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Capítulo XXX

Capítulo XXX

 

1 de marzo de 1974


Eran más de las diez de la noche, normalmente a esas horas no se permitían visitas en la Modelo de Barcelona; pero gracias a unos contactos de sus padres, Alberto pudo conseguir un permiso especial para pasar las últimas horas con Salvador.

Dos guardias entraron de repente en la celda 443, sin mediar palabra le levantaron de aquel colchón viejo y maloliente; él no entendía nada pero no quiso darles el gusto de preguntar. Llevaba días ignorando a cuantos guardias se acercaban a él, él tenía claro lo que iba a pasar, no confiaba en el indulto. Cuando le metieron en aquel cuarto pequeño y oscuro, reconoció a un compañero que había visto un par de veces antes de ser detenido. No recordaba su nombre, pero sabía que era quien estaba intentando reorganizar el MIL.

-Salvador –se levantó y le tendió la mano- no sé si me recordarás… Nos hemos visto alguna vez, soy Alberto y estoy… Bueno ya sabes, llevando todo en Barcelona…

-¡Eso es, Alberto! –le estrechó la mano- Es que no recordaba tu nombre, pero sí sabía que te conocía…

Aunque los guardias no dejaron de estar pendientes, ellos pudieron hablar de lo que quisieron; pero siempre con cuidado y utilizando sobreentendidos para hablar de lo más delicado.

 

Al mismo tiempo que Alberto acompañaba en su última noche a Salvador Puig Antich, Alicia viajaba junto a Enrique en tren dirección a Murcia. Durante la semana anterior habían cogido confianza, comieron juntos algunos días, pasaron las tardes hablando de asuntos del Partido, incluso Alicia le había contado parte de su historia. En aquel momento Alicia miraba por la ventanilla, era de noche y apenas se distinguía nada, pero estaba absorta en el exterior del tren. Enrique creía que le pasaba algo, pero no sabía si debía preguntar; tenía confianza con ella y ella con él, pero quizás no tanta como para poder preguntar. El tren hizo un movimiento brusco y Alicia dejó de mirar el exterior para fijarse en su acompañante. Se dio cuenta que la miraba de forma extraña.

-Enrique, perdona que esté tan ausente pero mi mente solo puede pensar en lo que va a pasar en Barcelona dentro de unas horas…

-No te preocupes, te entiendo… ¿Le conocías mucho?

-No, a él no; aunque siempre afecta que condenen a alguien a la pena de muerte… A Salvador Puig Antich solo le conozco de oír hablar de él; pero hace más de veinte años… En febrero de 1951 fusilaron a alguien muy importante para mí… Bueno, en realidad no consiguieron fusilarle, le dejaron malherido en mitad del monte dándole por muerto –sabía que era mejor no desvelarle ciertos aspectos de su pasado y del de Fernando, pero necesitaba desahogarse y además confiaba de verdad en él- pero yo lo supe años después… Durante un tiempo sí creí que le habían fusilado; de quien te hablo es de mi marido –Enrique cogió de la mano a Alicia- y es por quien estoy aquí y te he encargado esta investigación.

Abrazó a Alicia fugazmente, le impresionaba la fuerza con la que Alicia contaba lo que le había pasado; durante el resto del viaje ninguno comentó nada más, cogidos de la mano para darse apoyo hicieron el resto del viaje en un silencio cómplice.

 

A las siete de la mañana del día dos de marzo de 1974, Fernando ya estaba fuera de casa; había quedado en pasar a buscar a Antonio para organizar la concentración que se llevaría a cabo en París a partir de las siete y media de la mañana como protesta por la condena de muerte de Salvador Puig Antich. Juntos llegaron a la embajada española en París, en frente sería la manifestación que comenzaría en pocos minutos. Al principio parecía que acudirían muy pocas personas; pero según se fue acercando la hora, la plaza estaba llena. Los días anteriores se manifestaban para pedir la conmutación de la pena, pero esa mañana sería distinta; en menos de dos horas se ejecutaría la condena. Estaban allí manifestados para mostrar al mundo su indignación con la pena de muerte, era más un acto simbólico que otra cosa. Cerca de las ocho y media, Fernando estaba rodeado de gente, pero aún así se sintió solo durante unos instantes; en realidad se sintió solo con Mario. Recordó los últimos instantes que pasó con él, la última mirada antes de salir del cuarto donde habían compartido unos momentos muy intensos aunque breves. Recordó a Alicia, el mensaje que a través de Mario le envió, recordó también el momento en el que levantó la mirada para enfrentarse con ella a sus verdugos…


Si alguien podía comprender en esos momentos a Salvador Puig Antich ese era Fernando. Aunque a Salvador, en vez de fusilarle, iban a aplicarle el garrote vil, pretendía despolitizar esta ejecución, una manera más de negar que en España hubiese oposición al franquismo.

