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Reviviendo el pasado
Relato que tiene como protagonistas a Fernando y Alicia. El relato parte del final de su trama en la cuarta temporada

 


Capítulo I
 
 

Mayo de 1952
 
Eran los últimos días de clase, todavía le quedaban tres exámenes por hacer y estaba deseando que el curso acabase. No sabía muy bien por qué pero necesitaba acabar aquel curso de una vez; tampoco es que le apeteciese la llegada del verano, pues no tenía nada que hacer; pero tenía ganas de perder de vista las clases, los profesores, los compañeros… ¡Qué ironía! Hacía a penas cuatro años estaba ilusionada con ir a la facultad, con empezar a estudiar… Pero en ese tiempo habían cambiado tantas cosas… Apenas recordaba nada de aquella Alicia alegre que llegó a España, ahora simplemente sobrevivía, pero no vivía la vida. En ese momento, le vino a la mente una conversación que mantuvo con Fernando al poco de conocerse. Cerró los ojos y pudo ver la fiesta en El Morocco, a Fernando trajeado y a ella con un vestido a cuadros; “Está claro que tengo que hacerte caso y disfrutar de lo que me propone la vida”. ¡Qué lejano le resultaba todo aquello! Y sobre todo, que poco había durado su felicidad en España. Desde el fusilamiento de Fernando, su vida se había convertido en algo sin sentido. Cuando Fernando se fue dejándola en España, intentó por todos los medios salir adelante; es más, en cierto modo, había conseguido vivir tranquila. No era feliz junto a Álvaro, pero al menos sabía que Fernando estaba luchando desde Francia por la libertad de todos; pensar eso la hacía feliz. Pero desde que se enteró de la condena que le había caído a Fernando, no podía vivir. No había esperanza para el futuro y, la verdad, ni siquiera le importaba ese futuro. De vuelta a la realidad, terminó de repasar los apuntes para el examen que tenía ese día.
 
El día había terminado, estaba agotada y necesitaba descansar; así que al llegar a casa se puso a preparar un baño relajante. Cuando estaba a punto de meterse en la bañera, llamaron a la puerta; al abrir, Pedrito entró en casa hecho una furia y lloriqueando. Alicia no tenía humor para aguantar las tonterías del niño, así que se dirigió al baño. Pero el niño, que quería que le hiciese caso; se interpuso en su camino.
-Mamáaaaaaaaaaaaaaa en el cole me han llamado mariquita y no me dejan en paz -se puso a llorar.
-Pedrito, te he dicho muchas veces que me llames Alicia -odiaba que el niño se dirigiese a ella como su madre- recuerda que no soy tu mamá. ¿Por qué no vas a merendar y te olvidas de lo que te ha pasado hoy en el colegio?
-¡Que no, que no y que no! Quiero que papá o tú vayáis a hablar con esos niños y les castiguéis.
 
 Alicia no aguantó más aquello, apartó al niño de su camino y se encerró en el baño para poder relajarse. Mientras se daba el baño recordó que en unas semanas sería su cumpleaños, cumpliría veintidós años pero no le hacía especial ilusión. Desde que cumplió diecinueve años no volvió a ser lo mismo… Recordaba aquel cumpleaños con especial cariño, con anhelo, pero sobre todo, con amor. Seguía considerando ese día como el más especial de toda su vida, y recordaba cada instante como si hubiese sido ayer mismo. Sin saber por qué, se le vino a la cabeza la última vez que vio a Mario Ayala; fue después del fusilamiento de Fernando y después de que el propio Mario estuviese detenido.
Aquel día se había quedado en casa porque se encontraba mal; había cogido la gorra que Fernando le dio el día de su despedida y que ella guardaba para los momentos de soledad, y se había tirado en la cama a llorar. De repente oyó el timbre, intentó tranquilizarse y se dirigió a la puerta. Al abrir se encontró con un Mario abatido, le invitó a entrar y se sentaron en el sofá. Mario le contó todo lo que le había pasado después de intentar ayudar a Fernando; pero además, le dijo algo que ella no esperaba.
-Alicia… Bueno, no sé si sabes que pasé con Fernando la última noche…
-Si, el amigo de mi marido nos lo contó. Supongo que tuvo que ser muy duro para Fernando…
-Si te soy sincero, me sorprendió mucho su forma de enfrentarse a la muerte. No dudó ni un segundo, no se arrepintió de nada; murió por sus ideas y era consciente de ello.
-Sí -Alicia sonrió levemente- así era él…
-Alicia… Él único momento en el que demostró debilidad fue al darme un mensaje para ti… Se nota que te quería mucho.
-¿Un mensaje? -sonrió abiertamente- ¿Qué te dijo?
-Su mensaje fue… -a Mario le costaba mucho hablar de aquello, siempre que lo recordaba sentía admiración por aquel hombre al que a penas tuvo tiempo de conocer pero que le causó una gran impresión- Fue que te dijese que sería de pie y con los ojos abiertos, pero viéndote a ti.
-¿En serio? -Alicia empezó a llorar pero no podía disimular también una sonrisa al recordar el momento en el que Fernando le hizo ese comentario; y sobre todo, al comprobar que al igual que ella, Fernando no olvidó ni un solo instante que pasaron juntos. Le gusto saber que cuando ella recordaba ese momento, él también lo recordó.- Gracias Mario, gracias por venir hasta aquí para decírmelo.
-De nada Alicia -la abrazó, él ya había sospechado que entre Fernando y Alicia existió algo desde la primera visita que les hizo; pero aquello lo dejaba todo mucho más claro- Alicia, siento tanto no poder haber hecho nada por Fernando…
-¡No, Mario! Tú hiciste todo lo que estaba en tu mano, no como otros… -No dejaba de pensar en que Álvaro pudo haber hecho más, desde que todo pasó su relación ya no existía. Nunca le había querido como hombre, pero al menos le tenía cariño y le admiraba como profesor; pero cuando ejecutaron a Fernando todo cambió…
-No seas tan dura con tu marido… No es fácil significarse hoy en día…
-Sí, no es fácil; pero tú sin apenas conocer a Fernando lo hiciste… Mi marido, en teoría, defiende las mismas ideas que Fernando pero con otros métodos. Aún así, no le importó nada, no sintió su muerte… Bueno dejemos de hablar de eso. ¡Que tonta! Llevas aquí un rato y no te he ofrecido nada.
-No, Alicia; no te molestes. Me tengo que ir. Espero que todo te vaya bien; y si no nos vemos en un tiempo, recuerda que si necesitas ayuda, una recomendación cuando acabes la carrera, cualquier cosa… No dudes en visitarme. Muchas gracias por todo.
-Gracias a ti, Mario.
Le acompañó hasta la puerta y una vez que la cerró, se derrumbó. Se pasó el día llorando en su habitación abrazada a aquella gorra de la que nunca pensaba desprenderse.
 
Unos suaves golpes en la puerta la devolvieron a la realidad.
-Alicia, -Álvaro estaba preocupado porque su hijo le había dicho que su madre no le había hecho caso- ¿estás bien?
-Si, solo me estoy dando un baño, enseguida salgo.
 
 
  
Capítulo II
 
 

Al salir del baño, Alicia se encontró a Álvaro sentado esperándola, parecía enfadado; pero ella no tenía ganas de discutir.
-Álvaro, hoy no voy a cenar. No me encuentro bien, me voy a mi habitación.
Álvaro se levantó y la cortó el paso.
-Alicia, tenemos que hablar.
-Hoy no, en serio; estoy cansada y todavía tengo que repasar algún tema para el examen de mañana.
-¡Esto es mucho más importante que un maldito examen!
-Vaya, ahora sí que hay cosas más importantes que los exámenes… Que yo recuerde, siempre decías que mis estudios estaban por encima de todo. Pero claro; ese todo no incluía a tu hijo, a tu madre o a ti.
-¡Alicia! Llevas demasiado tiempo cabreada con el mundo, ¿no crees que ya es suficiente?
-No intentes darme consejos Álvaro, no eres el mejor ejemplo de nada -no pensaba seguir discutiendo con él- y ahora me voy a mi habitación. Hasta mañana.
-¡Alicia! -la cogió del brazo- ¡Maldita sea!
-¡Suéltame! -se soltó y se alejó de él- ¿¡De verdad piensas que esto no es más que un enfado con el mundo!? -su tono de voz subía por momentos- ¿¡Piensas que es una pataleta de niña!? PUES NO, LO QUE ME PASA ES QUE VIVO EN UN PAÍS DE ASESINOS, DE GENTE SIN CORAZÓN; EN UN PAÍS DONDE NO PUEDO SOÑAR PORQUE TODOS MIS SUEÑOS LOS DESTROZAN.
 
Salió corriendo hacia su habitación y se encerró en ella. Hacía mucho que no compartían habitación; de hecho, solo la compartieron los primeros meses de casados por las preguntas de Pedrito. Con el paso del tiempo, se inventaron la excusa de que Alicia padecía insomnio y debían dormir en habitaciones separadas. No le costó nada dormir porque estaba muy cansada; ni siquiera repaso para el examen.
 
 
 
Era una noche tranquila, pero él no podía conciliar el sueño; se asomó a la ventana y fue peor… Ahí estaba la luna, llena y resplandeciente; parecía que se estuviese burlando de él. ¿Cuántas veces le había pedido olvidar el pasado desde que volviese a París? No, nunca le cumplía sus deseos; ahora, igual que en el pasado, se burlaba de sus sueños. En ese momento recordó cómo había burlado a la muerte un año atrás.
 
 
Marzo de 1951
 
Pepe tenía cosas que hacer aquella mañana, se había enterado de la ejecución de un comunista; y como hacía siempre, pensaba recoger el cuerpo y darle un entierro digno. El lugar de la ejecución estaba cerca de su casa, así que solo tardó unos minutos en llegar. Cuando fue a cargar el cuerpo en su carro se quedó de piedra; no podía creerlo pero aquel hombre seguía vivo. Tenía el pulso muy débil, pero estaba con vida; era la primera vez que le ocurría aquello y no sabía muy bien qué hacer. Casi sin pararse a pensar, cargó a aquel hombre en el carro y sin perder ni un segundo se dirigió a su casa. Una vez en casa, se dispuso a examinar las heridas; no era médico pero tenía nociones básicas de primeros auxilios. Lo primero que hizo fue desinfectar las heridas, no parecían muy graves salvo una; la herida del hombro derecho tenía muy mala pinta. Él no podía hacer nada más, pero ese hombre necesitaba ayuda; decidió avisar al médico del pueblo más cercano. Alguna vez ya le había ayudado con algún maqui herido así que era de confianza. El médico llegó en una hora, examinó al herido pero no tenía muchas esperanzas de que se salvase. Terminó de curar las heridas superficiales y le dejó a Pepe la medicina que tenía que administrarle hasta que muriese o recuperase la consciencia. Por el momento, no podían hacer más; el médico ni siquiera hizo preguntas, cuando terminó se despidió y se fue. Pepe cuidó al herido durante semanas, mes y medio después parecía que iba mejorando. Un día, sin previo aviso, recuperó la consciencia.
-¿Dón…-estaba confundido, lo último que recordaba era el pelotón de fusilamiento disparando- ¿Dónde estoy?
-No se esfuerce, todavía está muy débil. Ya habrá tiempo para explicaciones.
-N… No entiendo nada. ¿Pero…
-Está bien, tranquilícese; se lo contaré todo. Yo solo intento vivir acorde con mis ideas aunque sea poco lo que puedo hacer… Cada vez que me entero de un fusilamiento voy al lugar a recoger el cuerpo para darle un entierro digno.
-¿Y por… qué no intenta algo para evitar el fusilamiento?-seguía siendo el mismo, antes de preguntar sobre su estado o sobre cómo pudo sobrevivir; se preocupaba de seguir con la lucha.
-Es una larga historia, pero tenemos tiempo… Yo luché en el bando republicano, concretamente con los anarquistas. Cuando terminó la guerra fui encarcelado, supongo que no será nada nuevo… ¡Éramos tantos compañeros en la misma situación! -Fernando escuchaba atentamente- Me condenaron a muerte y la verdad, no me importó demasiado. Durante la guerra había perdido a mis padres en un bombardeo y mi mujer y mi hijo fueron asesinados por unos falangistas. Sin embargo, el cura de mi pueblo dio la cara por mí; yo no quería que lo hiciese, pero ya sabe, los curas mandan. El cura se empeñó en que consiguiese la libertad sin entender que mi libertad se había ido para siempre desde que mis padres, mi mujer y mi hijo fueron asesinados; y cuando ya toqué fondo fue cuando perdimos la guerra… Todos los sacrificios, todas las muertes, todo el sufrimiento; no había servido para nada. Cuando salí de la cárcel, no quería vivir en medio de tanta falsedad, de tanto miedo, de tanto silencio… Así que decidí irme a vivir a una zona aislada, encontré esta casita de casualidad; el cura me ayudó a conseguirla y desde entonces vivo aquí. La primera vez que me enteré de un fusilamiento, me uní a un grupo de maquis que estaban por esta zona; lo intentamos, pero lo que conseguimos fue que casi todos acabasen muertos. Solo nos salvamos dos maquis y yo; desde entonces, lo único que puedo hacer es lo que hago. -sacó una libreta de un cajón- Aquí apunto todos los datos que sé de la víctima y donde le enterré. Lo único que quiero es que al menos puedan tener un entierro digno; que no estén en cualquier cuneta.
-Y… ¿Cómo es que sigo vivo? No sé, yo sentí los disparos y a partir de ahí… La nada…
-Cuando llegué a recogerle, me dí cuenta de que tenía pulso, muy débil, pero tenía. Le traje hasta aquí y realice las primeras curas; cuando me dí cuenta que una herida era bastante grave, llamé a un médico de mi entera confianza. Ya me había ayudado en más ocasiones así que ni siquiera hizo preguntas. Y bueno, ha ido recuperándose poco a poco hasta hoy.
-Gracias por todo, pero… Supongo que me entenderá mejor que nadie. Mi vida ya no vale nada, yo sabía que un día u otro mi vida terminaría así… Es lo que he elegido y nada más tiene sentido para mí. Y menos desde que renuncié a la mujer a la que amo, ella no se merece esta vida; así que a mi lo único que me queda es seguir luchando hasta el final de mis días.
 
Fernando volvió a la realidad, seguía mirando la luna; pero sin ningún sentimiento. En realidad, le había vuelto a pasar como cuando perdió a Belle. Se había vuelto a enamorar; pero esta vez, por miedo, se había obligado a no vivir, a no sentir. Cada día se maldecía una y otra vez por no haber tenido el valor de atreverse a vivir su amor sin remordimientos, sin culpas, sin miedos; lo peor era sentir que su vida volvía a estar vacía; ni quería ni podía sentir nada. Ya no podía hacer nada por recuperar a Alicia, estaba seguro que ella no le había olvidado; pero creería, como todos, que había sido fusilado. No tenía sentido querer recuperarla ahora después de tanto tiempo. Volvió a meterse en la cama, pero como siempre; su mente viajaba en el tiempo hasta encontrarse otra vez en Madrid. Recordó como Alicia se enfadó con él por una conversación que mantuvo con su tío. Fernando quería pasar desapercibido y caerle bien, así que hizo comentarios alabando al régimen; Alicia, que estaba entrando en casa, lo escuchó. Cuando Fernando se encontró a solas con Alicia quiso arreglar las cosas, aunque no quería ni podía enamorarse; necesitaba tenerla cerca, hablar con ella… “¡Alicia!” “¿Qué?” “Que no te equivoques conmigo. Aún te queda mucho por ver, muchísimo; de hecho… Sabes más bien poco.” “¡Déjame en paz!”. Esa fue una de las tantas veces que estuvo tentado de contarle la verdad; pero no, no podía, la misión era más importante… Aún así, no soportaba que ella estuviese enfadada; y aunque no lo quisiese reconocer, ya había empezado a sentir algo por Alicia. Pero tenía que disfrazarlo de interés delante de Roberto, pero sobre todo; delante de sí mismo. En esos momentos, odiaba ser tan buen espía, lo era tanto que Alicia creyó las mentiras que él hablaba con su tío. Con sus pensamientos puestos en esa chiquilla que le robó el corazón, se quedó profundamente dormido.
 
 
 
 
 
Capítulo III
 
 

Al día siguiente, Alicia se levantó muy pronto para no encontrarse con nadie; antes de que los demás se levantasen, ella ya había salido de casa. Al llegar a la facultad había mucho revuelo, pregunto a los compañeros y le contaron que habían suspendido el examen porque alguien muy importante venía a dar una charla. Aquello no le gusto nada, se imaginaba que la charla sería un aburrimiento y muy poco interesante. Cuando se dirigía al aula de la charla un hombre la paró.
-Perdona, ¿podrías decirme donde está el aula de las conferencias? Es que creo que me he perdido…
-Por supuesto, mira; sigues por este pasillo y la última puerta a la izquierda.
-Muchas gracias.
-De nada. ¿Puedo hacerte una pregunta?
-Claro, tú puedes preguntarme lo que quieras…
Alicia se sintió rara ante aquella respuesta; ese era el tipo de respuesta que Fernando solía dar… Después de unos segundos, se decidió a hablar.
-¿Eres nuevo?
-Bueno, en cierto modo sí… -sonrió abiertamente. A Alicia cada vez le recordaba más al coqueteo que Fernando y ella tuvieron al principio de conocerse- No, es broma. Vengo a dar una charla sobre la aplicación de las leyes en España.
-¡Ah, claro! ¡La charla!
-Antes de nada, mi nombre es Alberto.
-Encantada, yo soy Alicia.
-Mucho gusto.
Alberto se tomo la libertad de besar a Alicia en la mano; pero a ella no le importó lo más mínimo, al contrario, le encanto.
-Espero no resultar muy aburrido…
-Seguro que no; bueno, si quieres te acompaño porque sino llegaremos tarde.
 
Cuando llegaron al aula ya estaban casi todos los alumnos y profesores; Álvaro al verlos entrar juntos se enfureció aún más de lo que estaba. La charla resultó interesantísima; al menos para Alicia. Alberto habló sobre la separación de poderes, sobre las diferencias en el sistema judicial de Francia y España, sobre las pocas posibilidades que había en España de poder impartir justicia y no venganza… Alicia no podía disimular su sonrisa ante aquella charla, no entendía como Alberto se atrevía a tratar aquellos temas ante los alumnos. Pero sobre todo, le gustaba su forma de expresarse y de hablar; le recordaba mucho a Fernando. También se fijó en el físico de Alberto; era un chico atractivo de unos treinta años, un poco más alto que ella, tenía el pelo de color castaño y no muy largo, era de piel morena… Pero sobre todo, le encandiló su sonrisa; simplemente perfecta. En ese momento, sintió la mirada furiosa de Álvaro y fue consciente de su situación. No entendía como podía pensar en un hombre de esa forma cuando era una mujer casada; aunque después de ese pensamiento, se dijo así misma que ella no se sentía casada con Álvaro. Cuando la charla acabó, se acercó a hablar con él.
-Y que tal ¿te has aburrido?
-Para nada; hacía mucho que no oía a nadie hablar con tanta sinceridad -recordó las charlas con Fernando después de saber quien era en realidad. Fernando fue de los pocos que fue sincero con ella en ese tema- ¡Ni siquiera sé como te has atrevido!
-Bueno, es la ventaja que tiene vivir en Francia y que mis padres sean una familia ejemplar en España -puso cara de odio al hablar de su familia- A España solo vengo a hablar sobre lo poco que se puede hacer para intentar concienciar a los alumnos; y como vengo con la garantía de mi apellido, me dejan tranquilo. Piensan que de nada sirven las palabras de un hombre exiliado, que los alumnos no le harán caso así que según su pensamiento me dejan seguir “jugando a la revolución”. A veces tengo la sensación de que tienen razón y que lo que hago no sirve de mucho…
-Bueno, yo me he interesado por el tema, así que de algo servirá ¿no? Por cierto… ¡Que casualidad! Yo viví toda mi infancia en Francia; después de la guerra mi padre se tuvo que exiliar.
-Vaya… ¡Oye! Estoy pensando una cosa; si tanto te gusta el tema y dices que no te has aburrido, ¿por qué no comemos juntos y seguimos hablando?
-¡Claro! -respondió sin pensarlo, le daba igual lo que pudiese pasar- Yo conozco un sitio cerca que es muy bueno.
 
Entraron a El Asturiano, Alicia hacía mucho tiempo que no se pasaba por allí; bueno, en realidad desde que se despidió de sus tíos cuando todavía pensaba que se iría con Fernando. Al entrar, la recibieron con una enorme alegría.
-¡Alicia hija! -Manolita la dio un fuerte abrazo, había sentido mucho no poder darla fuerzas cuando sucedió el fusilamiento de Fernando- ¡Cuánto tiempo! Deja que te vea… Pero si estás muy mayor, pareces toda una mujer… Ya no queda nada de aquella chiquilla alegre y jovial…
Ambas sintieron lo mismo, aunque Manolita pensaba que estaba muy bien, le sorprendió verla tan seria, tan discreta… En realidad, le sorprendió no ver a aquella chiquilla francesa que revolucionó el barrio. Le hubiese gustado preguntarle por Don Álvaro, pero pensó que quizá no era el momento porque la veía muy bien acompañada.
-Bueno, las cosas cambian… Pero dejemos de hablar de mi, cuéntame, ¿qué tal Marce y las niñas? ¿Y Pelayo? ¿Sabes algo de Luisa?
-Ya sabes, aquí como siempre; Marce y Pelayo han ido a buscar unas cosas y las niñas en el colegio. Están muy mayores ya… -no sabía qué decirle de Luisa… Le hubiese gustado contarle la verdad, pero no quería causarle más dolor del que ya soportaba. Al fin y al cabo, ya nadie podía hacer nada- Bueno, de Luisa no sabemos mucho… Ya sabes, estará enseñando a los niños como ella quería -Alicia sonrió ante el recuerdo de su gran amiga- Es una pena que no estén aquí las niñas ni Pelayo y Marce, estarían encantados de saludarte.
-A mi también me gustaría saludarlos… Perdona Manolita, ¡qué tonta! No os he presentado; Manolita, él es Alberto un amigo de la facultad, Alberto, ella es Manolita una buena amiga del barrio.
Se saludaron y Manolita les acomodó en una mesa tranquila y les sirvió la comida.
 
La comida resultó muy agradable; hablaron sobre muchas cosas, entre ellas sobre París, sobre el derecho… Alicia le contó quien era su padre y se quedó sorprendido; estuvieron un buen rato hablando sobre Joaquín. Alicia también le contó que estaba casada, pero además dejó claros los motivos de su boda. Alberto se atrevió a hacer una pregunta que Alicia llevaba tiempo pensando.
-Y… Bueno, ¿no has pensado en volver a Francia? Supongo que tu marido lo entendería…
-¿Sabes? Llevó unos meses dando vueltas a esa posibilidad, pero…
-¿Pero qué? Alicia, tu sitio no es este; a pesar de conocerte muy poco sé que en España no podrás ser feliz.
-Sí, aquí no estoy a gusto; si estoy aquí es por el deseo de dos personas muy importantes para mi.
-¿Quiénes son esas personas?
-Una de ellas es mi padre, él quería que yo terminase derecho y ayudase a cambiar España y otra… -no sabía si contarle algo sobre Fernando. Al final prefirió no contarle mucho- esa otra persona fue asesinado por sus ideas; él también quería que yo me quedase en España para cambiarla desde dentro… El problema es que ya no creo en la lucha desde dentro; pero tampoco me siento capaz de olvidarme de lo que ellos dos querían para mí.
-Alicia, entiendo que quieras cumplir el deseo de tu padre y de esa otra persona; pero a veces hay que pensar en uno mismo y en el futuro real. En España van a tardar en cambiar las cosas, hoy en día no se puede cambiar nada desde dentro; estoy seguro que ellos dos entenderían que quisieses volver a Francia para luchar desde allí por cambiar España.
 
Alicia se quedó pensativa recordando a Fernando; se le vino a la mente un comentario de Fernando, "Si he llegado hasta aquí, Alicia, es porque me enseñaron que para sobrevivir hay que hacer lo que uno debe hacer; no lo que a uno le gustaría". A Fernando se lo enseñaron cuando entro en la resistencia y, desde ese comentario, Alicia había hecho suya esa frase. Pero esta vez, no tenía claro que debía hacer; y tampoco quería pasarse la vida entera haciendo lo que debe hacer una mujer casada en España.
 
Se había hecho un poco tarde así que Alberto acompañó a Alicia a casa, se despidieron y quedaron en verse al día siguiente en la universidad. Cuando entró en casa, Pedrito estaba jugando con sus juguetes y Álvaro leyendo un libro; ni siquiera levantó la vista para hablarla.
-Parece que la señorita se ha cansado de su familia y ahora pasa las horas con desconocidos…
-Álvaro, guárdate tus ironías; más bien, deberías preguntarte porque prefiero charlar con desconocidos que estar en esta casa.
-Pedrito, hijo, será mejor que te vayas a jugar a tu habitación -por primera vez, el niño se fue sin rechistar- ¡Alicia ya me he cansado! Esta casa es tu casa, mejor dicho; nuestra casa. Y es aquí donde deberías estar, y no acompañando al primer tipejo que te encuentres.
-¿Nuestra casa? No, Álvaro; esta es tu casa y la de tu hijo; yo estoy aquí porque no tenía más posibilidades al estar casada contigo. No porque yo lo decidiese.
-Bueno, pues como estás casada conmigo y por lo tanto yo soy tu marido; harás lo que yo te diga. ¡Que ya está bien de que vivas a tu aire! Tienes responsabilidades de esposa y de madre así que a partir de ahora cumplirás con tu deber.
-¡NO ME LO PUEDO CREER! ¿Y tú te consideras contrario a las ideas de Franco? -soltó una carcajada irónica- Está bien, eres mi marido y tengo que hacer lo que tú digas, pero no esperes nada más de mi; no te amo, no puedo amarte; pero es que además ya ni siquiera te admiro como profesor y tampoco te considero un amigo… ¿Quieres jugar a las apariencias? Perfecto, es lo que llevo haciendo casi tres años; pero no esperes nada más.
 
Dicho esto, Alicia se fue a su habitación y se puso a leer; leer un buen libro siempre le tranquilizaba y le ayudaba a no pensar en nada más. Pero aquel día no podía concentrarse en la lectura; no se sacaba de la cabeza a Alberto, pero sobre todo la posibilidad de volver a Francia. La charla con Alberto había hecho que todo fuese más real, no una simple idea; por fin se había atrevido a contarle a alguien lo que pasaba por su cabeza. Ahora le parecía más que una posibilidad volver a Francia; y además le apetecía volver a vivir en un país en el que por expresar tus ideas no te metiesen a la cárcel. Se pasó la noche recordando a su padre y a Fernando; y también recordaba la conversación con Alberto. Se imaginó por las calles de París, paseando por los parques o comprando en las tiendas; cada vez le apetecía más volver a ese país donde creció.

 
 
Capítulo IV
 
 

Desde que volvió de España, se dedicó a trabajar y a participar en alguna misión; no podía dedicarse por completo a la lucha porque tenía que pasar desapercibido y no dejarse ver mucho durante un tiempo. Había empezado a trabajar como productor de cine; no es que le encantase el trabajo, pero al menos le permitía llevar una vida frívola sin sentimientos. Su trabajo en el partido consistía en pasar algunas semanas cerca de la frontera ayudando a escapar a personas que no podían quedarse en España. También ideaba los planes más importantes, pero le gustaba más ser parte activa. Desde entonces, se había cambiado el nombre; en honor a sus dos camaradas había elegido el nombre de Federico y el apellido de Esquivel. Así aparecía en su documentación “Federico Esquivel Rosales, exiliado político español”. En ese momento, se dio cuenta de que hacía muchísimo tiempo que nadie le llamaba por su verdadero nombre y apellido: Fernando Rosales Solís. Cuando entró a formar parte de la resistencia, sus superiores decidieron que utilizase su nombre pero cambiando el orden real de sus apellidos; desde entonces, nadie había vuelto a referirse a él como Rosales. La cosa cambió totalmente cuando sobrevivió al fusilamiento, no podía tentar a la suerte ya que seguía en la lucha así que se cambió su nombre y apellidos recuperando su primer apellido.
Nunca le importó morir por la causa, pero ahora menos que nunca; no tenía nada que perder. Mientras revisaba unos documentos, recordó la conversación que mantuvo con Pepe poco antes de emprender su viaje a París.
-Fernando, antes de irte… ¿No quieres ponerte en contacto con alguien? No sé, algún amigo, algún familiar… Creo que deben saber que estás vivo.
-¿Amigos? Todos los que podía considerar amigos ya no están… Unos están muertos -no pudo evitar recordar a Roberto a Luisa y a Ignacio- y otros han tenido que huir de España -recordó a todos los amigos exiliados, pero sobre todo a Andrea- Y, la verdad, sí que hay una persona que me importa en España, pero creo que es mejor que no sepa nada. Es mejor para ella creerme muerto, no le conviene que yo vuelva a entrar en su vida…
-¿Ella? Estoy seguro que ella es un amor del pasado, ¿me equivoco?
-No, no te equivocas…
-Yo no, pero creo que el que se equivoca eres tú. Dale a esa chica la oportunidad de elegir, de saber la verdad.
-No, sé que si supiese que estoy vivo no querría quedarse en España; su lugar está aquí, luchando con la justicia. Si ella decide seguirme otra vez… Seguro que la pasa algo, y yo no quiero eso; -pensó en Belle. Aunque fuese ella la que le pidió que lo hiciera, él se seguía sintiendo muy culpable- no quiero que por mi culpa ella acabe mal.
-Está bien, tú decides; pero piénsalo ¿de acuerdo?
 
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus recuerdos, había quedado con Antonio. Por fin daba con él, cuando llegó a París lo primero que hizo fue intentar ponerse en contacto con Andrea. Pero cuando iba a su casa no parecía haber nadie; mediante sus nuevos contactos, preguntó a todos los conocidos comunes que tenían, pero nadie sabía decirle nada. Al fin, después de tanto preguntar; alguien le dio el teléfono de Antonio. Al parecer se habían ido de París, ahora vivían cerca de la frontera con España.
-Adelante.
-Hola, Fernando -le tendió la mano- ¿cómo te van las cosas?
-Bueno… ¿qué quieres que te diga?
-Me sorprendió mucho tu llamada… Todos pensamos que te habían fusilado, que estabas muerto.
-Ya, es pura suerte que yo esté vivo; aunque no sé muy bien de qué me sirve… Desde que volví de España he querido hablar con Andrea y contigo; quería que todos pensasen que había muerto, pero vosotros dos no.
-Fernando, -se sorprendió mucho de que hablase de Andrea; a estas alturas su único consuelo era poder encontrar su cuerpo- ¿no sabes nada?
-¿Nada de qué? No te entiendo Antonio…
-Creo que esto te va a sorprender más que a mí tu noticia de que te salvaste… Verás, Andrea volvió a España a intentar salvarte.
-Sí, eso ya lo sé; Mario su exmarido fue a contármelo. Y le advertí a Andrea a través de Mario de que el topo todavía andaba suelto y que no hiciese nada.
-Ya… Bueno, ya sabes como era Andrea; cuando se le mete algo en la cabeza no hay manera de sacárselo…
-¿Me estás intentado decir qué…
-Si Fernando, Andrea llevó a cabo su misión de salvarte. Pero el topo se infiltró en ella… El resultado, como ya supondrás, fue que acabó asesinada… -Fernando sintió esas palabras como si le quemasen por dentro- Mario vino a contármelo a París. Desde entonces, Liberto y yo nos trasladamos a Toulouse para estar más cerca de España; estoy intentando saber qué hicieron con el cuerpo de Andrea… Ya hemos avanzado, gracias a la ayuda de unos maquis que están por la zona de la frontera, hemos averiguado la fecha y el lugar exactos.
-No sé que decir… Antonio, siento tanto lo que le ha pasado a Andrea por mi culpa… ¡Maldita sea!
-¿Qué estás diciendo? Nada de esto ha pasado por tu culpa; Andrea quería hacerlo, por más que tú la advirtieses mediante Mario, siguió adelante porque así era ella. No debes culparte… Además, justo después de enterarme del asesinato de Andrea, me enteré de por qué decidiste acabar con el topo… Luisa significó mucho para mí en el pasado y te juro que me dolió mucho enterarme de su final.
-A mí también me dolió saber el final de Luisa y el de su marido. Ellos me ayudaron mucho cuando el atentado salió mal… Ojala hubiese podido hacer algo por ellos… Antonio, -a Fernando se le ocurrió una idea- creo que yo puedo ayudarte a encontrar el cuerpo de Andrea. Es una historia larga… El hombre que me salvó vive en una zona aislada y se dedica a darles un entierro digno a todos los casos de fusilados que llegan a sus oídos. Podrías preguntarle si sabe algo de Andrea… Él me comentó que apuntaba todos los datos que sabía de los fusilados y el lugar donde los enterraba.
-Pues sería de gran ayuda; de verdad, necesitó recuperar el cuerpo de Andrea… No pasábamos por nuestro mejor momento; bueno, tú nos conoces mejor que nadie… Estábamos distanciados y cuando decidió volver a España me enfadé con ella. Si la hubiese ayudado, si no la hubiese dejado sola…
-Antonio, no digas tonterías; sabía que la querías y además ella siempre te quiso… Piénsalo, si hubieses ido con ella; ahora Liberto estaría solo, no tendría ni a su madre ni a su padre. ¿De verdad quieres eso?
-No, claro que no; es solo que… No sé, ha pasado más de un año y todavía no me hago a la idea…
-Es normal, Antonio -llamaron por teléfono para recordarle una reunión a Fernando- Lo siento, tengo una mañana ocupada. Mira, te doy los datos de ese hombre, dile que vas de mi parte y estoy seguro que te ayudará. Supongo que volverás a Toulouse, yo en dos días tengo que acercarme a la frontera con España así que os acompañaré hasta Toulouse.
Se despidieron y quedaron en verse en dos días para viajar juntos. Fernando volvió a sumergirse en el mundo del cine; cuando trabajaba no pensaba, no sentía; y eso en aquel momento le venía muy bien.
 
 

 
Capítulo V
 
 

Se arregló más de lo normal para ir a la facultad; se sentía ilusionada y no quería disimularlo. Cuando estaba apunto de salir de casa vio a Álvaro, después de la discusión del día anterior no pensaba hablarle. Cogió los libros y salió de casa. Tenía los dos últimos exámenes del curso pero no había repasado nada la noche anterior. Justo cuando iba a entrar alguien la llamó; se giró y vio a Alberto.
-Buenos días -se acercó a él sonriendo.
-Hola -la besó en la mano.
-¿Hoy también tienes que dar alguna charla?
-No, en realidad he venido a invitarte a pasar el día por Madrid… Si quieres, claro.
 
Alicia no se lo pensó dos veces, le dieron igual los exámenes y las clases; se fue a pasar el día con Alberto. Estuvieron todo el día paseando y hablando, el tiempo les acompañó y pudieron disfrutar del día. Al ir conociendo más detalles de la vida y de la personalidad de Alberto, más le atraía y más a gusto se encontraba con él. Al final del día, Alicia le preguntó algo que quería saber.
-Alberto, ¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Madrid?
-Bueno… Eso no lo puedo saber con seguridad… -no sabía que excusa poner para no tener que decirle a Alicia que tenía una misión que cumplir- El caso es que tengo que arreglar unos asuntos antes de volver a Francia, pero no en Madrid. Es algo muy complicado y es mejor que no sepas nada…
-No sabes disimular muy bien… -en ese momento, se acordó de lo bien que Fernando sabía disimular- Apuesto a que sé a que clase de asuntos te refieres…
-Alicia…
-No digas nada -le interrumpió Alicia- sé que no debes… Aunque me gustaría que confiaras en mí, me gustaría poder ayudarte en esos asuntos… Complicados.
-Alicia ¿Sabes lo que estás diciendo? No creo que debas.
-¡No soporto que todo el mundo me trate como a una niña! No, esta vez es decisión mía.
-Está bien, ya eres mayorcita para saber que decisiones tomar, de todas maneras… -Alberto tenía dudas, pero al final decidió confiar en Alicia; al fin y al cabo, necesitaba la ayuda de alguien para terminar la misión.- Verás Alicia, es algo muy complicado, ¿Estas segura que quieres ayudarme?
-Sí, estoy segura; llevo queriendo hacer algo hace mucho tiempo. Ahora tengo la oportunidad y quiero hacerlo.
-Está bien, no puedo contarte todo; pero sí lo suficiente como para que puedas ayudarme. Estoy en Madrid para descubrir a un topo; hasta ahora ha sido imposible dar con él, por su culpa han caído demasiados compañeros -se quedó unos segundos en silencio. Habían caído demasiados compañeros, pero sobre todo había caído un gran amigo…- Es muy complicado, pero creo que ya sé como descubrirle; y la verdad es que necesito ayuda así que tu ayuda me ha caído del cielo…
 
Alberto le puso al corriente sobre el plan a llevar a cabo, era muy difícil pero Alicia estaba segura de que lo conseguirían. Para ella, lo más complicado sería poder disponer de todo su tiempo sin que Álvaro se inmiscuyese en sus asuntos; se lo contó a Alberto y este le propuso una solución.
-Alicia, ayer me dijiste que no eres feliz en tu matrimonio y que te gustaría volver a Francia… ¿Sigues pensando lo mismo?
-Sí, si no me voy es porque en España es imposible separarse…
-Pues creo que yo tengo la solución… Para que tu marido no sospeche nada de la misión deberías irte ya. Mi idea es que nos hagamos pasar por marido y mujer con un libro de familia falso; además, como la misión es en las afueras de Madrid nadie podría relacionarte con la mujer desaparecida. ¿Qué te parece mi idea?
Alicia dudó un momento; sí que quería irse, pero nunca imaginó que sería tan pronto. Al fin se decidió a hablar.
-Me parece bien, aunque… ¿Será peligroso?
-Alicia, siempre es peligroso; pero te prometo hacer todo lo posible para que todo salga bien.
-De acuerdo, ¿Qué tengo que hacer?
 
Alicia llegó a casa y siguiendo las indicaciones de Alberto se dispuso a hacer las paces con Álvaro.
-Álvaro, ¿podemos hablar?
-¿Ahora si quieres hablar? ¿Y si ahora es a mí al que no le apetece?
-Por favor Álvaro, deja los sarcasmos; esta situación ha durado mucho y creo que ha llegado la hora de volver a vivir mi vida sin pensar en el pasado. Sé que va a ser muy difícil para mi, por ello me gustaría que me ayudases a superar la… -decidió no mencionar a Fernando- A superar todo lo que ha pasado. Me gustaría poder tener una vida normal.
-¿Hablas en serio? Alicia, es lo que más deseo; que podamos tener una vida normal y tranquila.
-Yo también -se acercó a abrazarle- solo necesito un poco de tiempo y un poco de ayuda. ¿Me ayudarás?
-¡Claro!
 
Esa noche Álvaro preparó una cena romántica; Alicia no tenía ganas de hacer el paripé, pero sabía que tenía que hacerlo. Después de la cena, Álvaro le sugirió volver a compartir habitación; pero ella le pidió un poco de tiempo. Y menos mal que Álvaro no insistió, porque aquella noche Alicia debía preparar las cosas que se quería llevar. No quería conservar muchas cosas, cogió los vestidos que Fernando había robado para ella en el piso franco, la gorra que le dio el día de la despedida, la carta que conservaba de él, las fotos del día del campo y de la sesión fotográfica y los escritos de su padre. Era lo único que quería llevarse, y además era lo único que podía llevarse porque Álvaro no lo echaría en falta. Un día haciendo limpieza Álvaro descubrió que todavía conservaba aquello y le ordenó que lo tirase a la basura. Evidentemente, ella lo había escondido bien para sus ratos de soledad. Además, se acordó de una última cosa que habían dejado guardada por los recuerdos que les traía. Bajó del altillo una sábana que envolvía algo, quitó la sábana y volvió a admirar ese cuadro al que su padre había considerado “la joya de la familia”. Cuando lo tasaron no lo hicieron por mucho dinero, pero en aquella situación cualquier cantidad era necesaria así que decidió llevárselo también. Terminó de meter todo en el bolso más grande que encontró y se fue a dormir.
 
Le costó mucho dormirse, se le venían a la mente las imágenes de su padre y de Fernando, y el hecho de que iba a hacer lo contrario de lo que ellos querían. En ese momento recordó la conversación que tuvo con Fernando el día en que él la beso por primera vez. “Quiero que me prometas una cosa; quiero que me prometas que pase lo que pase, vivirás la vida que siempre has soñado, sin que nada te lo impida, sin que nadie te corte las alas.” Ella, en ese momento no entendía nada y le preguntó “¿Por qué me dices eso?”. La respuesta de Fernando tampoco le aclaró nada “No sé, supongo que de alguna manera… Me gustaría estar en tu piel; yo a tu lado soy un vejestorio. Pero te aseguro que seré feliz si tú cumples tu destino. ¿Lo harás?”. Seguía sin entender nada así que simplemente contestó “Sí… Pero no lo entiendo…”. En ese momento Fernando le dio el primer de muchos besos que se darían después. Ella se sintió como en una nube y no dejó de pensar en ese beso en todo el día. Pasado el tiempo, comprendió que aquello era una despedida; y ahora iba a cumplir la promesa que le hizo a Fernando. Sus dudas se despejaron porque le prometió ser feliz y seguir su destino, y eso era lo que pensaba hacer a partir de ese momento; no iba a permitir que un matrimonio falso siguiera condicionando su vida.
 
 
 
 
Capítulo VI
 

Alicia se levantó muy pronto porque estaba nerviosa, se puso a leer en el salón para esperar a que Álvaro se levantase. Al poco rato, apareció Álvaro con una sonrisa de oreja a oreja.
-Hola cariño -se acercó a besarla- ¿Qué tal has dormido?
-Buenos días, muy bien ¿y tú?
-Bien.
-Álvaro, hoy voy a pasar el día fuera. -ya tenía preparada la excusa para que hasta dentro de unos días no empezara a buscarla- Mi prima me ha llamado y parece ser que mi tía esta muy grave y quiere verme… Después de sus últimas palabras en el entierro de mi tío, creo que debo ir a despedirme de ella.
-Claro, ¿Quieres que vaya contigo?
-No, no te preocupes; es mejor que vaya sola. Ahora viven en un pueblecito de Zamora, así que tendré que quedarme un par de días allí. Te prometo que en dos días estoy de vuelta y podremos empezar de cero.
Se acerco a besarle, necesitaba que Álvaro creyese que era sincera.
-De acuerdo. Al menor problema llama a casa y te voy a buscar.
 
Alicia salió de casa contenta porque Álvaro se había creído todo; había quedado en media hora con Alberto y se dirigió hacia allí. Alberto llegó en un coche e hizo subir a Alicia; después de casi tres horas de camino llegaron a una casa en mitad del campo. Entraron en la casa y Alberto le explicó porque estaban allí.
 
-Esta casa es de unos familiares que tuvieron que exiliarse; lleva sin habitar lo menos quince años, así que es muy segura. -mientras hablaba iba recogiendo algunas cosas de la casa- Desde aquí, podremos llegar a la zona de los maquis para informarnos sobre algunos detalles que necesitamos. Tendremos que quedarnos aquí algo más de un mes.
-No te preocupes, -el humor de Alicia había vuelto- podré sobrevivir.
-Me alegra que te lo tomes así; es más, me gusta más esta Alicia que la que he conocido hace un par de días en la facultad.
-¿Sabes? A mí también me gusta más esta Alicia.
 
Tenían que adecentar un poco la casa si querían vivir allí un mes; Alicia se encargó de la cocina y el salón y Alberto del resto de la casa. Cuando acabaron ya era la hora de comer, Alicia no había pensado en ello y no sabía si Alberto había comprado provisiones. Alberto lo tenía todo pensado, le dijo que si quería podía darse un baño; mientras ella se bañaba, él preparo la comida.
Mientras se daba el baño, su mente le recordaba una y otra vez a Fernando; y sin darse cuenta, le comparaba con Alberto. Recordó lo que pensaba de Fernando al principio; ella intentaba una y otra vez que le hablase sobre política pero no lo conseguía. Cuando vio a Camilo en la facultad le contó lo que pensaba de Fernando “otro que se lava las manos”. ¡Que ridículo le resultaba aquel comentario! Sí, Fernando era un buen espía; tanto que hasta que no pasó todo ella no se dio cuenta. ¡Que diferencia con Alberto! Él no sabía disimular y Alicia le pilló a la primera.
Cuando salió del baño se quedó sorprendida, Alberto había preparado toda una comilona. Se sentaron y disfrutaron de la comida mientras charlaban.
-Oye, ¿tus padres saben lo que haces cuando vienes a España?
-No, ellos creen que vengo a dar algunas charlas y ya está. Es más, ahora mismo creen que ya estoy en Francia. Es lo mejor; porque aunque sea su hijo, si supieran todo lo que he llegado a hacer no sé como se lo tomarían…
-Y… -no estaba segura de querer saberlo, pero necesitaba preguntárselo al igual que una vez lo hizo con Fernando- ¿Has tenido que matar a alguien en alguna misión?
-Alicia… No quiero mentirte, no sé cómo te lo tomarás; pero la verdad es que si te dedicas a esto tienes que hacer muchas cosas que no te gustan… Es pura supervivencia.
 
Alicia se quedó pensativa, recordó el momento en que Fernando le respondió a esa misma pregunta; volvió a ver a Fernando asentir ante su pregunta y recordó su contestación “Alicia a Andrés no le maté yo, lo encontré muerto; lo de Jesús fue en defensa propia y te juro que lo de tu primo Carlos es completamente falso”. Ella solo pudo susurrar “Da igual, no me toques… Aunque me importes muchísimo, yo no puedo soportar estar con un hombre así” “Yo no sabía que podías ser tan frío y tan violento” salió de allí corriendo y dejó solo a Fernando.
 
-No hace falta que des rodeos… Entiendo lo que dices y no te voy a juzgar; una vez juzgué a una persona muy importante para mí y… y me arrepentí. Cada uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.
Alberto se sorprendió ante aquella respuesta, le picaba la curiosidad pero no quería resultar cotilla.
-Me alegro que te lo tomes así… Ya me contarás más adelante a quien juzgaste; ahora lo que deberíamos hacer es recoger todo.
 
Los dos se pusieron manos a la obra y en muy poco tiempo lo tenían todo recogido. Por la tarde se dedicaron a hablar sobre la misión, Alberto le puso al corriente de todo y le contó todo el plan que tenían. Alicia de vez en cuando daba alguna buena idea, se notaba que estaba comprometida con la misión. Al anochecer, pusieron un rato la radio pero no había noticias interesantes, los dos hicieron el mismo comentario a la vez:
-En España nunca pasa nada.
Ambos se echaron a reír, siguieron charlando y cuando ya era tarde se fueron a dormir. Alicia dormiría en la habitación grande del piso de arriba, mientras que Alberto ocuparía la habitación que estaba al lado de la puerta de entrada.
 
 


Capítulo VII
 
 
Llevaban tres semanas en aquella casa, Alicia se había acostumbrado a vivir con Alberto; se sentía muy a gusto con él. Los días se le hicieron muy cortos, Alberto siempre tenía algo de que hablar; se divertía con sus charlas, pero sobre todo le gustaba escucharle cuando hablaba del tiempo que pasó en la resistencia. En esos momentos no podía evitar recordar a su padre, pero sobre todo a Fernando; recordó todo lo que él le contó sobre sus años en la resistencia, cómo había aprendido a ser invisible, como había aprendido a tener paciencia… Algunas veces, Alberto notaba esa mirada triste que Alicia ponía en esos momentos y cambiaba de tema. Todas las noches, antes de irse a dormir escuchaban la radio para distraerse; la tercera noche habían oído la noticia de la desaparición de Alicia; Álvaro no se había dado cuenta que ella se había ido, pues lo que decían las noticias es que era probable que le hubiese pasado algo en el viaje que tuvo que realizar. Ella se asustó un poco pero Alberto la tranquilizó, y le aseguró que no les pasaría nada. Alguna mañana, se acercaban a la zona donde estaban los maquis; tenían que ultimar los preparativos de la misión. Alicia se había familiarizado con el lenguaje en clave; y además, aportaba buenas ideas. Cuando regresaban a la casa, disfrutaban del paisaje, era una zona aislada, llana y muy bonita; a Alicia siempre le recordaba al día que pasó junto a Fernando en el campo. Por las noches, antes de dormirse; miraba una y otra vez las fotos que tenía de ese día, si todo hubiera sido distinto… Su último pensamiento del día siempre era una imagen de lo que podía haber sido: a veces podía imaginarse a ella y a Fernando dando un paseo por las orillas del Sena, otras tomando un chocolate en una terraza… Sabía que aunque se volviese a enamorar, una parte de su corazón siempre pertenecería a Fernando; esa Alicia alegre, sin miedos, disfrutando del momento, sin preocupaciones, esa chiquilla enamorada por primera vez… Esa Alicia siempre pertenecería a Fernando.
 
Se dio cuenta que durante aquellas semanas iba recuperando parte de su ilusión; muy poco a poco pero al menos podía sonreír sinceramente. Alberto tenía mucho que ver en ello, no quería precipitarse y desde luego, sentía que no estaba preparada para ninguna relación por el momento; pero sabía que en un futuro Alberto sería muy importante para ella. Al día siguiente sería su cumpleaños; a Alberto se lo había contado días atrás mientras hablaban sobre los buenos momentos de la vida de cada uno, él había insistido en celebrarlo pero Alicia se había negado. Durante aquellos días no podía dejar de recordar aquel cumpleaños que pasó junto a Fernando, recordaba cada instante, cada comentario, cada beso, cada caricia… Si cerraba los ojos, podía ver de nuevo a Fernando entrando por la puerta con un ramo de rosas blancas, una tarta y una botella de vino: “No me lo puedo creer… ¿Te has arriesgado a que te detuviesen solo para comprarme estas flores?” “Alicia, haría muchas más cosas por ti” “Estás loco”. En ese momento sentía una y otra vez el beso que le dio… Había sido tan poco tiempo el que habían tenido… 
 
Esa noche fue cuando recordó con más intensidad todo lo vivido con Fernando. Recordó el primer baile con él y la conversación que mantuvieron “Cuando estoy contigo es como si estuviera en una película, todo es mucho más intenso, de otro color” “¿Y eso te gusta?” “Sí, cuando estoy contigo si; pero cuando me encuentro sola todo vuelve a ser mucho más duro y mucho más crudo que antes. Pero me gusta vivir esta película a tu lado.” “¿Qué miras?” “Pues que te veo aquí y… Y yo también me siento como en una película” En ese momento, Alicia se había acercado a besarle, necesitaba hacerlo a cada momento. Pero sobre todo, aquella noche recordó una y otra vez el momento en el que le pidió hacer el amor con él; estaban bailando muy juntos después de haber disfrutado de la comida y de la tarta, “Fernando, no me importa decirte mi deseo” “¿Y si no se cumple?” “Sé que se cumplirá. Fernando, quiero hacer el amor contigo” volvió a sentir los besos que siguieron a esa conversación. Sin darse cuenta, llevaba un rato llorando; no podía parar, se levantó a coger la gorra y se volvió a tumbar en la cama a recordar todos esos momentos. Después de un largo rato llorando abrazada a aquella gorra, se durmió; pero esa noche no tuvo los sueños que solía tener. Desde que se fue de casa de Álvaro, solía soñar con el futuro que podían haber tenido ella y Fernando en Francia. Pero esa noche, soñó con el momento en el que Fernando y ella hicieron el amor. En sueños pudo volver a oír la conversación que tuvieron “¿Estás segura Alicia? Porque no quiero que te precipites, la primera vez es muy importante y… Y a menudo suele ser decepcionante” “Quiero estar contigo, quiero que tú me guíes la primera vez; y siempre. Te quiero, y no podría estar más segura de querer hacerlo ahora” “Yo también te quiero Alicia. Te quiero”. Pudo sentir las mismas sensaciones que aquel día, sintió cada caricia, cada beso, volvió a notar como Fernando la trataba con delicadeza, como estaba pendiente de ella… Aquella noche, ella se había dormido abrazada a Fernando; justo en ese momento despertó del sueño. Se asustó al no notar a Fernando, el sueño había sido tan real que tuvo que encender la luz para volver a la realidad. Cuando recordó todo lo que le había pasado desde que salieran del piso franco, se hundió y empezó a llorar. Por la ventana, entraba algo de luz; se asomó y pudo ver una preciosa luna llena. En ese momento recordó como ella le había dicho a Fernando que le pediría a la luna por su amor. Ya no podía pedirle por ello, pero aún así le pidió un deseo. Cerró los ojos y con todo el dolor de su corazón formuló el siguiente deseo: “Que algún día pueda ser feliz”. De repente, llamaron a la puerta; Alicia se asustó, pero enseguida se percató de que era Alberto.
 
-Alicia, ¿estás bien? Es que he oído algunos ruidos y me he asustado…
-Sí, no te preocupes, estoy bien… -se tranquilizó un poco y abrió la puerta- Gracias por venir, entra un rato…
Ambos se sentaron en el borde de la cama; Alberto se dio cuenta de que Alicia no estaba bien, pero no sabía si preguntarle o intentar sacar un tema para distraerla. Ante la indecisión de Alberto, fue Alicia la que empezó a hablar.
-Siento si te he asustado, pero hoy es un día muy especial… -Alicia seguía triste, pero Alberto sabía que en ese momento necesitaba desahogarse y contarle a alguien lo que la atormentaba; así que guardó silencio- Bueno, en realidad hoy no es especial; fue este mismo día hace tres años…Es muy largo de explicar… El caso es que por una serie de circunstancias yo tuve que huir de casa de mis tíos; me refugié con un buen amigo… En realidad era algo más que un buen amigo, yo estaba enamorada de él y pasé con él mi cumpleaños. Él hizo que fuese el más especial de mi vida… Y bueno, pues hoy no he podido evitar recordarlo todo; y al darme cuenta que ya nada de lo que soñé se hará realidad, me he sentido muy mal. ¿Recuerdas que al conocernos te hablé de una persona que había sido asesinada por sus ideas? -Alberto asintió- Pues era él; cuando le ejecutaron lo pasé muy mal, de hecho, no lo he superado y todavía sigo soñando con un futuro que sé que nunca podré tener. En días como hoy, se me hace muy duro pensar en un futuro en Francia; porque ese futuro que yo soñaba siempre le incluía a él. Hace casi tres años, él se fue dejándome casada en España; sé que lo hizo por mí, por no arrastrarme a una vida llena de incertidumbres. En ese momento, yo seguí soñando con reencontrarme con él en el futuro; y cuando supe que le iban a ejecutar, todo terminó. Sé que debo seguir adelante, debo pensar en mí y en lo que quiero; pero a veces se me hace muy cuesta arriba.
 
Sus ojos se empezaron a empañar, no podía seguir hablando; Alberto se acercó a abrazarla. Había escuchado atentamente su historia y solo podía hacer eso, abrazarla; los consejos no servirían de nada. Alicia se durmió abrazada a Alberto; él solo podía mirarla con tristeza. Pensaba en lo joven que era y en todo lo que había tenido que soportar. Alicia le gustaba mucho, pero en ese momento decidió no intentar nada con ella; sabía que tardaría en superar lo de ese otro hombre, así que era mejor ser solo su amigo.
 
 
 
Antonio le estaba esperando, había tenido un día muy complicado; pero lo más importante era verse con Antonio. Hacía varias semanas que él había regresado a Parías al terminar su última misión; Antonio había viajado a Madrid a intentar ponerse en contacto con Pepe.
-Lo siento, me ha sido imposible venir antes… ¿Qué tal todo? ¿Pudiste hablar con el hombre que me salvó?
-Sí, muchas gracias Fernando; ya hemos encontrado a Andrea, ha sido un poco complicado hacer que ese hombre confiase en mi, pero le hablé de ti y de la misión en la que supuestamente te fusilaron y al final me contó todo. Estamos pensando enterrar a Andrea cuanto antes. No sé si podrás venir, va a asistir mucha gente que te conoce y que cree que estás muerto…
-No me importa, Antonio. Pienso ir, trataré de pasar desapercibido pero allí estaré. ¿Dónde será?
-En París, desde luego; Liberto y yo nos hemos vuelto. Ya no pintamos nada en Toulouse; el entierro será en dos días. Será algo sencillo, ya sabes que no creemos en estas cosas…
-Qué me vas a contar a mí… Antonio… ¿Recuerdas lo que te pedí por teléfono?
-Si, claro; también investigué eso aunque no sé si te va a gustar…
-¿Qué? ¡Dime lo que sea!
-El caso es que Alicia, la chica que me pediste que investigara… Ha desaparecido.
-¡¿Cómo?! ¡No puede ser cierto!
-Escúchame Fernando; por lo que pude averiguar, su marido denunció su desaparición. Ellos creen que algo la ha podido pasar; pero según mis contactos, esa chica se ha ido porque ha querido. Ella le dijo a su marido que tenía que ir a visitar a unos familiares a Zamora, pero hemos descubierto que sus familiares viven en Madrid y no en Zamora. Así que mintió a su marido para poder irse… Nadie la ha vuelto a ver.
-¡No puedo creerlo! ¡Maldito Iniesta! -no quería ni pensar qué le estaría pasando en aquel momento a Alicia- Ni siquiera es capaz de cuidar de una mujer… ¡Nunca tenía que haberla dejado a su cuidado!
-Fernando, tranquilízate; es una buena noticia. A ella no le ha pasado nada, simplemente ha querido alejarse de su marido; en España no hay otra forma de hacerlo.
-¡No! Es muy impulsiva… ¡A saber en qué andará metida! ¡Joder! Espero que no le haya pasado nada porque entonces ese profesor se las tendrá que ver conmigo. Ahora mismo empiezo a investigar, y si es preciso vuelvo a España.
-¡Cálmate! Y no digas tonterías; tú no vas a volver a España. Yo me encargaré de esto.
-No, necesito hacerlo yo. Sino, no me quedaré tranquilo.
-¿Confías o no confías en mí? -a Fernando le costó pero al final acabó asintiendo- Pues deja que yo me ocupe de averiguar todo. ¿De acuerdo?
Se despidieron, pero Fernando no podía dejar de pensar en Alicia; ¿dónde estaría? ¿Con quién? ¿Qué pensaba hacer con su vida? Se le vino a la mente el momento en el que Alicia forzó la cerradura del piso franco para encontrarse con él. “¡Joder Alicia! ¿Pero te has vuelto loca? ¡Que coño haces aquí! ¡Tienes que marcharte!” “No puedo” “Joder… Alicia, tienes que marcharte; ya has hecho bastante” “No Fernando, no puedo vivir con la incertidumbre de no saber si estás vivo o si estás muerto. Si eso es estar loca…” “Alicia… Alicia…”. En ese momento se besaron con ansias, con ganas, con pasión… Alicia siempre era así, ¿cómo había podido pensar que se resignaría a una vida al lado de un hombre al que no ama? No, Alicia quería luchar; pero él no quería que se pusiese en peligro. ¡Ojala estuviese bien! Se quedó con la sensación del sabor de los besos que se dieron aquel día; y sin más, regresó a casa sin importarle el trabajo o las misiones. Lo único que quería era recordar y recordar.
 
 

Capítulo VIII


Alicia se despertó muy pronto, estaba empezando a amanecer; encontró a Alberto durmiendo sentado, se movió lentamente para no despertarle. Bajó al piso de abajo y salió al jardín; todo inspiraba tranquilidad, el sol estaba saliendo y había mucho silencio. Nuevamente, empezó a recordar a Fernando; recordó la conversación que tuvieron la noche que se acostaron juntos, ella tenía dudas y le preguntó “Aunque hayas estado con más mujeres y muchas veces ¿recordarás lo de hoy?” “Hasta el día que me muera. Y… Yo no he estado con tantas mujeres, Alicia; pero estar contigo para mí ha sido muy especial”. Volvió a sonreír como lo hizo aquella noche; Fernando no le mintió, recordó lo de ese día en el mismo momento de su muerte. Sonrío al recordar lo que le dijo a Fernando sobre su amor “Creo que vamos a tener suerte; porque aunque nos hayan pasado muchas cosas, estamos juntos Fernando. Y eso es por algo; eso es porque los astros se han confabulado y están de nuestra parte” “¿Tú crees que seguirán ayudándonos a partir de ahora?” “¡Sí, claro! Yo misma me arrodillaré y miraré a la luna todas las noches y le pediré para que nuestro amor pueda seguir viviendo” “Yo también se lo pediré”. En ese momento se entristeció y empezó a notar como las lágrimas caían por su cara; al parecer, no lo habían pedido con todas sus fuerzas…
Alberto se había despertado y al ver a Alicia salió al jardín para ofrecerle una chaqueta. Se la puso por los hombros.
 
-Gracias, no te había sentido salir.
-De nada; ¿entramos y preparamos un café para entrar en calor?
Alicia seguía llorando; en ese momento necesitaba apoyo y no dudó en abrazarse a Alberto. Él se sorprendió, pero la abrazó muy fuerte; la conocía muy poco pero no soportaba verla sufrir. Parecía tan frágil, tan pequeña… Pero no, ahora lo que Alicia necesitaba era un amigo y eso pensaba ser para ella.
Entraron y prepararon el desayuno; Alberto había esperado a que se tranquilizase para felicitarla.
-Alicia, aunque tú no quieras… -le tendió un paquete envuelto- ¡Felicidades!
Ella hizo un esfuerzo por sonreír.
-Gracias, pero no te tenías que haber molestado.
-Ábrelo y sabrás que merece la pena.
Alicia lo abrió con ilusión y expectación; por la forma se notaba que era un libro y eso ya la gustaba, no solo porque le encantase leer; sino porque no había recurrido al típico regalo de un ramo de flores. Si el regalo hubiese sido ese, no podría haberse aguantado las ganas de llorar al recordar a Fernando. Cuando abrió el paquete, se quedó muy sorprendida.
-Sí, es uno de los libros de tu padre. Está dedicado y todo; sé que no hay mejor persona que tú para que lo tengas.
-Pero… No puedo aceptarlo… Supongo que también es importante para ti…
-Alicia, quiero que lo tengas tú.
-Está bien; un regalo nunca se rechaza.
 
Pasaron el día hablando de libros, de asignaturas, de escritores prohibidos en España… Alicia pasó un día agradable, aunque de vez en cuando se quedaba ausente recordando a Fernando. En esos momentos, Alberto sacaba un nuevo tema para distraerla. Al final del día, hablaron de la misión; sería al día siguiente y todo tenía que estar listo y preparado. Alicia intervendría pero sin apenas correr peligro; el que de verdad actuaría sería Alberto. Eran poco más de las nueve y se fueron a dormir; tenían que estar descansados para el día que les esperaba. Alicia tardó en dormir; tenía algo de miedo, pero sobre todo, sentía ilusión, ganas de luchar por sus ideas… El último pensamiento fue, como casi siempre, para Fernando. En ese momento recordó lo que Fernando le contestó cuando ella le dijo que lo de la noche anterior había sido muy importante aunque para él hubiese sido una experiencia más “Mírame Alicia, da igual que yo haya tenido experiencias anteriores; lo importante es que tú has hecho que solo me importe esta. Alicia, solo con tu presencia has conseguido que olvide todos mis recuerdos. Esta historia que estamos viviendo marcará el resto de mi vida para siempre; porque tú me has cambiado, me has hecho diferente. No sé; ahora cuando cierro los ojos y pienso en el amor, en la pasión, en la dicha de tener a alguien a quien amar; ya solo pienso en ti y ya solo podré pensar en ti.” Se durmió pensando en la sensación del roce de sus labios con los de Fernando.
 
 
 
Había pasado el día tirado en la cama; era un día muy difícil para él. Antonio todavía no había averiguado nada de Alicia; hoy era el cumpleaños de ella y no podía sacársela de la cabeza. Recordó el cumpleaños que pasaron juntos en el piso franco, recordó las sonrisas, las caricias, los besos… No podía perdonarse el haberla dejado en España al lado de Álvaro; pero su sentimiento de culpa pudo más que el amor. No dejaba de recordar una y otra vez todos los momentos que pasaron juntos aquel día. Recordó cuando en la comida brindaron, “Brindo por la mejor cocinera del mundo” “Por ti, Fernando” “Por nosotros” “Por nuestro futuro…” “Por nosotros aquí y ahora”. Nunca quiso engañar a Alicia, por eso hacía hincapié en pensar solo en el presente; en que no se ilusionase con un futuro juntos. Recordó lo que le dijo Alicia justo después de hacer el amor “¿Ves como tenía razón que teníamos que hacerlo ahora? Ha sido tan maravilloso porque te quiero ¿verdad? Y porque tú me quieres un poquito” “Claro” No pudo contenerse y la besó, más que las palabras, él necesitaba el contacto con ella. “Soy mucho más feliz a tu lado. Me gustaría estar así mucho tiempo; todo el tiempo. Todo el tiempo.” “Eso es lo que nos falta Alicia, tiempo” “Pero yo te quiero” “Imagínate que no hubiera pasado esto, que te hubieses ido y habríamos perdido uno de los momentos más mágicos de nuestras vidas. Porque yo sé que podemos ser muy felices juntos”. En ese momento, Fernando había envidiado su optimismo, sus ganas de luchar, de vivir… Él no podía pensar que todo fuese a ir bien, no podía dejar de pensar en la posibilidad de que a ella le pasase algo… También recordó parte de la conversación de esa noche, “Estar contigo para mí ha sido muy especial; y eso que he hecho todo lo posible por, por evitarlo.” “Pues sí, y te has esmerado bastante porque ¡al principio eras todo un antipático y un cortante! Incluso creía que pensabas igual que mis tíos” “Bueno, era parte de mi trabajo” “Tú trabajo” “Sí, y desgraciadamente, estamos así por ello; sin un futuro claro” “Yo quiero estar siempre contigo”. En ese momento, Alicia le contó que le pediría a la Luna por su amor; mientras ella dormía; él se asomó a la ventana. “Esta noche no hay luna Alicia, no hay luna” “La luna no nos va a ayudar, nadie nos va a ayudar. Pero yo velaré tus sueños, mientras pueda.” Volvió a la realidad, al día siguiente sería el entierro de Andrea así que apagó la luz para dormir un rato. Se durmió pensando en la Luna, y pidiéndole que Alicia estuviese bien y segura por mucho tiempo.
 
 
 
 
Capítulo IX

 
 
Se levantaron a las seis de la mañana, tenían que estar preparados para cuando el topo se decidiese a actuar. Contarían con la ayuda de dos maquis, Alicia debía simular estar preparando una acción en mitad del campo; cuando el topo la fuese a detener, los dos maquis la apartarían y aparecería Alberto para ejecutarle. Llevaban horas preparados y no parecía que nadie fuese a aparecer; el día era demasiado caluroso y todos empezaban a estar impacientes. Pedro y Juan, los dos maquis, se acercaron a Alicia para enseñarle como manejar algunos instrumentos que tenía en las manos. En ese momento hizo su aparición Mendoza; en un abrir y cerrar de ojos tenía a los tres acorralados. Alberto no tenía nada preparado ante aquella situación así que tuvo que improvisar; por suerte aquel tipo había acudido solo. Alberto se acercó poco a poco de espaldas a Mendoza, cuando estaba justo pegado a él, hizo un poco de ruido; Mendoza se giró y sin apenas darse cuenta sintió un puñetazo en la boca. Alicia aprovechó para alejarse un poco tal y como Alberto le había dicho; una vez que se aseguraron de que Mendoza estaba bien atado, Pedro y Juan volvieron a su campamento con el resto de compañeros. Alberto quería sacarle algo de información antes de matarle.
-¿Quién te introdujo en el Partido? -sabía que no contestaría así como así, le dio un puñetazo pero Mendoza lo único que hizo fue reírse- Esto puede durar lo que tú quieras, depende de ti…
-Ja, ja, ja. ¿En serio piensas que te voy a decir algo? Uno de tus compañeros ya lo intentó y será mejor que no te diga como acabó… Aunque te lo puedes imaginar porque todos, tarde o temprano, acabareis de la misma forma. Ja, ja, ja.
-No deberías reírte tanto teniendo en cuenta quien tiene la pistola en la mano… -se agachó a quitarle la documentación- Así que Mendoza… ¿Tienes familia? Quizá debería hacerles una visitilla…
-¡Rojo de mierda! ¡Ni se te ocurra acercarte a ellos!
-Así que tu punto débil es ese… Vaya, por aquí tienes apuntada la dirección… ¿Qué te parece si nos olvidamos de tu familia y empiezas a hablar por el bien de ellos?
 
Alicia escuchaba todo desde la distancia. En otro tiempo, habría salido corriendo de allí y no querría volver a ver a Alberto; pero solo pensando en que tipos como Mendoza eran los culpables de la muerte de Fernando, entendía que esos eran los únicos métodos que podían utilizar.
Era la primera vez que Mendoza sentía miedo, le daba igual que le torturasen porque así le recordarían como un héroe; pero no quería ni imaginarse a ese tipo torturando a su mujer y a sus dos niñas.
-Esta bien -su voz sonaba muy débil y eso gustó mucho a Alberto- te contaré todo si prometes dejar a mi familia fuera de esto.
-Habla.
-Quien me introdujo en el Partido no sabía que yo seguía siendo policía, él no tiene la culpa.
-Su nombre.
-Se llama Emilio Fuentes, supongo que te sonará.
-Sigue.
-Él es mi primo, desde niños fuimos los mejores amigos; pero la guerra nos separó. Cuando nos volvimos a encontrar le dije que había dejado la policía y que había cambiado de ideas… Él se lo creyó y desde entonces soy un infiltrado en el Partido.
-¿Hay más topos en el Partido?
-No.
-¿Seguro? -Alberto le pegó una patada en el estómago- ¿HAY O NO HAY MÁS TOPOS?
-Te estoy diciendo la verdad -le costaba hablar a causa de los golpes- no hay más topos.
-¿Quién más sabe que estás infiltrado en el Partido?
-Solo mi jefe, el capitán Terán.
La cara de Alberto cambió por completo… Ya le habían hablado de aquel tipo y tenía fama de ser uno de los peores hombres del ejército.
-¿Dónde está?
-Muy pronto lo sabrás…
De repente oyó ruidos detrás de él; se giró y pudo ver a un militar; le traían Pedro y Juan.
-Nos hemos encontrado a esta escoria vigilando el lugar, creo que ha venido con nuestro amiguito.
-Si, eso me estaba diciendo ahora Mendoza…
-Mierda -Terán era la única esperanza para Mendoza.
Ataron al capitán y le pusieron al lado de Mendoza. Alicia se había alejado un poco más, sentía miedo pero a la vez quería que todo acabase.
-Bueno, nosotros nos vamos, si encontramos a alguien más te avisamos.
Los maquis se fueron, Alberto no daba crédito a lo que tenía delante; no sabía muy bien como seguir.
-Vaya, vaya, vaya… Así he cazado a un pez gordo… Seguro que tienes mucho que contar…
Terán no abrió la boca, Alberto ya sabía como hacerle hablar.
-Para hacer hablar a tu compañero he tenido que averiguar datos sobre su familia… De tu familia conozco muchos datos; es más, ahora mismo puedo llamar a los maquis para que vayan a por ellos… ¿Quieres eso o empiezas a hablar?
-¡No pienso decirte nada hijo de perra!
-Eso ya lo veremos…
-Ja, ja, ja. Un comunista de mierda como tú no va a ser capaz de hacerme hablar; quizás ese truco te funcionó con este -miró a Mendoza, estaba lleno de golpes y apenas podía moverse- pero no conmigo.
En ese momento Terán hizo esfuerzos para mover el brazo; Alberto intentó pararle, pero ya era tarde. Había sacado una navaja que llevaba y se había suicidado; Alberto comprobó que estaba muerto.
-Bueno, pues ahora volvemos a estar solos… -Mendoza miró hacia Terán- Será mejor que sigamos con la charla. ¿Cuánto llevas infiltrado en el Partido?
-Ca… -apenas podía articular palabra- casi cuatro años.
-¿Cuál era tu próximo objetivo?
-Aunque… aunque no te lo creas, en tu viaje de vuelta a Francia pensaba cogerte…
-Mira que bien, me he adelantado a la cita… ¿Quién más sabía que tenías que cogerme a mi?
-Ya… Ya te he dicho que solo Terán y yo. Una vez os cogíamos como ratas, informábamos al superior de Terán de toda la misión.
-¿Cómo ratas? Puede que hayáis cogido a demasiados pero a todo cerdo le llega su San Martín… Así que nadie sabe nada… -Alberto ya no necesitaba más datos- Perfecto.
En ese momento volvió a sacar la pistola; Alicia estaba lejos pero lo suficientemente cerca para enterarse de lo que pasaba.
Alberto apuntó a la pierna de Mendoza
-Esto por todos los compañeros que tú has delatado.
Le disparó a la pierna.
-Y esto por Fernando.
El disparo fue directo a la cabeza. Alicia no podía reaccionar; podría ser una casualidad pero ¿en serio era posible? Quería acercarse a Alberto y preguntarle, pero estaba paralizada, ¿de verdad ese hombre fue el que delató a Fernando? ¿Conocía Alberto a Fernando o solo era una casualidad en el nombre? No paraba de formularse preguntas, pero no se atrevía a darles una contestación. Todo aquello la superaba, en ese momento vio a Alberto acercarse; justo cuando llegó a su lado, ella se desmayó.
 
 
 
 
Capítulo X

 
Antonio estaba en casa de Fernando esperando a que se preparara para el entierro; antes de nada, tenía que contarle lo que había averiguado de Alicia.
-Ya estoy listo, nos vamos cuando quieras.
-Espera Fernando, tengo novedades…
-Dime, ¿dónde está Alicia?
-Lo que han podido averiguar mis contactos es que está viviendo en una zona de monte con un hombre. -Fernando no daba crédito a lo que acababa de escuchar ¿era posible que le hubiese olvidado y que ya tuviese otro amor?- Por lo que sabemos, están preparando una misión; esto no te va a gustar…
-¡Dí lo que sea!
-Su misión consiste en acabar con el topo…
-¡¿QUÉ?! ¡Maldita sea! Ahora sí que vuelvo a España, esto se tiene que acabar.
-No, no vas a volver te pongas como te pongas. Deja esto en mis manos, te doy mi palabra que a Alicia no le pasará nada.
-Antonio…
-Venga, no lo pienses más… Vamos, que se ha hecho tarde.
Se dirigieron al cementerio, fue un entierro sencillo y corto; ahora Antonio sabía donde se encontraban los restos de su mujer. No podía estar feliz, pero al menos podía estar tranquilo; en España todavía quedan muchas personas que no saben donde quedaron los cuerpos de sus seres queridos y no tienen donde ir a llorarles. Desde que mataron a Andrea, se obsesionó con encontrar sus restos; ahora sabía dónde descansaba y podía llevarle flores. Ante aquel sentimiento de alivio, se sintió mal por todos los españoles a los que ni siquiera les permitían eso.
Fernando le prometió estar tranquilo, pero no pudo cumplirlo; en cuanto llegó a casa se puso a llamar a todos sus contactos para intentar averiguar algo. No pensaba volver a España porque Antonio no se lo permitiría, pero necesitaba estar informado de todo.
 
 
 
Alberto ya no tenía nada que hacer allí, los encargados de enterrar los cuerpos para que nadie los encontraran, eran los maquis. Cogió a Alicia y la llevó a la casa; se imaginaba que todo aquello había sido demasiado para ella, ahora se arrepentía de haberla metido en una misión tan arriesgada y complicada. Pasó un rato hasta que Alicia recobró la consciencia; se sintió rara al estar en la casa y no en mitad del campo.
-¿Qué ha pasado?
-Alicia… Lo siento; supongo que todo esto te ha superado, te desmayaste y te traje a casa. De verdad, lo siento mucho…
-No, Alberto; tú no tienes culpa… Tengo que preguntarte algo…
-Adelante, pregunta.
-Verás, cuando disparaste al topo dijiste un nombre…
-Sí, era un gran amigo al que han ejecutado por culpa de ese topo. ¿Por qué te interesa el nombre?
-Bueno, yo conocí a un Fernando al que ejecutaron… Su nombre era Fernando Solís, ¿es el mismo?
Alberto empezó a atar cabos y supuso que Fernando era el hombre del que estaba enamorada Alicia. Cuando regresó a Francia después de la misión fallida, él le habló de una mujer que le ayudó y de la que se enamoró… ¡Claro! Era Alicia…
-Alicia… Sí, yo conocía a Fernando. ¿Sabes? Él me hablo de ti; no me dijo tu nombre pero al preguntar por él me he dado cuenta de que la mujer de la que se enamoró en plena misión eres tú.
-Fue él quien decidió que yo me quedase; al principio me cabreé muchísimo.
-Alicia -Alberto la interrumpió- Fernando tenía motivos para no querer ponerte en peligro -ahora mismo pensaba en Belle… No, no debía contarle nada a Alicia- Créeme, para él, dejarte aquí casada con otro hombre fue muy duro.
-Lo sé, aunque al principio no lo entendí; con el paso del tiempo y recordando todas nuestras conversaciones me di cuenta de que él nunca pensó que podría ser bueno para mí… Siempre intentaba hacer que no pensase en el futuro, que solo me importase el presente. Alberto, me gustaría que me contases de qué conocías a Fernando.
 
-Es una historia muy larga, pero supongo que no te importará… Conocí a Fernando en plena guerra, en 1938; yo tenía 16 años y lo único que me importaba era ayudar a ganar la maldita guerra. Era un crío, no medía las consecuencias… Bueno, casi todos los que luchábamos éramos iguales, no habíamos recibido formación alguna; a veces parecía que nos lo tomábamos todo como si fuese un juego. -Alicia escuchaba atentamente- Un día tenía que bajar hasta el pueblo más cercano a por provisiones; pero estaba en manos fascistas. Yo aseguré a mi superior que era capaz de hacerlo y que no pasaría nada; la verdad era que algunos compañeros y yo habíamos planeado bajar al pueblo y por nuestra cuenta lanzar una ofensiva contra el enemigo. El rumor llegó hasta algunos camaradas con más experiencia; uno de ellos era Fernando. Entre todos intentaron disuadirnos, pero es imposible controlar a más de cien chiquillos con ganas de actuar. -Alicia sonreía al recordar como Fernando intentaba una y otra vez que ella no se metiese en líos.- Pero no te vayas a creer que Fernando ya era como tú le conociste… Él también era muy joven, tendría unos veinte años y era muy parecido a nosotros. Al final, acabó ayudándonos; él tenía más experiencia por eso estaba al mando de la misión, lo recuerdo como si fuese ayer… Si no llega a ser porque Fernando decidió ayudarnos, todo se habría ido a la mierda. Yo tenía todo preparado, íbamos a actuar en unos minutos; pero de repente se nos echaron encima unos cuantos fascistas; Fernando, que estaba cerca, se acercó a ayudarme. Bueno, más bien a salvarme; yo me quedé paralizado y no pude hacer nada. Como ves, Fernando me salvó la vida en aquel momento y, además, gracias a él la ofensiva salió bien. -los ojos de Alicia estaban llenos de lágrimas al imaginarse el horror que vivieron en la guerra Fernando y él- Desde ese día, Fernando y yo nos hicimos inseparables, casi como hermanos; poco antes de perder la guerra cruzamos juntos la frontera. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, nos unimos a la Resistencia y ahí fue cuando empezó nuestro adiestramiento… Fue muy duro, muchas veces pensabas en abandonar las misiones; pero era lo que tenías que hacer. Durante esos años, Fernando y yo apenas coincidíamos, cada uno tenía sus misiones; aunque cada vez que podíamos quedábamos para ponernos al día. Durante los años en la Resistencia, Fernando llevó a cabo una misión que salió mal, -lo pensó por un momento, pero al final decidió que no debía contarle nada de Belle- muy mal. Cuando terminó la guerra, dejó la lucha, volvió a España y se dedicó a ir de bar en bar… En un momento dado, el Partido le necesitó, tenía que ayudar a salir de España a Andrea, una mujer que había regresado a España a despedirse de su madre. Al principio se negó; pero, como siempre, le pudo más su deber. En esa misión todo salió bien, y cuando regresó a París, volvió a ser el mismo de siempre. En esa época, solíamos vernos mucho; los dos trabajábamos en las mismas misiones; hasta que un día le encargaron una misión muy importante. Ahí fue cuando te conoció a ti; esa parte de la historia la conoces mejor que yo… Después, cuando regresó a París; había cambiado completamente, dejó la lucha activa, sorprendió a todos sus conocidos al querer quedarse en la retaguardia preparando las misiones pero sin participar. Alicia, si cambió fue porque se enamoró de ti… Yo no conozco mucho de lo que pasó entre vosotros porque siempre fue muy reservado para sus cosas; pero sé lo suficiente como para entender que ese cambio solo podía ser por un amor.
Alicia empezó a llorar desconsoladamente; nunca dudó del amor que Fernando sentía hacía ella, pero escucharlo de los labios de un amigo suyo lo hacía todo mucho más real. Entonces se puso furiosa.
-Y si había dejado la lucha activa, ¿POR QUÉ VOLVIÓ A ESPAÑA A SEGUIR LUCHANDO?
-Alicia… Te aseguro que lo que te estoy diciendo es verdad; él dejo la lucha, pero pasó algo que lo cambió todo… Durante unos meses se dedicó solo a preparar misiones sobre el papel, pero llegó una noticia que le afectó y decidió hacer algo. Unos camaradas nos informaron de una emboscada a unos maquis; habían caído por culpa de un topo que llevaba tiempo infiltrado. Al principio, Fernando no se implicó mucho, empezó a pensar en quien podía ser la mejor persona para esa misión; pero cuando supimos más de esa emboscada… Resulta que dos buenos amigos de Fernando habían caído en esa emboscada; al parecer, eran dos amigos que conoció durante su estancia en Madrid preparando el atentado contra Franco. Cuando salió mal, esos dos amigos ayudaron a Fernando a huir.
Alicia se quedó pálida, no podía ser ¿o si?
-Alberto, -apenas podía articular palabra- ¿cómo se llamaban esas dos personas?
-Eran un matrimonio que tuvieron una niña en medio del monte, él se llamaba Ignacio y ella Luisa -Alicia rompió a llorar- ¿les conocías?
-S…Sí, Luisa era mi única amiga en Madrid, e Ignacio me trató muy bien durante los días que estuve escondida con ellos. ¿Has dicho que tuvieron una niña? ¿Dónde está ahora?
-No lo sabemos, el Guardia Civil de la zona se la llevó; pero no sabemos más… Siento que te hayas enterado así. ¿Entiendes ahora por qué Fernando decidió volver? Necesitaba acabar con ese topo; pero yo sé que a partir de ese momento supo que no podía seguir apartado de la lucha. Volvió a comprender que la única manera de hacer algo era actuando. Por aquel entonces, a mi me encargaron una misión fuera de París así que no estuve informado de nada. Cuando regresé a Francia, ya habían ejecutado a Fernando y no pude hacer nada… Y por eso mi empeño en acabar con el topo… Quizá si me hubiese enterado antes, si hubiese planeado una misión segura… Siento tanto no poder haber hecho nada por salvar a Fernando… Igual no lo hubiese conseguido; pero al menos me quedaría la sensación de haber hecho lo posible por él… Sé que Andrea, la mujer a la que ayudó a salir de España, llevó a cabo una misión de rescate. Pero Mendoza se enteró y también se infiltró en esa misión… El final de Andrea puedes imaginártele…
 
Alicia se abrazó a Alberto, necesitaba apoyo; el día había sido muy duro y después de tantas confidencias, lo único que quería hacer era descansar. Pasaron el día tristes y sin apenas hablar, cada uno pensando en sus momentos con Fernando. Aunque Alberto no se lo contó, cuando Fernando se quedó aislado en Madrid; él le envió, a través de un contacto, una posible salida.
“Estimado Fernando:
El destino pone en mis manos la posibilidad de pagar la deuda que tengo contigo por haberme salvado la vida. Es posible que nunca llegues a leer esta carta pues la noticia de tu detención, lamentablemente llegó antes de la recepción de la misma. Aún así, me aventuro a contestarte por si queda alguien en la dirección indicada por ti; que pueda de algún modo utilizar los medios que me pides para que te facilite una posible huida”
Le mandó dinero, billetes de barco, pasaporte falso… Más tarde, el propio Fernando le diría que no había podido utilizar esa ayuda porque alguien le necesitaba en aquel momento.
 
Al final del día, tenían que preparar el viaje hacia la frontera.
-Alicia, en dos días empezaremos el viaje; es mejor dejar pasar un poco de tiempo por si acaso alguien sospecha.
-De acuerdo. Alberto, sé que lo que te voy a pedir es muy arriesgado; pero necesito hacerlo. Me gustaría poderme despedir de mi padre antes de irme, solo sería una corta visita a su tumba, sé que parecerá muy tonto, pero necesito despedirme de él…
-La verdad es que es muy arriesgado, pero intentaremos que nada salga mal mientras visites a tu padre.
-¿Entonces puedo hacerlo?
-Claro.
 
 
 
 
Capítulo XI

 
Era casi medianoche y Alicia estaba en el cementerio; era peligroso pero necesitaba hacerlo, Alberto la estaba esperando a la salida con el coche en marcha. Había llevado con ella un ramo de rosas blancas para su padre; pero lo más importante, la gorra que le regaló Fernando. Necesitaba despedirse de los dos, y como no sabía donde estaba el cuerpo de Fernando, llevó la gorra para que en cierto modo su alma estuviese con ella. Poso el ramo encima de la tumba y se puso muy triste.
-Hola papá, hacía mucho que no venía a visitarte… Perdóname, pero no han sido unos años fáciles para mí… En primer lugar, quiero decirte que lo siento mucho, pero no puedo quedarme en España… Este país me ahoga, me hace ser una persona totalmente distinta a la que en realidad soy… Te prometo luchar por España pero desde Francia; desde el principio supimos que este no era mi sitio, pero tú quisiste que yo pudiese disfrutar del país que a ti te fue negado… Te equivocaste papá, no se puede disfrutar de un país en el que tus ideas son silenciadas, en el que no puedes decidir por ser mujer… Me gustaría tanto poder quedarme en España y vivir en libertad… Pero eso solo es un sueño, nadie puede hacer nada por cambiar las cosas porque los que lo intentan acaban con mucha suerte en el exilio, y con mala suerte en la cárcel de por vida o muer… -las lágrimas asomaron a sus ojos- O muertos. He conocido gente maravillosa en España, por desgracia todos están muertos; primero fue Roberto el que murió después de fracasar la misión de matar a Franco, después Fernando fue ejecutado y con él mi esperanza para el futuro… Y ahora me entero de que Luisa e Ignacio fueron asesinados… ¡Es todo tan injusto en este maldito país! -en ese momento se abrazó a la gorra, recordó a Fernando- Fernando, también quiero pedirte perdón a ti, sé que querías que luchase por España desde dentro. Pero tú, mejor que nadie, sabes que no hay nada que hacer para cambiar las cosas desde dentro. Sé por qué volviste a España, y aunque me enfadé muchísimo porque te habías puesto en peligro… Te entiendo, y quizá yo hubiese tomado la misma decisión al saber lo que les había pasado a Luisa y a Ignacio… Ahora, el cabrón que les mató ya está muerto…Fernando, ¿te acuerdas de lo que me dijiste cuando me besaste por primera vez? Pues pienso hacerte caso, voy a vivir mi vida como yo quiera, voy a seguir mi destino y no permitiré que nada condicione de ninguna manera mi vida. Te quiero, y sé que siempre te querré, al morir te llevaste una parte de mí, esa Alicia que soñaba, que reía sin importarle nada… Pero a partir de ahora, voy a intentar recuperar a esa Alicia; me dijiste que tú serías feliz si lo era yo. Pues quiero que seas feliz, así que voy a intentar ser feliz en la medida de lo posible… Ahora tengo que irme, es peligroso que siga aquí… Os prometo a los dos, luchar por España y ser feliz en Francia. -llevaba rato llorando; pero en ese momento, sintió una enorme paz y tranquilidad- Os quiero, hasta siempre.
Al girarse, se chocó con un hombre; ese hombre llevaba un rato escuchándola y parecía extrañado de verla allí.
-¿Alicia?
-Al… Álvaro… -empezó a tener miedo, si Álvaro la denunciaba, estaba perdida- Yo…
-¿Me puedes explicar dónde has estado todo este tiempo y qué es eso de que vas a vivir en Francia?
-Álvaro… Sabes muy bien que este no es mi lugar, ninguno de los dos somos felices; y yo ya estoy harta de vivir en un país en el que no pueda expresarme libremente. No tendría que haber venido a España, pero nunca es tarde para enmendar los errores; así que me vuelvo a Francia.
-Será si yo te doy mi permiso, ¡Recuerda que soy tu marido!
-Álvaro, me voy a ir igual. No me voy a quedar en un país en el que no se me respeta como persona.
-Pues entonces, vayámonos los tres.
-¿Qué tres? Álvaro, Pedrito es TU hijo, yo no soy parte de vuestra familia; aunque durante algún tiempo hayamos fingido… Sabes que ni he estado, ni estoy, ni estaré enamorada de ti. Lo siento, está decidido. Adiós Álvaro.
-¡Alicia! NO PIENSO PERMITIR QUE HAGAS LO QUE QUIERAS, ERES MI MUJER, YO ME CASÉ CONTIGO PARA HACERTE UN FAVOR AUNQUE YO SI TE AMABA Y ERA UN SACRIFICIO PARA MI, ¿y ahora me lo pagas así?
Alicia le iba a contestar furiosa; pero en ese momento, Alberto le dio un golpe en la cabeza. Alicia se asustó al ver a Álvaro tirado en el suelo; no quería dejarle allí sin más porque a pesar de todo, él la había ayudado cuando más perdida estaba. La noche anterior había escrito una carta para Álvaro que pensaba mandar desde París, en ese momento la poso al lado del cuerpo de Álvaro que todavía tardaría unos minutos en recobrar el sentido. Alberto arrastró a Alicia y salieron de allí corriendo.
 
Una vez en el coche Alicia empezó a preocuparse por su situación, si Álvaro la denunciaba tendrían problemas para salir de España.
-Alberto, siento tanto haber ido al cementerio, si no fuera por mi estupidez…
-No, Alicia, tú tenías que hacerlo. Por la huida no te preocupes, todo saldrá bien. -mientras seguía conduciendo la atrajo hacia él- Te lo prometo.
Alicia se sintió mejor, y al rato se durmió. Alberto tenía que conducir hasta Almería, allí cogerían un barco que les llevaría al puerto de Marsella donde les esperaban unos compañeros en coche para llevarles a París. Les habían buscado un piso mientras ellos encontraban donde quedarse, Alicia lo primero que quería hacer era ir a la Universidad para saber cómo validar sus estudios españoles y así solo tener que hacer el curso que le quedaba para terminar la carrera. Lo único que tenía claro era que quería terminar la carrera fuese como fuese; se lo debía a su padre, pero sobre todo se lo debía a ella misma.
 
Lejos de aquel coche, Álvaro comenzaba a recobrar el sentido; se sintió confuso, cuando se dio cuenta que estaba en un cementerio recordó lo que acababa de pasar. Justo al girar la vista vio un sobre con su nombre, y al instante reconoció la letra. Se incorporó con el sobre en la mano, tenía miedo de abrirlo, miedo de saber su destino, miedo de… Como siempre, todo lo que le hacía tener sentimientos le daba miedo. Abrió lentamente el sobre, pero en un impulso rompió la carta; no quería saber, no quería ser consciente de lo que pasaba, prefería fingir que a Alicia le había pasado algo y que por eso no regresaba. Con los cachos en la mano, regresó a casa. Cuando entró por la puerta recordó que desde la desaparición de Alicia, su madre se había hecho cargo de todo, como en los viejos tiempos. Al verlo entrar, doña Marcela supo que nada iba bien; cogió los cachos de papel que traía e intentó recomponerlo. Álvaro trató de quitárselos, pero con una palabra su madre le hizo a un lado.
-¡Álvaro, no seas inmaduro; no has abierto al boca al entrar así que tendré que saber qué es lo que le pasa a mi hijo!
Poco a poco doña Marcela reconstruyó lo que parecía ser una carta, también reconoció la letra y entonces entendió que nada podía ir peor. Empezó a leer en voz alta porque imaginaba que su hijo había sido incapaz de leerla.
 
“Álvaro, siento todo esto; ni tú ni yo tenemos la culpa, pero los dos hemos pagado las consecuencias. Te agradezcp todo lo que has hecho por mí, de verdad, si no llega a ser por ti..."
-Madre, por favor; no quiero oír, no quiero saber…
-¡Vale ya! Tienes que oírlo, tienes que saber la verdad, conocer a la mujer con la que te casaste -desde que Fernando reapareció, Marcela no soportaba el comportamiento de Alicia, desde ese momento supo que esa niña consentida haría daño a su hijo. Por eso quería que Álvaro se desencantase, que viese a Alicia como la veía ella.
 
Álvaro escuchó atentamente a su madre, pero ya no la oía a ella; escuchaba claramente a Alicia.
“Te agradezco todo lo que has hecho por mí, de verdad, si no llega a ser por ti me hubiese quedado muy sola cuando Fernando se fue... Eso te lo agradeceré siempre y no sabes cuánto; pero compréndeme, inténtalo al menos… El amor de mi vida ha sido fusilado, no me quedan esperanzas, sueños, no tengo a nadie con quien compartir mis ideas… Mi vida nunca estuvo aquí, ni a tu lado; todos decidieron por mí y ya es hora que tome las riendas de mi vida. No me busques, por favor, intenta rehacer tu vida; yo quiero luchar, luchar de verdad; no quiero tener que callarme cuando alguien insulta a los “rojos” porque eso es aguantar insultos a mi padre y al hombre que quiero… Simplemente, ya no puedo seguir callando, y si me quedo en España es lo que voy a tener que hacer. A partir de ahora intentaré honrar la memoria de mi padre y de Fernando. Este es el camino que he elegido, equivocado o no; pero es mi decisión. Respétala. Cuida de Pedrito y de tu madre; espero que también comprendan mi decisión; al menos tu madre porque Pedrito es aún muy niño… Siento el daño que os pueda causar mi marcha, pero estoy segura que con mi presencia os haría más daño; nunca os querré como vosotros queréis, ni soy tu mujer ni soy una madre para el niño. Créeme, esto es lo mejor.
Gracias por todo, Alicia”
-¿Has visto? Le importan muy poco vuestros sentimientos… ¿¡Y esta es la madre que quieres para tu hijo!? En mi opinión, estaremos mejor sin ella…
Álvaro no contestó, simplemente se fue a llorar a su habitación; mientras lloraba amargamente su pérdida, recordó el momento que significó el principio del fin… Pudo ver a Alicia con el periódico en la mano, sufriendo por Fernando, pensando en él… Pero lo que de verdad le recordó el principio del fin fue una frase de ella que le había helado el corazón; él le acababa de decir que lo único que podía salvar a Fernando era una medida de gracia de Franco, ella no quería dejar de intentarlo y le dijo lo que sentía en aquel momento “¿No entiendes que si Fernando muere, su recuerdo se interpondrá entre nosotros para siempre? Como una sombra…”. Ahora que lo recordaba, le parecía hasta gracioso; Alicia había vaticinado su futuro y no se había equivocado. Ella nunca le había olvidado, pero al menos cuando le creía a salvo en Francia, intentaba llevar una vida normal y eso a él le hacía feliz. Aunque ella no estuviese enamorada de él, le bastaba con tenerla junto a él y poder sentir su cuerpo aunque fuese en contadas ocasiones. Álvaro sentía que ya nada tenía sentido, se quedó en la cama llorando toda la noche.
 
 
Cuando llevaban varias horas de camino, se encontraron con un control de la Guardia Civil. Alicia seguía dormida y Alberto prefirió no despertarla.
-Buenas noches, ¿ha ocurrido algo?
-Documentación.
-Tenga -Alberto prefirió pasar desapercibido- mi mujer está dormida es que llevamos toda la noche de viaje y necesitaba descansar.
-Hable cuando se le pregunte. -miró atentamente la documentación- Rocío Fernández y Nicolás Moreno… ¿Desde donde vienen y a donde van?
-Venimos de Soria, la madre de mi esposa ha fallecido y…
-¿A dónde se dirigen?
-Volvemos a casa, vivimos en Almería.
-De acuerdo, pueden continuar.
Sin más, los Guardias Civiles se metieron en el coche; así que Alberto continuó el camino aliviado.
Llegaron hacia las diez de la mañana a Almería, tenían hambre así que Alberto fue a comprar algo que comer mientras Alicia se quedaba en el coche. Cuando se despertó, se alegró de no haber presenciado el control de la Guardia Civil porque se hubiese puesto muy nerviosa. Al quedarse sola, volvió a pensar en Fernando; pensó en el día en que debían haberse ido los dos en ese camión a Francia. Recordó las palabras que hicieron que ella no se empeñase en subir a ese camión “Lo siento Alicia, te lo tenía que haber dicho antes pero… No puedes venir” “Alicia, olvídalo, tú y yo no tenemos ningún futuro juntos. Yo soy un fugitivo y lo voy a ser hasta el día de mi muerte. Y eso es lo que quiero para mí, pero no para ti. Yo quiero seguir luchando como lo he hecho hasta ahora” “Tú eres diferente Alicia y España necesita gente como Álvaro y como tú. Juntos podéis hacer mucho por cambiar las cosas desde dentro”. Si él no hubiese insistido, ella nunca habría aceptado su decisión. Estaba dispuesta a montarse en ese camión, pero al ver que Fernando dudaba y que ya había tomado una decisión; ella solo pudo aceptarla con todo el dolor se su corazón. Recordó las últimas palabras que se dijeron “Mucha suerte Alicia” “Cuídate mi amor”. Si Fernando no hubiese dicho nada, seguramente ahora estarían los dos felices en Francia porque ella nunca le hubiese permitido volver a España. ¡Y qué equivocado estaba Fernando! Desde que empezó su vida con Álvaro no habían hecho nada por cambiar las cosas; ahora estaba segura, España necesitaba gente como Fernando y no como Álvaro o como lo que ella misma había sido hasta hacía poco. Se sentía bien al haber participado en la ejecución de Mendoza, y más después de saber que por culpa de Mendoza, Fernando fue asesinado. Ante personas como Mendoza, no servían de nada los discursos o las leyes; ahora lo tenía claro. En ese momento apareció Alberto cargado de bolsas con provisiones.
 
 
 
Capítulo XII

 
Fernando estaba esperando una llamada importante, había dado con algún contacto que podía saber algo de Alicia. Los minutos se le hacían interminables, necesitaba saber cuanto antes de Alicia; no podía controlarse. En cuanto sonó el teléfono, corrió a cogerle.
-Hola, ¿Federico?
-Si, soy yo, ¿Qué has averiguado?
-La chica de la que me hablaste ha sido denunciada por abandono de hogar, por lo visto su marido la vio en el cementerio; junto a la tumba de su padre.
-¡Joder! ¿L… La han cogido?
-No, no; tranquilo. También me he enterado que ella junto a un hombre llevaron a cabo una misión.
-Sí, lo sé; acabar con el topo. ¿Pero salió bien? ¿Les pasó algo? ¡Habla maldita sea!
-No te pongas nervioso… Acabaron con el topo y con el capitán Terán.
-¿Qué? No puede ser…
-Sí, él consiguió acabar con ellos con la ayuda de la chica.
-Pero… ¿Alicia participó en la misión?
-Ella solo hacía de gancho; en cuanto el topo estuvo por allí, ella se alejó y lo vio desde la distancia.
-Joder… ¿Has averiguado algo del hombre que está con ella?
-Sí, se llama Alberto Cano, su familia es adepta al régimen; pero él vive en París. Vuelve a España a dar charlas sobre derecho en la universidad, pero es una tapadera; cada vez que vuelve a España realiza alguna misión.
-Sí, sí, ya sé quien es…
-Bueno, pues el caso es que por lo que sabemos están preparando juntos el viaje a Francia para ambos. Como mucho en dos o tres días estarán allí.
-Una última pregunta… ¿Ellos dos son pareja?
-Creemos que no; al menos no lo parecen…
-De acuerdo; muchas gracias por todo. Cuando sepas que han llegado avísame; hasta que no lo sepa no podré descansar… Hasta luego.
Al colgar no sabía ni qué pensar, ¿era posible que Alberto hubiese conocido a Alicia de casualidad? ¿Seguro que no había nada entre ellos? Bueno, al menos sabía que no le había pasado nada a Alicia en la misión; pero no estaría tranquilo hasta que Alicia pisara suelo francés. Todavía podía encontrarla la policía y entonces se acabaría todo…
 
Solo le había pedido a Antonio que averiguase si estaba bien, si seguía estudiando… Lo único que quería era saber que todo le iba bien; pero desde que supo que podía estar en peligro no podía pensar en otra cosa que no fuese Alicia. No pensaba contarle que seguía vivo; era mejor para ella no involucrarla en su mundo. Tenía una oportunidad de ser feliz y no pensaba echársela a perder. Todos los que le rodeaban acababan mal, la lista era larga: Belle, Federico, Roberto, Luisa, Ignacio, Andrea… No quería que Alicia fuese otra en esa larga lista. Se durmió recordando la tarde que pasaron en la productora Numancia Films haciendo la sesión de fotos, “Bueno, ¿cómo te has sentido?” “Pues… Pues un poco ridícula, la verdad” “No me lo creo” “Más al principio que al final” “Eso sí, eso ya se acerca más a lo que he visto. Al principio, es cierto que la vergüenza te estaba pudiendo un poco, pero de repente te has empezado a soltar y una seguridad ¡Parecías una profesional! ¿Qué digo una profesional? Mucho mejor, más fresca, más ingenua… Más tu misma” “¡Muchas gracias! Bueno, a ver como salen” “Seguro que te encantan”. Se durmió con la mente puesta en esas miradas que se dedicaban; en aquel momento no habían necesitado más, solo verse y poder hablar el uno con el otro.
 
 
 
Había llegado la noche, en unos minutos cogerían el barco que les llevaría a la libertad, a la amada Francia. Pasaron el día paseando por algunos parajes solitarios, Alicia no pudo evitar recordar el viaje en tren con su padre, ese viaje que la condenó a una vida gris, también recordó los primeros días en España con su padre, las charlas con él de cómo era España… ¡Que lejos quedaba todo aquello! Y como no, recordó su primer encuentro con Fernando; no había olvidado ningún detalle. Recordó cómo ella iba tranquilamente en bici y al torcer la esquina Fernando la arrolló con el coche. Al principio no se enfadó mucho, pero cuando vio el estado de su bici insultó a Fernando en francés. Él, para vergüenza de ella, la contestó también en francés; empezaron a hablar sobre París y sobre la vuelta de ambos a España. Pero cuando la conquistó fue cuando se presentó “No me he presentado, disculpe; Fernando Solís” “Alicia Peña” “Enchanté mademoiselle” desde ese momento se quedó prendada de él.
 
Por la tarde se habían acercado al bar del pueblo para que se les hiciese un poco más entretenida la espera. Fue allí donde se enteraron a través de la radio de que Álvaro la había denunciado por abandono de hogar. Por suerte, por la radio no dieron su descripción así que nadie podía relacionarla con esa mujer. Cuando empezó a anochecer volvieron al coche.
-Alicia, ¿estás segura de esto? Luchar por la libertad tiene muchos riesgos y…
-¡Vale ya! Que no soy una niña encaprichada, sé tomar mis propias decisiones y estoy segura de ello. Llevo casi tres años viviendo cómodamente sin hacer nada por luchar por lo que creo; ahora quiero que todo eso se acabe. Voy a luchar sea junto a ti o no.
-Está bien, perdona; pero es que de repente me he acordado de Fernando… Él no quería que estuvieses en peligro, por eso decidió por ti; para que no te pasase nada. Y ahora… Soy yo el que te pone en peligro…
-No, Alberto, no. Fernando se equivocó, -Alberto iba a interrumpirla pero ella no le dejo- no digo que no tuviese motivos para ello; pero es verdad que se equivocó. Me tenía que haber dejado decidir a mí. Y quiero que sepas que tú no me has puesto en peligro, he sido yo la que ha decidido hacer algo con mi vida. No lo olvides nunca.
Alberto sintió unas ganas irrefrenables de besarla, Alicia se quedó paralizada, estuvieron muy cerca, pero Alberto frenó a tiempo. Pensó que lo que menos necesitaba Alicia en aquel momento era una aventura y menos con un amigo de Fernando…
 
Tenían que tener cuidado de que nadie les viese subir al barco, era un barquito pequeño de pesca, el dueño del barco le debía un favor a Alberto así que les llevaría hasta Marsella. Cuando zarparon, todos se relajaron un poco; la tripulación constaba del amigo de Alberto, su mujer y su hija de un año y de un par de pescadores de confianza. El viaje duraría un día y medio, así que todavía les quedaba un poco para poder pisar suelo parisino.
Alicia se quedó prendada de esa niñita en cuanto la vio, era preciosa, olía muy bien y además, a su corta edad, era simpatiquísima. Recordó el momento en el que fue consciente de que ella nunca tendría hijos… Nunca tuvo el deseo de ser madre, pero cuando se enamoró de Fernando empezó a fantasear con la idea de que en un futuro, eso sí lejano, tendría un precioso niño con la sonrisa de Fernando o una niña lindísima con sus ojos… Cuando fusilaron a Fernando, se prometió no tener hijos nunca, si no podía tenerlos con Fernando; no querría tenerlos con nadie. Además, en ese momento seguía con Álvaro, alguien a quien no amaba, y pensaba que así sería durante el resto de su vida. Así que asumió que su instinto materno jamás saldría a la luz. Ahora que conocía a Paula, fue consciente de todo lo que significaba no tener hijos; pero aún así, estaba segura de no querer tenerlos. Durante todo el viaje, estuvo pendiente de la niña, parecía que la conocía desde siempre y no la dejaba ni un minuto.
 
 
 
 
Capítulo XIII
 

Acababa de llegar a Marsella y no lo podía creer; el viaje había sido tranquilo y sin contratiempos, sabía que aún les quedaba el trayecto hasta París pero no podía evitar estar contenta. En su mente aparecía una y otra vez la imagen de dos hombres, llegar a Francia había disparado sus recuerdos y Fernando y su padre estaban muy presentes para ella. Alberto notó su ausencia y prefirió no estorbarla, apenas hablaron en el trayecto hacia París; Alicia terminó por dormirse tranquila y feliz. Pero al despertar fue consciente de su realidad; había soñado con un paseo con Fernando a las orillas del Sena, y al despertar fue más consciente que nunca de que su vida en París no iba a ser fácil. Lo peor era estar allí y que ni su padre ni Fernando estuvieran con ella; pero además, no sabía cómo iba a vivir ni de qué… Había decidido sin pensar, y ahora no sabía qué sería de su vida. En ese momento entraban en París, la vista de la Torre Eiffel apartó de la mente de Alicia todas sus dudas; necesitaba estar en París, de hecho, esa era su ciudad y no Madrid. Ahora sí podía decir que estaba en casa; Alberto la miró y ambos se abrazaron. Les llevaron hasta la casa que ocuparían hasta que se asentasen en la ciudad; era un pequeño apartamento cerca de El Arco del Triunfo. A Alicia le gustó el ambiente que se respiraba por las calles, por los portales; y, en cuanto vio el apartamento, se sintió como si hubiese vivido allí durante años. Estaba cayendo una fina lluvia y el día era algo fresco pero para Alicia, en aquel momento, no existían mejores vistas que aquellas. Ver caer la lluvia sobre París le aportaba una calma que hacía años que no sentía; sí, definitivamente, estaba en casa.
 
 
Acababa de comprobar que Alicia estaba bien, les había seguido desde Marsella; sus contactos le pasaron la información sobre el viaje en barco que Alicia iba a hacer y Antonio le terminó de confirmar los datos, así que decidió irse allí a esperarles. Pudo ver a Alicia desembarcar en Marsella, estaba lo suficientemente cerca para ver que en sus ojos había tristeza y dolor; pero también notó un brillito, ese brillo que significaba la vuelta a casa. Recordó una de las primeras charlas que tuvo con Alicia, él tenía que viajar a París y ella añoraba tanto la ciudad… “París… Lo que daría yo por estar en París aunque solo sean unas horas” “¿Quieres que te traiga algo?” “No, lo que yo echo de menos de París no cabe en una maleta” “¿La Torre Eiffel?” “Le liberté” “Creo que eso no me lo dejarán pasar por una aduana” “No, seguro que te lo requisan” “Y en cuanto a lo de la libertad… No pierdas la esperanza, en este viaje quizá no pero más adelante… Quien sabe”. Sí, el brillo de los ojos de Alicia era por regresar al país que sentía suyo.
Sería tan fácil acercarse a ella, explicarle todo, abrazarla y quedarse así siempre… Pero no, él había decidido no involucrarla en su vida y ya era tarde para cambiar de idea. También vio a Alberto, estaba algo cambiado pero seguía siendo el mismo; se fijó en la forma en que miraba a Alicia y pudo reconocer esa mirada… A Alberto le gustaba y eso le molestaba, pero en el fondo… ¿Qué derecho tenía de ponerse celoso si era él quien había decidido apartar a Alicia de su camino? Lo que tenía claro era que Alicia no sentía nada por Alberto, al menos de momento. ¿Habrían hablado sobre él? ¿Sabría Alicia que aquel hombre era su amigo? Y él ¿sabría que Alicia era la mujer de la que tanto le había hablado a su vuelta a París? En ese momento cayó en la cuenta, Alberto le creía muerto, al igual que Alicia; ahora entendía por qué alguien más se había tomado la molestia de intentar acabar con el topo. Alberto creía que por culpa de Mendoza, él había sido fusilado; por eso había acabado con Mendoza, había terminado lo que él no había podido.
Les siguió en coche y pudo ver el abrazo que se dieron al llegar a París, también se enteró de dónde vivirían de momento. En ese momento supo que debía irse, no debía interponerse de nuevo en la vida de Alicia; vio como entraban en el portal del apartamento y supo que esa entrada era la salida definitiva de Alicia de su vida. Decidió ir a la oficina; el día era gris y lluvioso, todo cuanto le rodeaba parecía que estaba destinado a la soledad, apenas había gente por las calles, hacía frío y todo parecía más crudo que de costumbre. Regresó a su trabajo, llevaba días sin aparecer por allí y tenía trabajo pendiente; aunque eso ya no le importaba, acababa de tomar un decisión sobre su futuro que no incluía ese trabajo.
 
 
El apartamento tenía dos habitaciones, un pequeño salón, una cocina, un baño y una preciosa terraza; las vistas eran increíbles se veía El Arco del Triunfo como si estuvieses tocándolo con las manos, y además podías ver a lo lejos la Torre Eiffel. Alicia acomodó sus escasas pertenencias en la que sería su habitación temporal y decidió que tenía que conseguir dinero para poder empezar su nueva vida. Desenrollo el cuadro y se lo mostró a Alberto, él conocía a un par de tasadores y decidieron acudir en ese momento. El tasador se sorprendió al ver aquel cuadro, a simple vista parecía bueno pero no quería adelantarse. Les dijo que regresaran en dos o tres días para poder estudiar la autenticidad de aquella maravilla. Sus palabras confundieron a Alicia, pues ella creía que apenas llegaría para cubrir los gastos de los primeros meses. El resto del día lo pasaron en casa descansando hasta que Alberto dijo algo que hizo que Alicia perdiese la calma que sentía en ese momento.
-Verás Alicia, antes de volver a España, Fernando estuvo en una casa que tengo cerca del Sena… Creo que allí están las últimas cosas que él tuvo, no sé quizá… ¿Quieres que vayamos?
A Alicia le sorprendió aquello, necesitaba saber de la vida de Fernando después de que la dejase en Madrid, pero a la vez era como volver al pasado, un pasado que ya no existía…
-No… No estoy segura pero creo que debo hacerlo.
 
Se dirigieron a la casa dónde Fernando pasó los últimos momentos antes de regresar a España. Ellos no lo sabían, pero en ese momento Fernando les observaba; había sentido la necesidad de acercarse a esa casa y ahora entendía por qué. Sabía que allí, Alicia encontraría decenas de cartas dirigidas a ella; no quería que las leyese, quería que siguiese con su vida sin pensar en él, pero ya era tarde porque ellos acababan de subir por las escaleras. Los vio desaparecer y desandó el camino que hacía pocos minutos había seguido hasta esa casa.
Entraron en la casa tímidamente, lo primero que encontraron sobre el recibidor fue unas fotos que a Alicia le eran familiares. No sabía que él también las conservaba, cuando estuvieron en el piso franco no lo mencionó. Ella las había perdido al huir de casa de sus tíos, pero recordó que fue Sole la que las reveló y tenía los negativos así que le pidió que hiciese copias. Allí estaban las fotos que se habían sacado cuando fueron a ver a su primo Carlos; pero también estaban las fotos que Alicia se hizo en aquella sesión con Fernando. Cogió todas las fotos y las apretó contra su regazo; en ese momento se sintió cerca de Fernando. La visita al pasado acababa de comenzar; se adentraron en la casa y pudieron ver algunas fotos de Fernando para pasaportes falsos y documentos oficiales. A Alicia, se le hacía raro ver a Fernando tan cambiado; en cada foto aparentaba una nueva identidad. También cogió esas fotos y todos los documentos que encontró. En un jarrón, quedaban los restos de lo que hacía algo más de un año habrían sido unas flores, también había una tarjeta con dedicatoria. Supuso que sería la tarjeta de las flores; la cogió y la leyó, “Alicia, Alicia…” se puso a llorar. Cuando se serenó, descubrió que cerca del jarrón había una hoja a medio escribir con la pluma posada en medio. Supuso que sería lo último que escribió Fernando antes de partir a España; temblando, cogió el papel y se dispuso a leerlo.
“Enero de 1951,
Querida Alicia. Una vez más te escribo sin la esperanza de que leas estas líneas; pero creo que será la última vez en mucho tiempo. Tengo que regresar a España, tengo que acabar con el mal nacido que asesinó a Luisa e Ignacio; tengo que hacerlo, necesito hacerlo. Hace mucho que no participo de esta forma en una misión, pero esto es algo que me debo a mí mismo. Es en lo que creo, es lo que soy; soy incapaz de quedarme impasible ante los asesinatos que se están cometiendo, no puedo, por más que lo intente. Sé que posiblemente algo salga mal, es una de las misiones más difíciles a las que me he enfrentado; pero en realidad no tengo nada que perder. Lo perdí todo aquel lejano día en que me alejé de ti; créeme cuando te digo que mi vida cambió cuando decidí dejarte en Madrid, deberás odiarme por eso pero no tuve elección. No quiero para ti esta vida, no quiero que tu vida se convierta en un continuo sobresalto.
Ahora que debo dejar este apartamento me doy cuenta de lo que he cambiado… Hace apenas dos años no habría sabido cómo escribir sobre mis sentimientos, y ahora… Aquí me tienes, escribiendo la última de muchas cartas que jamás llegarán a ti. Me gusta pensar que de vez en cuando tú también piensas en mí, en nuestros días juntos… Aunque también me odio por ese deseo egoísta, lo mejor para ti es que intentes olvidarme y rehagas tu vida.
No puedo seguir escribiendo, se hace tarde y he de irme. Si todo sale mal… Supongo que llegarás a enterarte por los periódicos; espero que en ese momento no te hundas, que sepas mirar hacia delante y que luches como tú sabes. Te quiero Alicia, te quiero como nunca había imaginado volver a querer a nadie. Te quiero incluso más de lo que me gustaría…
Fernando”
 
No podía hablar, no podía moverse; solo lloraba y reía a la vez; entre la risa y el llanto, reparó en un cajón a medio cerrar lleno de papeles doblados, numerados y recogidos en un lazo. Supo que eran las otras cartas de las que hablaba Fernando en la que acababa de leer. Quería leerlas todas a la vez, quería saber, quería conocerle más aún; pero sabía que no era el momento, cogió el pequeño paquete formado por el lazo y lo guardó.
Siguieron avanzando por la casa, Alberto no quería intervenir en las reacciones de Alicia así que se quedó siempre en un segundo plano. En la mesa del despacho vieron varios recortes de periódicos franceses donde se hablaba de la misión que Fernando y Roberto habían llevado a cabo y había fracasado. Además, había varias hojas escritas con la letra de Fernando; Alicia leyó el encabezamiento y supo que eran palabras que Fernando le dirigía a Roberto. No sabía qué hacer con aquello, sus cartas las había guardado porque en cierta forma le pertenecían; aunque Fernando no tuviese intención de mandárselas, iban dirigidas a ella. Pensó que lo más lógico era guardarlas para que no se perdiesen en ese apartamento; ya decidiría más adelante si las leería o no, pero de momento las guardaría con el resto de cosas de Fernando. En el último cajón del escritorio del despacho, encontró una vieja foto de una chica muy guapa; al lado había cuatro cartas de Fernando, dobladas y dirigidas a alguien llamada “Belle”. Alicia no sabía quién era Belle, supuso que sería la mujer de la foto; aún así, sabía que debía coger esas cartas, el apartamento era de Alberto y las cosas de Fernando no podrían quedarse allí para siempre. En el armario había varias prendas de ropa que también se dispuso a guardar para llevárselas; en un momento le temblaron las manos… Allí estaba la chaqueta que Fernando utilizó los días que pasaron juntos en el piso franco. Vaciló un momento y la metió con los demás objetos de Fernando. Apenas quedaban restos de Fernando en el apartamento; en ese momento recordó a Alberto… No había reparado en él desde que cruzaron la puerta.
-Yo… Lo siento, sé que para ti también es duro, Fernando era tu amigo… Pero es algo que necesitaba hacer.
-No te preocupes Alicia, yo estoy bien; de hecho, yo no hubiese tenido fuerzas para recoger sus cosas… Por eso hasta hoy no había vuelto al apartamento.
 
Salieron a la calle, el día llegaba a su fin, la gente paseaba tranquila disfrutando de aquella noche gris. Pero Alicia no les veía, su mente y sus ojos estaban lejos, en Madrid, recorriendo con su mente los momentos vividos con Fernando.
 
 

Capítulo XIV

 
Hacía dos días que había visto a Alicia, desde entonces llevaba preparando todo lo que implicaba su decisión. Había terminado todo lo que tenía pendiente en la productora, había hecho todo lo necesario para buscar su sustituto y se había despedido de las pocas personas que en los últimos meses habían estado cerca de él. La última parada de los preparativos fue acercarse a casa de Antonio; en esa casa había pasado muchas tardes junto a sus amigos, tardes de charlas, tardes de risas, tardes preparando misiones, tardes de recuerdos, tardes de juegos con Liberto… Se le hacía cuesta arriba volver a entrar allí después de enterarse del fusilamiento de Andrea, pero se lo debía a Antonio y sobre todo a Liberto. No quería ni imaginarse cómo estaría el niño sin su madre… En cuanto entró vio a Antonio liado con unos papeles y a Liberto viendo viejas fotos.
-Buenas tardes, me alegro de veros -Antonio le abrazó y Liberto le dio un beso- ¿cómo estáis?
-Bien, bueno ya sabes… Intentando no pensar mucho y para eso nada mejor que ponerme a preparar misiones y visitar viejos contactos…
-Ya, supongo que es lo más fácil; intentar olvidar…
En ese momento Liberto se interpuso entre los dos hombres, llevaba un álbum de fotos y quería verlo con los dos.
-Mira papá, aquí estábamos los cuatro en el colegio -Liberto señaló una foto en la que estaban sus padres, Fernando y él en una cena que daba el colegio de Liberto para exiliados españoles- ¿Os acordáis de lo bien que lo pasamos?
-Liberto… Creo que te olvidas de algo… -siempre que estaba con él, Fernando sacaba su lado más simpático- ¿No te acuerdas de aquella chica que se acercó a mi para saber como te llamabas?
El niño se puso rojo y cambió de tema; aunque tenía mucha confianza con Fernando, esos temas solo le gustaba hablarlos con su madre. Ahora no sabía muy bien con quien hacerlo…
-Y mirad, en esta foto mamá no sabía que ya habíamos vuelto a casa… Qué guapa estaba…
 
Después de una tarde dedicada a los recuerdos y de una cena llena de emoción y nostalgia, llegó la hora de que Liberto se fuera a la cama. Era el momento que Fernando llevaba esperando desde que llegó.
-Antonio… Bueno, hoy he venido a despedirme, no quería hacerlo delante de Liberto… No sabría cómo despedirme de él.
-Lo noté en cuanto entraste, por más que quieras disimular tus sentimientos, tu mirada te delata…
-Vaya, no sabía que fuera tan transparente… -eso le gustó a Antonio, siempre le hacían gracia sus comentarios irónicos y le gustaba ver que intentaba volver a la normalidad.
-¿Y a dónde te vas? Si es que puedes decírmelo…
-No, en realidad no debería decírtelo; pero considerando que eres la única persona que sabe que estoy vivo… Me voy a Baztán, un pequeño pueblo de…
-¡Pero eso está en España! -Antonio le interrumpió, no entendía nada- ¿Se puede saber por qué te empeñas en volver una y otra vez a España?
-Tranquilo Antonio, sí, es un pequeño pueblecito del Pirineo navarro… Voy a asentarme allí, en una casa alejada del resto del pueblo. Sabes que desde que regresé ayudo a cruzar la frontera a todo aquel que lo necesita… Pues ahora he decidido concentrarme en eso.
-¿Y a qué viene esa repentina decisión?
Fernando le explicó cómo había visto a Alicia llegar a Francia, llegar a un apartamento y cómo la había visto más tarde visitar la casa donde él había vivido antes de regresar a España. Le explicó que no quería interferir en su vida, que si se quedaba en París sería cuestión de tiempo sucumbir a la tentación de ir en su busca, o que quizá la casualidad hiciese que se encontraran en cualquier calle de París… Por eso necesitaba alejarse y comprometerse de una manera más contundente con la lucha. Además le hizo prometer algo.
-Antonio… Verás… Aunque me aleje de Alicia necesito saber de ella… Saber que está bien, que no se mete en líos… ¿Podrías seguirle la pista y mantenerme informado?
-Fernando… No creo que te haga bien… Pero si es lo que quieres, lo haré.
-Gracias, de verdad; eres un gran amigo. Una última cosa… Dile a Liberto que siento haberme tenido que ir así… Y bueno, que si necesita algo de mí siempre podrá contar conmigo. Al igual que tú.
-Lo sé, Fernando.
-Adiós, hasta pronto.
Se abrazaron y Fernando salió de la casa con las lágrimas contenidas. Sabía que era lo que tenía que hacer, aunque le doliese, debía alejarse de ella. Le dolía pensar que ni siquiera podía despedirse… Hacía tanto que no la veía… Pero no, era mejor que ella creyese que le habían fusilado; al fin y al cabo, ese sería muy posiblemente su final así que no tenía sentido hacerla pasar por lo mismo dos veces. También sentía no poderse despedir de Alberto, pero si él se enteraba de la verdad también lo haría Alicia y no quería llegar a esa situación.  
 
 
Habían pasado dos días descansando, Alicia se había acomodado en la que sería su casa durante un tiempo, mientras que Alberto había acondicionado su apartamento para poder vivir en él. No sabía si quería ocupar el último lugar donde vivió Fernando; pero al fin y al cabo era su casa y prefería dejar que Alicia pudiese disponer de su propio espacio sin que nadie la molestase. Esa mañana habían quedado para desayunar juntos y hacer varias gestiones; Alicia quería ir lo primero de todo a la facultad para informarse sobre lo que tendría que hacer para poder estudiar. Allí le confirmaron que los cursos hechos en España le servirían; con lo que ella no contaba era con que tendría que hacer dos cursos porque no había terminado los exámenes de cuarto. Alberto le recordó que debían ir a visitar al tasador y así lo hicieron. Cuando llegaron, este les estaba esperando con muy buenas noticias. Alicia ni siquiera se podía creer que aquella cantidad fuese el valor del cuadro. Ella no esperaba ni la décima parte; con lo que sacase del cuadro le daría para vivir desahogadamente varios años o incluso toda una década. Ahora sí podía pensar seguir estudiando sin preocuparse por nada; además, podría alquilar el apartamento en el que estaba viviendo sin necesidad de depender ni de Alberto, ni del Partido, ni de nadie. Pasaron el día recorriendo la ciudad, Alicia recordaba todo como si hubiese estado hacía unos minutos. Todo parecía igual pero a la vez tan cambiado… Le hizo bien pasar el día en París en compañía de Alberto, disfrutó mucho del día. Cuando anocheció se despidieron y cada uno regresó a su casa.
En ese momento fue consciente de lo que había estado evitando durante todo el tiempo que llevaba allí, no quería quedarse sola en ese apartamento con las cosas de Fernando. Quería y no quería saber lo que él había escrito, sentía que no estaba preparada aunque quisiese. No tuvo valor para empezar a leer ninguna de las cartas encontradas; pero sí quiso releer una que se sabía de memoria. Rebuscó entre sus cosas y sacó las viejas hojas que conservaba de sus días en el piso franco; algunas letras estaban borrosas de las veces que había leído la carta llorando sobre ella, pero se la sabía de memoria así que no importaban esas letras.
“Querida Alicia, mientras escribo estas líneas reuniendo las pocas fuerzas que aún me quedan, me doy cuenta de que nunca te he llamado así: querida Alicia. Y que muy probablemente ya nunca podrás oír estas palabras de mis labios. Hay tantas cosas que me hubiera gustado decirte, tantos planes que desearía poder haber hecho contigo y tantos sueños por compartir… Por desgracia, el destino nos unió en un momento poco propicio para los sueños, nos ha tocado vivir tiempos convulsos en un país sometido. Muchas veces he pensado lo diferente que hubiese sido todo de habernos conocido en Francia, en tu amada París; nos imagino paseando por los Jardines de Luxemburgo, sentándonos a tomar un café en alguna terraza del Boulevard Saint Germain. Pero quiso el infortunio que nuestros caminos se cruzaran en este Madrid poblado de cadáveres, de perdedores a los que les robaron el alma, de gente sin esperanza. Tu sonrisa se me apareció un día en mitad de este mundo tan gris y desde entonces no ha dejado de iluminar un rincón de mi corazón. Tendrás que perdonar mi torpeza con las palabras, no estoy acostumbrado a expresar mis sentimientos; yo nunca he servido para eso. Lo mío es la acción, ya lo sabes, porque solo con palabras y buenos sentimientos no se puede cambiar el mundo. Necesito creer que de haber conocido las razones que me llevaron a actuar como lo hice, a tomar las decisiones que tomé; me habrías perdonado. Recuerdo tu mirada cuando descubriste que tenía las manos manchadas de sangre... Créeme, Alicia, créeme cuando te digo que no tuve elección. No soy un animal desalmado Alicia, la muerte de Jesús vive en mi concienciadebatiéndose entre la paz del deber cumplido y el tormento de pensar que nadie tiene el derecho de arrebatar la vida a otro ser humado. Con ese dolor he de vivir, Alicia; y también con el sufrimiento de saber que Roberto, mi camarada y amigo, perdió la vida al final de esta trágica misión que ha devastado a todos los que hemos participado en ella.
En estos momentos finales, cuando ya no tiene sentido fingir ni engañarme a mí mismo; lo que más siento es no poder decirte, mirándote a los ojos, cuánto has significado para mí y cómo has hecho brotar en mi corazón sentimientos que ya creía olvidados.
Fernando”
Como siempre que la leía, sus ojos y mejillas se habían llenado de lágrimas; de momento no estaba preparada para leer las cartas que Fernando le escribió desde París. Las había guardado junto a las demás cosas que recogió de Fernando; había decidido guardar toda su ropa y todos los papeles encontrados. Quizá en el futuro fuera capaz de leer las cartas dirigidas a ella y los papeles sobre misiones, planes y contactos… Lo que tenía claro era que las cartas dirigidas a Roberto y a Belle nunca las leería, las guardaría para siempre sin saber para qué pero sabiendo que ni quería desprenderse de ellas ni quería leerlas invadiendo la intimidad de Fernando.
 
 

Capítulo XV

 
Agosto de 1954
 
Nadie se lo podía creer cuando aquella chica tan guapa y misteriosa lo decía, pero era verdad. Alicia había empezado la carrera de derecho en España y había cursado los dos últimos años en Francia. Durante aquellos dos años solo había pensado en estudiar, tenía amigos pero su esfuerzo se concentró en sacarse la carrera. En alguna reunión de exiliados había conocido a muchas personas españolas e incluso se llevaba muy bien con varias. Una de esas personas era un hombre llamado Antonio y su hijo Liberto; ambos pasaron a formar parte de la pequeña “familia” que Alicia había ido creando. Al principio no sabía realmente quién era Antonio hasta que en una de esas charlas se enteró de que era el marido de Andrea. A partir de ese momento siempre hablaban sobre Fernando, alguna anécdota del pasado, alguna misión, alguna mención a lo que Fernando les contó sobre ella… Antonio había llegado a apreciar sinceramente a Alicia; tanto que cada vez se le hacía más cuesta arriba no revelarle la verdad sobre Fernando. Si hasta aquel momento había estado callado era por la gran amistad que sentía hacia él, pero no sabía si sería capaz de seguir mintiendo a Alicia. Cuando acabó la carrera, Antonio le consiguió un trabajo como abogada; al principio sería duro porque eran pocos abogados para muchos casos, pero al menos se iría haciendo un nombre. Llevaba un mes trabajando para el bufete de Abogados Roses; y el trabajo la apasionaba. Tenía que reconocer que trabajaba mucho, pero le gustaban los casos a los que hacía frente; la mayoría de los que a ella le asignaban eran casos de mujeres, casos en los que podía defender sus derechos, maridos infieles, trabajos en los que no las pagaban o no respetaban sus derechos de trabajadora... Vivió tanto tiempo en España que la resultaba raro que las mujeres tuviesen los mismos derechos que los hombres. Aunque todavía quedaba un largo camino, pero por lo menos podían exigir esos derechos, algo que en España era imposible. A su llegada a Francia decidió liberar a Álvaro de su matrimonio; no tenía muy claro si podía o no porque se habían casado en España. Antonio le dio una idea que a Andrea le había resultado para que Mario pudiese vivir su vida sin pensar en que estaba casado. A los cuatro meses de llegar, Alicia envió un certificado de defunción a Álvaro con la siguiente nota: “Siento comunicarle que su esposa ha dejado de serlo, aquí le enviamos la razón. Espero se recupere pronto de la pérdida y rehaga su vida junto a una buena mujer y una buena madre para su hijo. Fdo: Ana Peña Caballero”. Esperaba que Álvaro entendiese que Ana Peña Caballero era su nueva identidad y que con ese gesto le devolvía su libertad. Cuando supo que tendría que cambiar de nombre no le importó demasiado, pero lo que no quería cambiar era sus apellidos; para ella era como si se desprendiese de sus padres y no quería. Así que en honor a su madre, se puso su nombre y dejó sus apellidos reales.
 
Desde que había terminado la carrera, había decidido luchar en la clandestinidad con los compañeros que ayudaban a los españoles; durante los dos años anteriores también le hubiese gustado, pero no tenía ni un minuto para pensar en ello. Había participado en dos acciones aunque realmente ella solo hacía de contacto y de lugar de encuentro; en una de las ocasiones, un recién llegado de España se quedó varios días en su casa, le contó cómo atravesó la frontera gracias a un camarada que se dedicaba a ayudar a todos los que necesitaban exiliarse. Lo mejor de todo era que sus jefes del bufete eran sus jefes en esas acciones, así que podía dedicarles el tiempo que fuese necesario. Al principio, no sabía que ellos también colaboraban; sus contactos era todo un misterio, hasta que una vez no pudo terminar un caso porque la mujer a la que debía alojar en su casa había tenido problemas en la huida de España y estaba tardando más de lo que esperaban. Cuando llegó por la mañana al trabajo, sus jefes se descubrieron como sus contactos.
A pesar de todo, seguía pensando en Fernando; había tenido algunas historias pero ninguna importante. También había tenido algo con Alberto, pero para ella era su gran amigo, alguien con el que poder contar para todo. Ese día, Fernando estaba más presente que nunca; estaba recogiendo las cosas que se llevaría al viaje a España. Era la acción más arriesgada y más difícil que iba a llevar a cabo, no sabía si estaba preparada para ello, pero sus jefes estaban seguros así que no había nada que discutir. Su compañero en la misión vivía en España y la estaría esperando en la frontera, lo único que sabía de él era que se llamaba Federico y que tendrían que hacerse pasar por un matrimonio de regreso a España. A penas le quedaban un par de horas para coger el tren que le llevaría de regreso a España; en ese momento sintió la necesidad de leer las cartas que Fernando le había escrito. Hasta aquel momento había pensado en ellas constantemente pero siempre encontraba nuevas excusas para posponer su lectura: un examen complicado, la lectura de un libro imprescindible, algún trabajo para la facultad… Sentía que había llegado el momento de hacerlo, sabía que no le daría tiempo a leer mucho así que decidió leer solo la primera de las cartas y dejar el resto para cuando volviese a París. No quería llevarse las cartas, no quería que pudiesen perderse, que si algo iba mal algún policía las leyese… Cogió el paquete de cartas, deshizo el lazo y desdobló la primera carta, las manos le temblaban pero necesitaba hacerlo.
“Julio de 1949,
Querida Alicia, a penas hace un mes que me marché de España; pero cada segundo que pasa me acerca más a ti, a tu recuerdo. Sé que muy posiblemente nunca leas esta carta, incluso que no quisieras leerla en caso de que llegase a tus manos… No hice las cosas de la mejor manera posible, pero creo que sí de la manera más segura para ti… Si te hubiese permitido venir conmigo podrías estar en peligro, podría pasarte cualquier cosa; pero además no te estaría permitiendo hacer tu vida sin que mis circunstancias la condicionasen. Créeme, Alicia, cuando te digo que me dolió mucho tomar esa decisión; pero yo soy un hombre condenado a esta vida, condenado a escapar y no quiero arrastrar a nadie conmigo. Nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que hiciste por mí; y no me refiero a cuidarme o a traerme las medicinas… Sí, me salvaste, pero me salvaste de mí mismo, de mi negación a volver a sentir… Nunca te hablé de mi pasado y no creo que sea el momento; pero pasó algo que me hizo romper con todo, no querer volver a sentir nada por nadie… Gracias a ti, pude volver a enamorarme, volver a sentirme vivo; y, aunque no tuvimos mucho tiempo… Para mí fue suficiente para no olvidarte nunca. Siento mucho no ser el hombre que te mereces, ese hombre que pueda ofrecerte una estabilidad… Aunque en realidad ya da igual, yo he salido de tu vida y así podrás seguir tu camino sin que mi pasado y mi presente te afecten.
Te quiero mucho, mucho…
Fernando”
Como cada vez que pensaba en Fernando, sus ojos se llenaron de lágrimas; pero aquella vez las contuvo. Sus ojos estaban inundados pero ni una sola lágrima llegó a sus mejillas; no era momento de llorar y lamentarse, era momento de pasar a la acción y seguir luchando en nombre de los que ya no podían hacerlo. Sin más, dobló la carta, la guardó junto a las demás y puso rumbo a la estación de trenes.
 
 
 
 
Capítulo XVI

 
Llevaba unas semanas sin ninguna misión, sin tener que ayudar a nadie a cruzar la frontera. En cierto modo, lo agradecía; en unos días debía volver a Madrid para llevar a cabo una misión muy importante y prefería estar un tiempo sin arriesgarse mucho y esperando el momento de actuar en esa misión. Desde que llegó a Baztán, su vida consistió en sobrevivir un día más, en seguir luchando hasta el final. Sabía que posiblemente acabaría muerto; había burlado tantas veces la muerte que algún día no tendría esa suerte. En cierta forma, lo prefería; si no podía vivir libre en su país, prefería morir intentando conseguir esa libertad.
En todo ese tiempo, había ido conociendo los detalles de la nueva vida de Alicia, le gustaba saber que no se rendía, que seguía luchando, que seguía estudiando y viviendo su vida. Egoístamente, también le gustaba saber que pensaba mucho en él, Antonio le había contado que desde que ella sabía que era el marido de Andrea, siempre terminaban hablando de él. Contrariamente, a veces se odiaba por aquel pensamiento egoísta; pero en el fondo era un hombre enamorado al que le gustaba saber que para ella no había sido una historia más. Le había costado mucho convencer a Antonio para que no le dijese la verdad; pero sinceramente, creía que era mejor así. Antonio también le contó que ella se había unido a la lucha, pero estaba tranquilo porque sabía que no participaba en misiones arriesgadas. Lo único de lo que nunca le hablaba Antonio era de las parejas que tenía o dejaba de tener Alicia; Antonio debía pensar que eso eran asuntos privados de Alicia, y Fernando no había querido poner en un compromiso a su amigo. En el fondo, él no era nadie para pedir explicaciones de nada… Le hubiese gustado saber si se recuperó después de su supuesto fusilamiento, si había podido rehacer su vida; pero también pensaba que no tenía derecho a querer saber más de lo que sabía.
 
En los últimos días, Alicia había estado más presente que nunca; quizá el enfrentarse a una misión peligrosa hacía que se acordase más de ella. En ese momento estaba esperando las últimas indicaciones para la misión que llevaría a cabo en cuanto su compañera llegara de Francia, solo sabía que se llamaba Ana y que aunque era española, había pasado la mayor parte de su vida en Francia. Mientras esperaba, se permitió recordar a Alicia… Recordó la vez que Alicia había intentado que él le afirmase que sus ideas políticas eran como las de ella; recordaba cómo se había metido en el papel del frívolo productor de cine que tenía que ser… Lo que tenía claro, era que no quería mentirla; no la decía la verdad, pero tampoco la engañaba diciéndole que estaba de acuerdo con el régimen de Franco, nunca pudo soportar que Alicia pensase mal de él. “Lo que más echo de menos de Francia es el poder expresarme con total libertad ¿tú no?” “¿De verdad crees que en Francia hay una libertad total? ¿Crees que la hay en algún sitio?” “Por lo menos a eso aspiro. Y creo que tú piensas lo mismo…” “No sé si estas intentando sonsacarme sobre mis ideas; pero si es así, no tengo ningún problema en contestarte. No te confundas conmigo Alicia, yo soy un espíritu libre eso es cierto; pero solo porque quiero vivir al máximo y pasármelo bien” “Así que… Solo eso es a lo que aspiras” “Sí, y tú deberías hacer lo mismo; la política es para los sesudos y para los aburridos. ¿Quieres que te de un consejo? Diviértete, eso es lo único que importa”. Al recordar ese momento, no pudo evitar sonreír; tenía gracia pero aquella chiquilla curiosa siempre fue diferente para él… Él, que no quería sentir nada, que su único objetivo era cumplir la misión; acabó enamorándose como un chiquillo. Alicia le devolvió las ganas de volver a sentir, las ganas de querer a alguien; e incluso la ilusión por los pequeños momentos. Su mente ya estaba viajando en el tiempo, siempre que ocurría, dejaba que los recuerdos se agolpasen en su mente. Recordó cómo, un día, al entrar en la productora, Alicia estaba esperándole y charlaba con Octavio sobre él; él llegó justo en el momento en el que ella le nombraba “Se llama Fernando, es capaz de lo mejor y de lo peor, cambia como el tiempo, como los días; pero me hace sentir bien. Es como si me obligara a mirarlo, Octavio; es como un encantador de serpientes. Supongo que tiene que ser así para su trabajo… Es que me fastidia que siempre esté rodeado de mujeres” “Claro, es un hombre, un hombre de mundo; muy diferente a todos los chicos que había conocido hasta ahora de mi edad”. En ese momento Fernando había decidido entrar; le gustó escucharla hablar de él; no podía negarse a sí mismo que ya sentía algo por ella y que saber que a ella le pasaba lo mismo le hacía sentir bien. Aunque después, delante de Roberto tuvo que disimular y fingir que solo le interesaba por su primo… Cada vez que pensaba en su vida… Siempre mintiendo, siempre escondiendo lo que era por el bien de las personas que quería… Y lo peor de todo era saber que él era de los afortunados; que aunque estuviese solo, aunque no tuviese vida propia, al menos él estaba vivo y podía seguir luchando… Habían muerto tantos compañeros, tantos amigos; prefería no pensar en ello, era más fácil seguir luchando en su nombre que acordarse de todos y cada uno de los compañeros que había perdido.
Volvió a la realidad al ver venir a su contacto.
-Parece que lloverá esta semana…
Aunque se conocían, siempre usaban la contraseña; si al llegar no decía esa frase, ambos sabían que no debían mantener contacto.
-No crea, aquí el tiempo cambia bastante…
-Aquí están todos los datos -le pasó una libreta- no los habría escrito si tuviese algo más de tiempo para explicarte todo… Memorízalos y deshazte de la libreta.
-No estás hablando con un novato precisamente…
-¿Sabes? Voy a echar de menos ese humor tuyo… Bueno, debo irme; espero que todo salga bien. También tienes un plan de emergencia por lo que pueda pasar… Salud camarada.
Se dieron un apretón de manos, y desapareció. Fernando prefirió llegar a la casa donde vivía para poder leer y analizar toda la información de la que disponía antes de destruirla.
La información era clara; debían hacerse pasar por un matrimonio recién llegado de Francia; su mujer debía ser francesa y él un español enamorado que regresaba a su país porque ella se había quedado sin familia en Francia. Su misión era descubrir una futura operación contra los dos últimos maquis del norte; para ello se harían pasar por un matrimonio amigo de los padres del capitán San Miguel. Los padres del capitán eran españoles afincados en Francia; él había nacido en España y cuando ocurrió el golpe de estado decidió volver a su país de nacimiento para apoyar a Franco. Sus padres compartían sus ideas pero tenían negocios en Francia así que decidieron quedarse. Su relación no era muy regular, aunque tenían buena relación, ellos hacían su vida y su hijo la suya. No sería difícil engañarle diciendo que sus padres habían hablado mucho de él y que al volver a España después de tantos años, era a la única persona que conocían. En la libreta estaban todos los datos de los padres y del propio capitán; debía aprendérselos para poder destruir la información. Además, había un plan alternativo que les daría cobertura por si algo salía mal y debían esconderse y salir de Madrid. Los dos días siguientes se los pasaría estudiando todos los datos.
En ese momento, lo que más le preocupaba era que nadie pudiera reconocerle en Madrid; aunque en la zona a la que irían no conocía a nadie, nunca se sabía lo que podía pasar. Tenía que pasar desapercibido, y para ello debía parecer un respetado empresario de Francia. Lo pero de todo, es que el problema era ese precisamente; en Madrid ya se había hecho pasar por un hombre distinguido y elegante cuando trabajó en Numancia Films y ahora le daba miedo pensar que al volver a usar ese rol alguien le pudiera reconocer. Era un riesgo que debía correr porque su nueva personalidad no le permitía vestirse de cualquier forma. Era tarde así que decidió echar una cabezada para descansar un poco y al amanecer seguir estudiando toda la información.
 
 

 
Capítulo XVII

  
Estaba a punto de cruzar la frontera, el guardia estaba tardando mucho en devolverle el pasaporte y dejarla pasar. En ese momento sentía miedo, pensaba que ni siquiera había podido salir de Francia sin echar todo a rodar; al fin y al cabo era una niña a la que aquello le venía grande… ¿Qué se había pensado? ¿Que podía dedicarse a la lucha cuando solo era una pobre niña? Miles de ideas y de recuerdos pasaron por su mente… Sus padres, sus tíos, sus primos, Fernando, Luisa, su amigo David, Camilo, Alberto, Antonio, Liberto, Sara que era su mejor amiga en Francia… Sintió que todo se acababa para ella, que no merecía la confianza que habían depositado en ella tantas personas…
En ese momento, apareció el guardia con muy mala cara; Alicia ya no podía ni pestañear.
-Tome señora -le tendió su pasaporte- puede continuar.
-¿Todo está bien? -no entendía nada.
-¿Por qué no iba a estarlo? ¿O acaso pasa algo con su pasaporte que yo deba saber?
-N… No, nada… Es que como había tardado tanto…
-Yo también tengo mi vida señora ¡A ver si se cree usted que yo estoy aquí solo para no hacerla perder tiempo!
Con un ademán brusco la hizo salir de la cola y así, Alicia acababa de entrar en España con un pasaporte falso. Se sintió estúpida, casi echa todo a perder por su impaciencia, por su impulsividad…
Trató de serenarse mientras se dirigía al lugar acordado para encontrarse con su contacto. Sabía que él tendría en la mano un periódico doblado y una rosa blanca; por el contrario, ella llevaría unas gafas de sol y un viejo libro de derecho. Además, al verle tendría que decirle una frase “Estaría encantada de acompañarle en su día de trabajo” y él respondería con otra “Como quiera señorita, pero se cansará”. En cuanto estuviesen seguros de estar con la persona que debían, sabía que él la llevaría a una casa apartada en un pueblo del Pirineo donde le pondría al día con todos los detalles de la misión. El encuentro sería en media hora así que decidió sentarse a esperar pacientemente; además, antes de hablar con un compañero del que le habían dicho que había participado en misiones importantísimas, debía serenarse y parecer tranquila y confiada. No quería parecer lo que había parecido en la frontera, una pobre niña asustadiza jugando a ser mala.
 
Había decidido llegar pronto, no sabía qué se encontraría así que prefería estar preparado. Acababa de ver a una mujer, estaba de espaldas a él pero por su forma de vestir parecía su contacto; se notaba que vivía en Francia, sus ropas la delataban y era mejor así porque para la misión era lo que necesitaban. Sin llamar mucho la atención, dio un rodeo a la plaza donde estaban; se encontraba escondido frente a aquella mujer y no podía creerse lo que estaba viendo. ¿Era posible que Alicia fuese su contacto? ¿Era posible que Antonio lo supiese y que no le hubiese dicho nada? No podía reaccionar, la misión era demasiado peligrosa para que ella se involucrase pero además… ¡Pensaba que él había sido fusilado! Se sentía tan mal… Sabía que ella se enteraría en poco tiempo, sabía que no podía irse y mandar la misión a la mierda. Pero no quería que ella pasase por eso, no quería que descubriese que le había ocultado que seguía vivo… Además, no sabía cómo reaccionaría y en ese momento no podían permitirse hacer una escena en mitad de la plaza. Era una de las pocas veces en que no sabía qué hacer, no sabía cómo salir de aquello… De repente vio a un niño de 11 o 12 años; y ya supo lo que debía hacer para no llamar la atención.
 
Se acercaba el momento, no sabía por dónde aparecería su contacto, pero estaba atenta a cualquier movimiento. De pronto, un niño se sentó en su banco; llevaba un periódico y una rosa blanca, Alicia no supo cómo reaccionar… ¿Sería posible que su contacto fuese un niño de no más de 13 años? No podía ser… Dejó pasar diez minutos y al ver que nadie apareció, decidió decir la frase a ver qué pasaba.
-Estaría encantada de acompañarle en su día de trabajo.
Su voz sonó débil, y el niño apenas escuchó un par de palabras, pero al reconocer esas palabras supo que todo estaba bien.
-Como quiera señorita, pero se cansará.
El niño se levantó y Alicia le siguió; no cabía duda que era su contacto, o al menos la forma en que su contacto había decidido acudir a la cita.
Llegaron a un portal apartado, el niño le dijo que entrase y se fue contento de haberse ganado el sueldo de una semana de trabajo normal. Alicia entró asustada, no entendía aquello; dentro había un hombre de espaldas.
-Hola… Bueno, aquí estoy, ahora podría explicarme qué ha sido el jueguito ese de hacer que un niño sea el que me espere en el lugar acordado.
-Alicia…
No podía ser, aquel hombre la había llamado por su verdadero nombre; pero es que además su voz… No, sería el cansancio y el miedo… Fernando estaba muerto y por más que le doliese debía aceptarlo.
Fernando, al ver que ella no reaccionaba, se dio la vuelta; en ese momento la cara de ella era de absoluta incredulidad.
-Ya sé lo que pasa… Me he quedado dormida en el banco… Estoy soñando otra vez contigo…
-No, Alicia, esto no es un sueño… Si me das una oportunidad de explicarte qué ha pasado…
En ese momento, Alicia no quería escuchar nada, si era un sueño prefería disfrutar el tiempo que durase y si era realidad… Había deseado tantas veces volver a ver a Fernando que no quería nada más que sentirle, abrazarle, besarle…
Él no pudo resistirse a sus besos, los había echado tanto de menos… Por más que supiese que debían volver a la casa, que debían no llamar la atención, no pudo resistir las ganas de estar junto a ella.
Pasaron unos minutos antes de que ambos se diesen cuenta que debían volver; Fernando la cogió de la mano y se dirigieron a una casa que a Alicia se le antojó muy bonita aunque algo pequeña. Durante el camino, Alicia había revivido los momentos anteriores al fusilamiento de Fernando… No entendía nada, pero en ese momento su cabeza solo podía pensar en que de nuevo volvía a estar junto a Fernando.
Al llegar a casa, Fernando supo que había llegado el momento que tanto había temido; tener que explicarle a Alicia cómo había sobrevivido y por qué se lo ocultó. Alicia le escuchaba atentamente sin dar crédito a lo que contaba… ¿De verdad había sobrevivido gracias a que no le dieron el tiro de gracia en la cabeza y a que ni siquiera se molestaron en asegurarse que estaba muerto? ¿Y además le había encontrado malherido un buen hombre dispuesto a darle cobijo mientras se reponía? Alicia estaba feliz, Fernando estaba vivo; era más de lo que nunca llegó a imaginar… Fernando acababa de contar cómo había llegado a Francia después de sobrevivir; en ese momento Alicia se puso furiosa. Siempre que estaba con él, le pasaba lo mismo; no le importaban las explicaciones, solo sentirle, besarle, abrazarle, tocarle… Pero cuando volvía a la realidad… En un impulso, golpeó a Fernando; ella pensaba que él se apartaría, estaban algo alejados y Fernando pudo ver las intenciones de Alicia. Sin embargo, él aceptó el tortazo sabiendo que se le merecía y que de algún modo Alicia debía descargar la rabia que sentía en aquel momento.
-¡¿Y se puede saber por qué no te pusiste en contacto conmigo?! ¡Ni siquiera te ha importado lo mal que lo estuviese pasando al creerte muerto!
-No, Alicia; eso no es así… -la abrazó, quería que supiese que la quería, que sí le importaba- Creí que era mejor no decirte nada…
-Sí, por mi bien ¿verdad? -Alicia se había deshecho de su abrazo y estaba gritándole en un tono amenazador, no soportaba que siempre se hiciesen las cosas por su bien sin contar con ella- ¿Alguna vez me has tenido en cuenta como una persona adulta? No soy una niña, puedo tomar mis propias decisiones. Fernando, no puedes elegir por mí.
-Lo sé, Alicia…
Fernando no sabía qué decir, pensaba que ella tenía toda la razón y no quería decirla la verdad… Sus miedos, sus preocupaciones, no quería que Alicia tuviese que escuchar esas palabras… Al ver que Fernando no abría la boca, Alicia se puso aún más furiosa.
-¡Di algo! ¡Maldita sea! ¡Defiéndete! ¡Explícate! ¡Pero no te quedes ahí mirándome sin más!
Fernando supo que debía decir algo, le debía una explicación a Alicia.
-Mira, no pretendo que me perdones… Sé que no puedo pedirte eso; pero al menos intenta entenderme… Lo que más miedo me ha dado desde que te conozco es que a ti te pase algo por mi culpa, por mi vida, por mis circunstancias… No podría soportar que al estar conmigo pudieses… -Fernando retuvo las lágrimas; nunca soportó dar pena, por eso no le gustaba llorar cuando alguien le veía… Pero mucho menos soportaba pensar que Alicia sintiese pena por él- Me daba miedo que por mi culpa pudieses morir…
Alicia no pudo más, por más que estuviera enfadada; notaba que Fernando era sincero, podía ver más allá de esos ojos firmes. Le abrazó lo más fuerte que pudo; aunque le dolía mucho que Fernando hubiese decidido por ella, en ella podía más el amor que le tenía. Se pasaron el resto de la mañana abrazados y contándose banalidades sobre sus respectivas vidas; además, pasaron toda la tarde hablando sobre la misión, era importante pero también les servía para posponer la charla que les quedaba pendiente. Aquella noche, después de tanto tiempo; por fin pudieron dormir juntos y abrazados. Alicia había soñado muchas veces con ello, se durmió feliz y tranquila; mientras, Fernando no dejó de mirarla en toda la noche. No se podía creer que aquello estuviese sucediendo; estaba muy feliz de tener a Alicia a su lado, pero también volvía a tener ese miedo tan conocido… Le había pasado también cuando preparaba la huida para los dos en Madrid; en aquel momento, su miedo pudo más que su amor, esperaba que ahora no fuese así.
 
 
 
Capítulo XVIII

 
Alicia acababa de despertarse, hacía mucho tiempo que no dormía tan bien; y al momento se sintió culpable. Eran más de las nueve, y Fernando estaba sentado junto a ella estudiando unos documentos; al verle, supo que había pasado la mayor parte de la noche en vela.
-Buenos días, -le besó suavemente- siento haber dormido tanto pero hacía mucho que no descansaba así…
-No te preocupes, en realidad tenemos tiempo para prepararnos para la misión.
Fernando llevaba varias horas sin pensar en la misión; solo podía pensar en las cartas que Alicia podía o no haber leído… Había tres o cuatro cartas que le había escrito a Belle cuando necesitaba desahogarse; también lo hacía con Roberto… Le gustaba pensar que en cierto modo ellos las leían mientras él escribía. En ese momento no sabía si sacar el tema de Belle; él creía que Alberto no le había contado nada, sino seguro que hubiese hablado del tema con Antonio y él se lo hubiese contado. Pero ¿y si ella había leído las cartas y no lo había comentado con nadie? Supo que tenía dos conversaciones pendientes con Alicia, la que habían dejado a medias el día anterior y una conversación sobre Belle y sobre los verdaderos motivos de su miedo a que a ella le pasase algo. No sabía cómo abordar el tema; creía que lo primero era dejar claro sus sentimientos, los de ambos… Mientras él se decidía a hablar, fue ella la que tomó la iniciativa.
-Fernando, antes de centrar nuestras energías en la misión, deberíamos hablar… -le cogió la cara con las manos- Quiero decir, deberíamos tener todo claro.
-Alicia, yo… Lo siento de verdad; sé que es difícil entenderme… Oye, Alicia, ¿has leído las cartas que había en el apartamento dónde viví en París?
Ella, al oírle nombrar las cartas, se sorprendió. ¿Cómo podía saber que tenía las cartas? ¿Cómo iba a decirle que no había tenido el valor suficiente y que solo había leído la que encontró encima de la mesa y la primera de todas justo antes de volver a España?
-Fernando ¿cómo sabes eso?
-Verás Alicia… Cuando tú volviste a Francia, yo vivía en París… Por unos contactos supe que habías participado en la misión del topo… Y que volvías a Francia junto a Alberto… -Alicia quiso interrumpirle, quería dejar claro que Alberto y ella eran buenos amigos y nada más- Espera, tengo que contarte todo… Al saber que vivirías en París, preferí irme, no quería condicionar tu vida, no quería cambiar tus planes… Quizá nunca nos hubiésemos visto o quizá sí; pero preferí no tentar a la suerte. Además, llevaba tiempo pensando en volver de lleno a la lucha en España… Antes de volver, sentí el impulso de acercarme a la casa que Alberto me había dejado para vivir durante un tiempo. Cuando llegué, supe por qué había sentido ese impulso… Te vi entrar en el portal así que supuse que recogerías todas mis cosas para guardarlas… Después de eso, vine aquí a ayudar a los compañeros a cruzar la frontera clandestinamente. Alicia… ¿Has leído todo lo que encontraste?
-Fernando… No tienes derecho a preguntar… ¡Decidiste por mi! ¡Estabas en París y te fuiste para que no nos viéramos! ¿Sabes? Siempre me he preguntado qué es eso tan horrible que te pasó, qué es eso que hace que tengas miedo de volver a sentir amor… Alberto nunca me lo quiso contar; es lógico, era tu pasado y ya no tenía sentido… Pero realmente no puedo entender nada… -él sabía que había llegado el momento de desvelarle a Alicia lo mal que salió la misión en la que tuvo que matar a Belle. Solo necesitaba unos minutos para serenarse y contarle a Alicia lo que hacía años le había roto el corazón. Antes de que él pudiese hablar, Alicia siguió- No, Fernando; no he podido leer las cartas… Leí la última que escribiste, la que estaba posada en la mesa… Fue… Fue como volver a sentir que estabas junto a mí; guarde todo lo demás para conservarlo conmigo. Justo antes de volver, tuve el valor de leer la primera de las cartas; creo que en cierta forma era como tener tu apoyo para la misión, necesitaba sentir que podía con ello… Al leerla, volví a sentir que estabas junto a mi, y me prometí que al regresar leería todas y cada una de tus cartas -Fernando se estremeció al escucharla, y en ese momento comprendió todo lo que ella había sufrido. Se sintió muy mal, pero no podía hacer nada por evitar algo que ya había hecho- También encontré varias cartas dirigidas a Roberto y a una mujer llamada Belle -se quedó paralizado- Las tengo guardadas… Nunca pensé en leerlas, no me correspondía, pero sentía que debía guardarlas junto al resto de tus cosas.
-Alicia… ¿Sabes quién es Belle?
Sabía que había llegado el momento y no pensaba alargarlo más.
-N… No hace falta que me cuentes nada, -sí que quería saber todo; pero no era por curiosidad o por celos… Necesitaba entender a Fernando- es tu pasado y no tengo derecho a…
-Sí, Alicia; si tienes derecho. Todo el derecho que puede tener la mujer de la que estoy enamorado… -se acercó más a él y se preparó para escuchar una explicación que necesitaba desde hacía tiempo- Es una historia muy dura, que hizo que me rompiese por dentro en todos los sentidos; desde aquello no fui el mismo. Y tú… Al conocerte supe que eras especial, que no quería mezclarte con mis planes, que no quería que mis asuntos te salpicaran… Tú hiciste que todo tuviese sentido, de repente estabas dentro de mi, en mis pensamientos, en mis sueños… Sí, como habrás supuesto, Belle fue mi pareja en un momento de mi vida. Fue durante la Resistencia; ella era la hermana de un camarada y poco tiempo después también se unió a la Resistencia… Hubo una misión… Era peligrosa, los dos lo sabíamos; pero ella se empeñó en participar, era una mujer increíble, valiente y luchadora… -Alicia sintió una punzada de celos; si era la mujer de la foto que había visto, era preciosa- Pero antes de la misión, me hizo prometer algo… Los dos sabíamos que cualquier cosa podría salir mal y que si eso pasaba, sería… Sería muy difícil poder escapar los dos. La misión era eliminar a unos nazis durante una fiesta nazi… Si algo salía mal, estaríamos rodeados… Fue un momento muy duro para mí; pero al final tuve que prometerle que si algo salía mal y ella estuviese a punto de caer en manos de los nazis… Que sería yo el que acabase con su vida y no permitiese que la torturasen… Y todo salió mal… Había un nazi que suponíamos muerto. Belle había puesto explosivos en el tren en el que viajaba, pero sobrevivió y… Y estaba en aquella fiesta, por supuesto, la reconoció y ambos supimos que se lo haría pasar muy mal… -Alicia supo el final de aquella historia de inmediato. Fue un duro golpe para ella… Imaginarse a aquella mujer en mitad de una misión fallida, imaginarse a Fernando teniendo que matarla… No pudo contener las lágrimas- Alicia… No… No llores… -la abrazó, sabía que saber la verdad era duro para ella, pero se lo debía- Ahora deberás pensar lo peor de mi… Si supieras cuánto me costó hacerlo… Si supieras las veces que me he arrepentido o que me he sentido culpable… Su muerte estará siempre presente para mí; y a veces pienso que pude haber intentado una salida para los dos…
-¿Cómo voy a pensar lo peor de ti? Fernando… Tú cargaste con el peso de tener que matar a la mujer que amabas para que ella no sufriese más de lo necesario… Creo que es el acto de amor más grande que puede haber… Siempre te culparás por ello y a ella le ahorraste vivir los peores momentos de su vida… Fernando, ahora entiendo tu miedo… Debe ser horrible tener que vivir con ello.
Ahora que se había desahogado, ahora que ella le entendía, Fernando pudo descansar, pudo abrazarse a ella y perderse en ese abrazo.
Se quedaron toda la mañana tumbados juntos, solo con sentirse tenían suficiente; habían pasado tanto tiempo anhelando ese momento que ahora querían que durase al máximo. Alicia le contó lo que había pasado en la frontera cuando tardaron en devolverle el pasaporte y los dos se rieron de su impulsividad; pero Fernando… Empezó a tener miedo de lo que pudiese pasarles, se preguntó si Alicia estaría preparada para aquella misión.
Fernando sabía que todavía tenían una conversación pendiente; pero debía esperar al día siguiente porque por las tardes debían meterse en el papel que tenían que interpretar en Madrid. En cambio, Alicia sabía que todo estaba hablado; Fernando había sido sincero con ella, había sido capaz de contarle lo más duro de su pasado. Desde ese momento, todas sus acciones tenían explicación, todas esas dudas que Alicia notaba en Fernando… Cuando todavía no sabía quién era como por ejemplo aquella vez que le encontró borracho en la plaza y fueron a la productora… Ahí ella pensó que le iba a explicar algo pero en el último momento se arrepintió. O como cuando entró a la fuerza en el piso franco y él intentó decirle que no tenían futuro juntos y que solo se harían daño… Todo tenía sentido; ya no había nada que hablar, esta vez no pensaba dejar que el miedo de Fernando pudiera más, no pensaba dejar que él se negase a sentir.
 
-Alicia, estudia estos documentos; son el pasaporte y la historia de tu nueva vida… Intenta recordar todo, intenta aprendértelo como si fuera real.
-Está bien… Me llamo Anne Delacy y tengo 26 años; aunque mis padres son franceses he veraneado toda la vida en España y por eso hablo perfectamente el español. Me casé con 18 años con Ernesto Alcázar un apuesto español -le miró con una sonrisa- siete años mayor que yo. Nos conocimos en Valencia, durante las vacaciones de verano; nos enamoramos al instante y él decidió dejar su vida para poder vivir ese amor. Mi marido ha luchado durante la guerra y le hirieron en el hombro por lo que tuvo que regresar antes de la victoria… Desde que nos casamos hemos vivido en Francia, pero al morir mi familia, decidimos volver a España para asentarnos en el país de mi marido. Yo no puedo concebir hijos por un problema de nacimiento… En París conocimos a un matrimonio que tenía un hijo en España y enseguida congeniamos; se llaman Remedios y Arturo, él es un gran empresario de Francia y ella una amante esposa que se dedica a la beneficencia. Nos hablaron de su hijo, el capitán San Miguel; y nos dijeron que si algún día volvíamos a España podíamos visitarle y seguro que él nos ayudaba en todo lo que pudiese. En cuanto al trabajo… Mi marido es transportista y ha recorrido toda Europa mientras que yo me dedico a la moda. ¿Me he olvidado de algo?
-No, está perfecto… Tienes que asimilarlo todo como si lo hubieses vivido; no estaría de más que tuvieses algunas anécdotas preparadas… Hay algo que me preocupa… La misión es en Madrid, puede que alguien nos reconozca… Yo no conozco a gente por esa zona pero todo puede pasar…
-Yo en esa zona de Madrid ni siquiera recuerdo haber estado… Si te preocupa Álvaro o alguien de la facultad… Mi aspecto ha cambiado mucho desde que me fui a París.
-Si, eso es verdad… Intentaremos no llamar mucho la atención.
- Fernando, ¿hay algún plan alternativo? Quiero decir si tenemos algo previsto por si algo se tuerce…
-Sí, bueno; hay un par de planes que podemos seguir… Por el momento es mejor que no sepas mucho más; ya tendremos tiempo de estudiar esos planes si algo va mal… Alicia, ¿estás completamente segura de seguir con esto? -sabía que no podría convencerla, pero necesitaba intentarlo por todos los medios. Cada vez que se imaginaba a Alicia en peligro…-  Puede que algo salga mal y en ese caso…
-Fernando, es mi decisión; yo he elegido esto. Quiero que tengas una cosa clara, si algo sale mal no será culpa tuya; será culpa de los dos, los dos elegimos embarcarnos en esta misión. Es responsabilidad de los dos, ¿de acuerdo?
-No te lo tomes a mal… Yo solo quería asegurarme. En ese caso, todo está claro; los dos estamos en esto.
-En esto y en todo Fernando…
-Alicia… Deberíamos descansar un poco, es tarde; mañana podremos hablar tranquilamente…
-No, quiero que entiendas que esta vez no te lo voy a permitir… No voy a permitir que tu miedo dirija nuestra vida… Tú me quieres, eso lo sé; y creo que tú también sabes que yo te quiero…
-Alicia… -ella se acercó más a él- Alicia…
-¿Me lo vas a negar?
-No, sabes que nunca he podido negarte eso…
 
Se besaron como hacía mucho tiempo que no lo hacían; los dos volvían a estar seguros de sus sentimientos, no había nada más que hablar. Dejaron que sus cuerpos hablasen por ellos.
 
 
 
 
Capítulo XIX

 
Llevaban casi tres semanas preparándose para la misión, por la tarde cogerían un autobús que les llevaría hasta Madrid. Fernando estaba dormido mientras Alicia preparaba el desayuno; era la primera vez que ella se levantaba antes. Llegó a pensar que Fernando no dormía… Solo echaba alguna cabezada; pero siempre alerta. Le gustaba mirarle mientras dormía, se daba cuenta que nunca lo había hecho, salvo cuando en el piso franco estaba tan débil que deliraba y dormía a ratos. Parecía tranquilo, nunca le había visto así. Durante aquellos días, habían compartido charlas, risas, momentos de angustia, confesiones… Además de prepararse para la misión, habían vivido unos días muy intensos; algo parecido a lo que vivieron en el piso franco hacía años. Pero esta vez los dos eran conscientes de lo que vivían, los dos tenían claro a qué se enfrentaban. Un día por la tarde, recibieron la llamada de Antonio; le explicaron cómo se habían encontrado y que estaría un tiempo sin recibir noticias suyas. Antonio sabía que tenía que ser así, pero no le gustaba pensar que sin él saberlo podían estar en peligro; Fernando era un gran amigo y a Alicia le había cogido mucho cariño en los últimos tiempos. Se despidieron con la promesa de volver a verse en París.
 
Fernando empezó a despertarse, se levantó y lo primero que hizo fue besarla.
-Buenos días mi amor; estabas tan dormidito que no quise despertarte.
-Vaya, siento haberme dormido, con todo lo que tenemos que hacer todavía…
-No digas tonterías, todo está listo; y no te entretengas que se enfría el desayuno.
-¡Parece que van a desayunar con nosotros toda una tropa!
 
Pasaron el día ordenando todo, recordando cada detalle de la misión y viviendo los últimos instantes de relativa calma. A partir de ese momento, tendrían que ser otras personas, tendrían que vivir una vida completamente distinta a la suya. Durante el viaje en autobús todo fue tranquilo, ambos habían dormido un rato aunque no a la vez; debían estar atentos por si pasaba algo raro. Cuando llegaron a Madrid respiraron tranquilos, la peor parte del viaje había pasado sin problemas; era noche cerrada así que decidieron pasar la noche en una pensión. Aunque tenían ganas de llegar a la casa en la que vivirían, era más seguro actuar como unos recién llegados a Madrid y quedarse en la pensión más cercana a la estación porque a esas horas y después de un supuesto viaje desde Francia, nadie tendría ganas de estar dando vueltas por Madrid hasta encontrar su casa. Al entregar los pasaportes, Alicia estaba algo nerviosa aunque disimulaba bastante bien; le sorprendía ver lo bien que disimulaba Fernando, aunque empezaba a conocerle bien y sabía que sus nervios los contenía para sí mismo. Se acomodaron en la modesta habitación que les dieron; cuando estaban a solas hablaban en francés para hacer más creíble su historia. Estuvieron un momento hablando y después se fueron a dormir; ya era muy tarde así que Alicia cayó rendida. Fernando, por el contrario, apenas durmió; había tantas cosas que podían salir mal… Sabía que no tenía que pensar en eso, que debía mantener la cabeza fría; pero cuando se trataba del peligro que podría correr Alicia… Intentó no pensar en eso, le gustaba ver a Alicia dormir; y, mirándola, al final de la noche le venció el sueño.
Se despertó muy pronto, había tenido una pesadilla; la proximidad de la misión le había pasado factura… Mientras estuvo con Fernando en Baztán; nunca tuvo miedo, dormía perfectamente y sus sueños eran tranquilos. Pero al volver a Madrid, su mente le había jugado una mala pasada; había soñado que alguien descubría a Fernando y que antes de que le capturasen, él se suicidaba… Estaba muy nerviosa pero no quería despertar a Fernando, conociéndole seguro que hacía poco que se había quedado dormido. Intentó tranquilizarse mirando a Fernando; hacía poco que había descubierto ese pequeño placer, pero verle dormir era muy tranquilizador. ¡Cualquiera pensaría que cuando estaba despierto era un hombre tan vital! Cuando ya se había tranquilizado, Fernando empezó a despertarse; vio que ella estaba apoyada sobre el cabecero y mirándole.
-Otra vez me he vuelto a quedar dormido…
-No, soy yo la que se ha despertado muy pronto y… Me encanta mirarte mientras duermes.
-A mi también me gusta verte a ti… -se acercó y la besó- Durante todo este tiempo he recordado muchas veces los días que pasamos juntos…
-Yo también; recuerdo la vez que dijiste que parecía un ángel… Fernando, ese fue el mejor cumpleaños de mi vida.
Antes de ponerse en marcha, decidieron robarle al tiempo unos momentos para poder estar juntos y tranquilos.
 
Bajaron a desayunar al comedor y se encontraron con una redada… Al parecer, dos ladrones se alojaban en la pensión; cuando les pidieron la documentación Alicia no dudó ni un segundo. Fernando lo notó al instante y se dio cuenta de lo que había cambiado en aquellos años… Aunque seguía siendo tan guapa y tan impulsiva; había madurado mucho, se había convertido en una mujer valiente y muy fuerte capaz de enfrentarse a lo que fuese aunque por dentro estuviese muerta de miedo. Durante el desayuno bromearon sobre lo raro que era volver a estar en Madrid, ninguno de los dos había planeado regresar; y empezaron a recordar viejos tiempos. Se les veía muy a gusto y tan compenetrados que parecían un matrimonio de verdad.
Al salir de la pensión, cogieron un taxi hasta su nueva casa; estaba en una zona residencial apartada del resto de edificios, la mayoría de los vecinos no vivían allí porque era su casa de las vacaciones. No tendrían que preocuparse mucho por llamar la atención; se instalaron y trataron de acomodarse lo mejor posible a su nueva situación. Cuando tenían todo listo en la casa, salieron a comprar; tuvieron que andar unos minutos pero en seguida encontraron una tienda modesta en la que vendían todo lo necesario. Además, mantuvieron una charla superficial con la tendera para que les fuera conociendo; tenían que mostrar que eran unos nuevos vecinos que venían para quedarse. Después de comprar lo necesario para los primeros días, decidieron llamar al capitán San Miguel para concertar una visita y poder presentarse ante él como amigos de sus padres. En la casa no había teléfono así que tuvieron que ir al único bar que había en la zona para poder llamar; fue Fernando el que habló con el capitán.
-Buenos días, ¿podría hablar con el capitán San Miguel por favor?
-Sí, un momento.
Le mantuvieron a la espera durante unos minutos y se le hicieron eternos; si no conseguían dar con el capitán, todo aquello no habría servido para nada. Al fin, parecía que alguien le iba a atender.
-¿Si? ¿Quién quiere hablar conmigo?
Su voz era fuerte, muy autoritaria; si no estuviese acostumbrado, le habría sobresaltado.
-Hola buenos días, mi nombre es Ernesto Alcázar; me he atrevido a llamarle porque sus padres me hablaron de usted…
-¡Ah! En ese caso podríamos concertar una entrevista para finales de semana… -se notaba el cambio en su voz; Fernando supo que con el aval de conocer a sus padres tendrían al capitán ganado- ¿Le va bien este mismo jueves?
-Por supuesto, cuando usted pueda… Si le parece bien, iré con mi mujer; ambos estamos deseando conocerle después de haber escuchado tanto sobre usted.
-Entonces no estaría de más que yo también llevase a mi esposa… ