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Capítulo XXIII

Capítulo XXIII

 

Desde el miércoles no había tenido tiempo de escribir; la verdad es que los días junto a mis padres se pasan volando. Mañana será Nochevieja y desde esta tarde estamos en casa de Mati; esta noche mientras cenábamos hemos escuchado el mensaje navideño de Franco.

Ayer salimos por Madrid los tres juntos; al principio no nos movimos del barrio en el que está el piso en el que vivimos pero finalmente fuimos al centro. Ellos disfrutaron con cada pequeño detalle de Madrid, les gustaba encontrarse con cosas típicas de aquí; yo mientras tanto solo podía mirarles. Me gustaría tanto que pudiesen quedarse aquí en Madrid conmigo… Pero las cosas son como son; lo que sí he decidido es que las próximas vacaciones serán en Cantabria, la familia paterna de mi padre era de allí y él pasó muchos veranos en su tierra. Mientras comíamos en un restaurante que ofrecía comida cántabra; muy buena por cierto, escuchamos por la televisión el nombramiento de Arias Navarro como nuevo presidente. En ese momento se nos terminó el día en familia y cada uno volvió a sus quehaceres. Yo fui con Mikel al periódico Informaciones, está haciendo las prácticas allí; me enteré de muchos detalles y además vi en vivo cómo se trabaja. Lo mejor fue que cuando me vieron leer notas en francés y traducirlas, me ofrecieron un trabajo como traductora; lo he hablado con mis padres y voy a aceptar el trabajo. En realidad, el sueldo no le necesito, aunque no me viene mal empezar a ser independiente en ese aspecto; pero para mí lo mejor es trabajar tan pronto en un periódico, aunque sea como traductora.

Esta mañana yo me he despertado muy pronto aunque no tenía mucho que hacer; salí a comprar lo que necesitaba para preparar el desayuno y estuve hablando por teléfono con Luisa. Hoy han vuelto su madre y sus hermanas del pueblo así que no podremos cenar en El Asturiano; aunque no me quejo porque con Mati y su marido lo vamos a pasar muy bien. Mis padres se levantaron tarde y yo les tenía una sorpresa; después de ver lo entusiasmado que estaba mi padre con la comida de su tierra, decidí hacer para desayunar unos sobaos. No sé qué tal me quedarían, pero él me aseguró que estaban muy buenos; el desayuno se torció cuando escuchamos las condenas por el proceso 1001. Las condenas van desde los 20 años que les han caído a Marcelino Camacho y a Eduardo Saborido hasta los 12 que les han caído a Miguel Ángel Zamora, Pedro Santiesteban, Luis Fernández y Francisco Acosta. Mi madre me ha dicho que se puede recurrir, pero que de momento no hay nada más que se pueda hacer. Conocer la sentencia nos estropeó la mañana pero la tarde se arregló.

Por la tarde nos vinimos a casa de Mati; hemos pasado una tarde hogareña y mientras se ponían al día de detalles de sus vidas, también recordaban detalles del pasado. Me gusta mucho oírlas hablar de cuando vivían juntas; además, me gusta su relación, son muy buenas amigas. Hoy me contaron que la prima Mati era una chica muy conservadora por la educación que le dieron sus padres; lo que ella esperaba de la vida era casarse y servir a su marido e hijos. Creo que en ese momento metí la pata; me burlé de esas costumbres, aunque ella no le dio importancia. También me contaron que aunque pensaban de forma muy distinta, se querían muchísimo. Diego y mi padre prepararon la cena y yo ayudé a poner la mesa; la cena empezó bien, pero todos sabíamos que se torcería… A las nueve y media salió en la pantalla de la televisión Franco para dar el mensaje navideño; hubo dos momentos en los que perdimos los nervios… Bueno, todos no; Mati estaba tranquila. El primero fue cuando Franco dijo el refrán de no hay mal que por bien no venga; todos lo atribuimos al atentado contra Carrero pero decir eso… La verdad es que nos sorprendió a todos. El segundo momento tenso fue en la despedida; Franco deseó lo mejor a todos los españoles, especialmente a los que están fuera de su hogar. Claro, mi padre ya no aguantó más aquel discurso y se levantó de la silla cabreado, mi madre le abrazó y poco a poco volvimos a la normalidad.

Hace un rato que nos hemos ido a dormir; ahora estoy en una de las habitaciones de invitados de casa de la prima Mati, mis padres están en otra. Mañana pasaremos el día con ellos y celebraremos juntos la Nochevieja; será el primer año que yo tome las uvas… Siempre me ha parecido una tradición muy curiosa pero en París no es costumbre y nunca he podido hacerlo así que tengo ganas de que llegue.

 

 

 

 

Eran las diez de la noche; acababan de servir la cena y se disponían a empezar cuando llamaron al timbre. No esperaban a nadie, Fernando entró en la cocina mientras Mati iba a atender la puerta. Al abrir, no pudo creer quien estaba allí; era su hermano Carlos con su hija más pequeña, no reaccionó de inmediato así que la niña, que tenía unos cuatro años y no la había visto nunca, rompió el hilo.

-¡Hola tía Mati!

Al fin, viendo a su sobrina sonreír pudo reponerse y besó a la niña; en cuanto fue consciente de que la escena que estaba viendo era real, se lanzó a los brazos de su hermano. Carlos había deseado ese momento durante mucho tiempo; era su hermana y siempre sintió que la había fallado. Comprobar que estaba bien era una alegría pero además un alivio.

-¡Pero Carlos! ¿Cómo no me has avisado que venías? ¡Tenía tantas ganas de verte!

-Yo también hermanita; aunque parezca que me he olvidado de ti, no es cierto…

-Anda calla, que yo nunca he pensado eso.

La niña al ver que no recibía la atención de los mayores hizo un puchero; en ese momento Mati la cogió en brazos y empezó a hacerla cosquillas.

-¿Y esta niña tan guapa como se llama?

-Tía, me llamo como tú; Matilde.

-Sí, es la única hija que tengo y quise que se llamase como mi hermana…

Mati sonrió ante la confesión de su hermano; en ese momento Diego se asomó a la entrada para ver si todo iba bien, fue cuando se percató de lo delicado de la situación…

-Diego cariño, mira quien ha venido; ¿le recuerdas? Es mi hermano Carlos.

-Sí, claro… -le tendió la mano- ¿Qué tal todo?

-Bien, espero no molestar… No sabía seguro si llegaría para celebrar el fin de año así que preferí no avisar por si acaso…

-No te preocupes; ya sabes que estás en tu casa. Aunque si puedes esperar un momento para entrar te lo agradeceríamos… Tenemos la casa un poco revuelta.

-Diego, ve tú a arreglar todo, yo me quedo con mi hermano…

Y aunque Mati estaba muy contenta de verle, también estaba tensa pensando en Fernando y en cómo iban a solucionar la situación. Diego entró en la casa y les contó a sus invitados lo que pasaba; después de discutirlo, todos estuvieron de acuerdo en que no pasaba nada porque cenasen juntos. Al fin y al cabo, Carlos estaba de visita y seguro que no iba a hacer nada en contra de su prima y su familia.

Al entrar, fue Carlos el sorprendido; primero vio a Alicia y, aunque habían pasado los años, la reconoció al instante. Fue directo a abrazarla; en el pasado había odiado a aquella prima de la que se enamoró pero cuando fue pasando el tiempo comprendió que la culpa de lo que había pasado no era de Alicia.


Al separarse de ella, vio a Fernando y se quedó blanco; aunque en esa época ya no tenía relación con su prima, había leído en los periódicos el fusilamiento de Fernando. Fue él quien se acercó a estrecharle la mano.

-No soy ningún fantasma, tranquilo… Supongo que te enteraste de mi fusilamiento… Como puedes suponer sobreviví…

-Ya… Sí, leí lo de tu fusilamiento y… Bueno…

Fernando y Alicia soltaron una carcajada.

-No te preocupes, ya estoy acostumbrado a que cuando alguien me vuelve a ver se quedé en blanco…

-Claro… Entonces estás aquí porque… ¿Porque eres el marido de Alicia?

-Sí, Carlos, es mi marido… Y esa chica que tienes al lado es mi hija Andrea.

Carlos se volvió hacia Andrea y la abrazó con algo de cautela.

-Encantado Andrea… ¡Cómo te pareces a tu madre!

-Hola Carlos; por fin te conozco.

-Bueno, ahora es mi turno de las presentaciones… Esta señorita que está en brazos de su tía, es mi hija y se llama Matilde…

Alicia se acercó a la niña.

-Hola Mati; soy tu prima Alicia…

-¡Alicia! –la niña agitó los brazos en dirección a su prima- ¡Prima Alicia!

-Aunque ella no os conociese ni a Mati ni a ti, yo siempre le he hablado de vosotras.

Todos se concentraron durante unos momentos en la niña y las preocupaciones desaparecieron. Después Diego les instó a sentarse y disfrutar de la cena.

Durante la cena la conversación cambió de tono muchas veces; hablaron del pasado, de Hipólito, de lo que le costó a Carlos sobreponerse del odio que le llevó a matar a su propio padre… Pero también hablaron de sus respectivas vidas, de lo felices que eran y sobre todo de lo felices que estaban de poder compartir aquella cena todos juntos. En un momento de la noche, Carlos hizo un aparte con Alicia.

-Alicia… Me alegro que todo te vaya bien y que pudieses ser feliz junto a Fernando.

-Bueno, no todo ha sido feliz; pero al final pudimos reencontrarnos y empezar nuestra vida juntos… Eso sí, en París, porque en España Fernando no puede estar y yo tampoco… De hecho, ninguno de los dos tenemos nuestro verdadero nombre; él ha tenido que ponerse el nombre de Federico y yo el de Ana… En España estamos los dos oficialmente muertos.

-Supongo que tú para dejar libre a tu profesor ¿no? Porque supongo que lo de la boda no fue ninguna invención.

-Pues no, no fue un invento… Convivimos durante unos años; pero las cosas no se pueden forzar… Yo siempre estuve enamorada de Fernando, y aunque en esos momentos yo todavía no sabía que había sobrevivido, decidí irme a París a empezar de nuevo. Después de todo lo que Álvaro hizo por mí, me pareció muy injusto dejarle atado de por vida así que le envié un certificado de defunción y…

-Y te pusiste el nombre de tu madre ¿no?

-Sí –Alicia sonrió al recordar a sus padres- y bueno, Fernando huyó a París después de sobrevivir y prefirió dejar las cosas como estaban y cambiarse el nombre… Así que aquí no existimos… Más o menos…

-Alicia, si te preocupa que yo pueda decir algo…

-¡No Carlos! Ni he dicho eso ni lo he pesando.

-Bueno, por si acaso, te aclaro que no tengo ninguna intención de denunciaros a ninguno de los dos…

-Carlos, sabía que no lo harías, por eso cuando Diego nos contó que estabas aquí con tu hija ninguno de los dos tuvimos dudas. Sabíamos que podíamos pasar el fin de año todos juntos sin ningún temor.

Abrazó a su prima y volvieron con los demás; eran las once y media y tenían que preparar todo para poderse tomar las uvas. Andrea estaba emocionada; acababa de conocer a Carlos y su hija, habían cenado todos juntos y, aunque habían tratado temas tristes, se sintieron en familia. En ese momento, se disponía a pelar las uvas; su padre se lo había recomendado si quería no atragantarse la primera vez que comiese las doce uvas. El programa de televisión ya estaba mostrando imágenes de La Puerta del Sol; todos estaban en frente del televisor con las uvas preparadas.

Vayan preparando el espumoso, el champán, las uvas… Quedan dos minutos para las doce campanas y para celebrar el nuevo año.

Andrea estaba expectante mientras sus padres la miraban orgullosos; sabían que su hija ya sentía España como su país, estaban felices porque el exilio no había podido robarle esas sensaciones.

Señores y señoras, estén atentos, llegan los cuartos y cuando finalicen, será el momento de las doce campanadas…

Andrea ya tenía la primera uva en la mano mientras esperaba ansiosa la primera campanada.

Ahora sí… Una… Dos… Tres… Cuatro… Cinco… Seis… Siete… Ocho… Nueve… Diez… Once… y Doce… ¡Feliz año 1974!

Andrea terminó las uvas al tiempo que el presentador felicitaba el año; sus padres la abrazaron felicitándola el año. Y a partir de ese momento empezaron los brindis, las felicitaciones, las risas… La noche se les quedó corta; bailaron, rieron, bebieron, se divirtieron como nunca. Cerca de las seis de la mañana Alicia y Mati prepararon un chocolate caliente y al terminarle todos se fueron a dormir. Aunque hubo alguien que, a pesar de estar cansada, no pudo dormir. Andrea se quedó mirando cómo dormía su primita Mati; aunque acababa de conocerla, la niña se hacía querer. Durante aquellas horas de soledad se sintió bien, la primera Nochevieja en España la había gustado mucho, pero estaba segura que la presencia de sus padres había sido lo que más había tenido que ver. Con esa sensación de felicidad se fue quedando adormilada junto a la pequeña Mati.






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