 

En el mismo momento en que Fernando recordaba su fallido fusilamiento y se sentía cerca de Salvador, Alberto se despedía de él. Se abrazaron amistosamente, a Salvador se le notaba entero, sereno y consciente de que su final había llegado. Aún tardarían casi una hora en aplicar la condena; pasó los últimos momentos en la sala de paquetería de la cárcel Modelo de Barcelona rodeado de guardias armados que le miraban con recelo. Alberto no quiso alejarse de la cárcel; fuera hacía frío y lloviznaba suavemente, pero aún así, esperó fuera a que un guardia le confirmase el desenlace. No esperaba que ocurriese nada que impidiese su ejecución, pero quería estar cerca, sentir que de alguna manera le acompañaba hasta el final. A las nueve y veinte de la mañana Salvador Puig Antich dejó de vivir; a las nueve y veinte de la mañana Franco, mediante sus lacayos, había ejecutado otra pena de muerte, una más en toda la historia del franquismo. Desde que ganase la guerra, se había hecho experto en firmar de puño y letra las condenas a muerte de todo aquel que se le pusiese por delante. Aún así, no sería hasta más de las nueve y media cuando hicieran oficial el cumplimiento de la condena.

Alberto vio salir a un guardia que le había asegurado que en cuanto se supiese de manera oficial, él mismo se lo comunicaría. Le vio acercarse a él lentamente, incluso creyó reconocer en sus ojos vergüenza, vergüenza por lo que acababa de contemplar; aunque no le convenció porque él era uno de ellos, él trabajaba para Franco y, aunque involuntariamente, él también ayudaba al régimen. Lo que Alberto nunca sabría era que aquel guardia era sincero, lo sentía de verdad; llevaba pocos años trabajando como funcionario en la cárcel, pero poco a poco fue descubriendo el horror que allí se vivía, eso le abrió los ojos. El guardia le tendió la mano, pero Alberto la rechazó, le dio la espalda y emprendió el camino hacia la pensión donde se estaba quedando. En cuanto llegó, cogió el teléfono y llamó a un compañero en París. Sabía que Fernando y Antonio estaban frente a la embajada y quería comunicarles que ya habían ejecutado la condena.

 

Pocos minutos después, en la manifestación frente a la embajada española en París, se anunciaba que Salvador Puig Antich había sido ejecutado, que ya le habían matado. En señal de respeto se guardó un minuto de silencio y poco después de dio por terminada la manifestación. Fernando decidió seguir trabajando, quería entrevistarse con unos compañeros que acababan de regresar de España y traían nuevos datos de la situación. No quería pensar en lo que acababa de pasar en España, no quería pensar en Salvador, en Alicia lejos de él, en Andrea independizada, en él mismo y sus recuerdos de febrero de 1951… Y para no pensar, lo mejor era tener la mente ocupada así que se despidió de Antonio y fue al encuentro de esos compañeros.

Llevaban un par de horas en Murcia, eran las diez y media de la mañana y hacía una media hora habían hablado con Alberto, quien les comunicó que ya habían hecho cumplir la condena de Salvador. Acababan de llamar al lugar donde había ido a vivir Remedios con su marido y su hijo; no sabían qué se encontrarían, Alicia estaba nerviosa y expectante. Hacía solo unos minutos había estado muy afectada por recordar el fusilamiento de Fernando y también por saber que otra persona acababa de morir a causa de la dictadura. Pero en ese momento la adrenalina corría por su cuerpo, solo pensar que podrían encontrarse allí mismo con los familiares de Fernando hacía que se olvidase de todo lo demás. Una mujer algo mayor abrió la puerta, Alicia no podía contener los nervios pero habían acordado que sería Enrique quien llevaría la iniciativa.

-Buenos días señora, soy Enrique Montes y me gustaría poder hablar con usted un momento.

-Hola joven… ¿Y sobre qué quiere hablar? ¿Quién es usted?

