpa al creer que lo mejor era ignorar la realidad y hacer lo que debíamos. A estas alturas de mi vida he aprendido a reconocer mis errores; fui muy injusto al culparte a ti de todo, no me gustaría que vivieses toda la vida con esa culpa. Al fin y al cabo, cuando todo pasó tú eras casi una niña, eras una chica muy joven que estaba en su derecho de equivocarse; sin embargo yo… Yo debí hacer las cosas bien, debí enfrentarme a los problemas y no dejar que las cosas pasasen sin hacer nada por evitarlo. Lo siento de verdad Alicia; creo que tenías razón en algo más… En cierta forma siempre envidié tu fuerza, tu alegría, tu vitalidad; quise creer que podrías contagiarme algo de tu carácter y así no me sentiría tan abatido. Lo más irónico de todo es que no me arrepiento de nada; no puedo arrepentirme porque gracias a mis equivocaciones, gracias a dejarme llevar por los acontecimientos pude vivir unos meses felices junto a ti. Sé que no es justo, que tú no fuiste feliz junto a mí, que aunque dieses esa imagen, la felicidad no formaba parte de nuestra vida en común; pero yo sí fui feliz. Por eso quiero darte las gracias; gracias de todo corazón por ser una pequeña tregua en una vida tan gris. Sé que no es justo pensar así porque por esos meses de felicidad que me diste, tú no pudiste vivir la felicidad de estar junto a Fernando, el hombre al que amabas. Pero déjame que sea egoísta una última vez y que sea feliz por haber tenido esa pequeña tregua.

Espero que hayas conseguido ser feliz en tu nueva vida; si la vida es justa, deberías serlo. No te equivoques, aunque haya escrito que fui muy feliz contigo en el pasado; ahora también lo soy. No de esa forma; el paso del tiempo hace que en cada momento tu felicidad sea de una forma distinta, soy muy feliz en mi faceta de abuelo. Por pasar momentos con mi niña preciosa merece la pena la vida. Espero que tú hayas encontrado la felicidad; de verdad, lo deseo de todo corazón.

Un fuerte abrazo. Álvaro”

Mientras leía la carta, sintió muchas cosas; tantas que ahora estaba impresionada. Álvaro no la había guardado rencor; de hecho le agradecía el tiempo que pasaron juntos y quería lo mejor para ella. Las lágrimas habían ido mojando la carta; ahora se sentía en paz con su pasado y con los errores que había cometido. Aunque Álvaro no lo supiese nunca, ella también había disfrutado de su compañía, de su hogar; durante un tiempo fue lo único que tuvo y por ello siempre le estuvo agradecida. Acababa de reconciliarse con él, con el amigo que él había sido para ella; sin rencor, sin culpas e incluso sin el odio que llegó a sentir por él en los últimos meses de convivencia.


 


Dobló y guardó la carta en el sobre; llegó a la habitación con los ojos rojos de llorar. Fernando la contempló desde la cama, no quería preguntarla; prefería dejarla su espacio. Ella fue directa a una cajita que siempre la acompañaba; era su caja de los recuerdos. Allí estaban, entre otras cosas, las cartas de Fernando, las fotos del pasado en Madrid, los dientes de leche de su hija… Junto a aquellos pequeños tesoros, guardó la carta de Álvaro. Se metió en la cama junto a Fernando; no le contó nada del contenido de la carta, sabía que lo haría, pero no en aquel momento. Solo quería sentir a Fernando, sentir sus abrazos, su mirada; sentirle a él; Fernando la abrazó dulcemente. Por mucho tiempo que pasase, siempre se necesitaban el uno al otro; un simple gesto, una mirada, una caricia, un beso, un abrazo… Cualquier pequeño detalle que viniese del otro les hacía sentirse vivos nuevamente.






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