-Es un poco complicado de explicar, pero no debe asustarse…

-Uy, cuando la cosa empieza así yo creo que todos no echamos a temblar –y, a pesar de sus palabras, aquella anciana les invito a pasar- aunque no suelo ser tan confiada, ustedes me dan buena espina… Espero no equivocarme.

-Ya verá cómo no, señora…

Alicia aún no había dicho ni una sola palabra y, aunque quisiese, sentía que no podía articular ni un sonido, que su voz no respondería a las órdenes de su cerebro.

-Siéntense, por favor… ¿Quieren tomar algo?

-No, no se moleste…

¿Y usted señorita, una limonada o un café quizás? Está muy callada, ¿le ocurre algo?

-No… -Alicia empezó hablando con un susurro pero al final logró que su voz se normalizase- yo tampoco quiero nada, muchas gracias.

-Bueno pues ustedes dirán qué quieren…

-Ante todo, gracias por recibirnos; como le dije mi nombre es Enrique Montes y ella es Ana Peña… Y aunque le parezca algo raro… Venimos preguntando por dos personas señora…

-Encarna, me llamo Encarna.

-Pues como le decía Encarna, nosotros estamos aquí porque estamos buscando a dos personas que hace años se mudaron aquí…

-Vaya… ¡Qué extraño y emocionante! ¿Y para qué las buscan?

-No podemos darle muchos detalles, debe confiar en nosotros… Son unos familiares de esas personas los que les están buscando, perdieron el contacto hace muchos años y ahora estamos intentando que puedan volver a reunirse…

-¡Qué emotivo! Bueno, bueno, veremos si yo puedo ayudarles…

-Seguro que sí… -Alicia quiso tomar la iniciativa- Buscamos a un matrimonio y a su hijo, bueno, no sabemos si tuvieron más hijos, pero como mínimo tienen uno…

Encarna se quedó pensativa durante unos segundos, no sabía nada acerca de ellos, pero su instinto le decía que eran buenas personas, aún así, antes de ayudarles prefería saber a quién buscaban.

-Díganme sus nombres e intentaré ayudarles, pero no les prometo nada…

-Estamos buscando a Remedios Romero y Miguel López, bueno y a su hijo Sancho…

-¡Qué bien volver a oír hablar de ellos!

-¿Entonces… -Alicia se había sobresaltado ante aquella respuesta- les conoce?

-¿Cómo no voy a conocerles? Fueron los mejores inquilinos que pude tener en esta casa; nunca nadie les ha podido superar…

-¿Y sabe dónde podemos encontrarles?

-Lo siento jóvenes, en eso no puedo ayudarles, pero si quieren puedo contarles algunas cosas de cuando estuvieron en mi casa…

Encarna les contó muchas cosas acerca de aquel matrimonio tan unido y a la vez tan independiente el uno del otro. También les contó alguna anécdota de Sancho, cuando llegaron allí él tenía ya veinte años; siempre fue un joven muy educado pero cuando presenciaba alguna injusticia siempre salía en defensa de los demás. Alicia sonrió reconociendo en Sancho el carácter de su primo Fernando. Por último, les contó que en 1953 la familia volvió a Madrid porque Sancho empezó a trabajar como fotógrafo y en Murcia no tenía las mismas oportunidades que en la capital. Les dio una dirección de Madrid, allí les había mandado durante un tiempo las cartas que recibían en su casa, pero pasados unos meses le dijeron que ya no estaban allí. Pasaron el resto del día con aquella señora mayor, Alicia disfrutaba escuchándola hablar; y no hablaron solo de lo que les había llevado hasta allí. Encarna les contó historias de su juventud, de la época de la República, de la época en que estuvo en la cárcel… A cambio, ellos le hablaron de sus vidas, Enrique le contó a qué se dedicaba y Alicia le contó historias de París, de las manifestaciones en contra de Franco…

Cuando salieron de aquella casa, se les había olvidado la noticia con la que había comenzado el día. Estaban satisfechos y contentos; el tren de vuelta saldría en media hora así que se dirigieron a la estación. El viaje de vuelta fue muy distinto al de ida; no dejaron de hablar en todo el trayecto, se notaba que hablar con Encarna les había venido bien y no solo por la información que les había dado, sino también por haber compartido un agradable día con esa humilde mujer a la que ya admiraban.






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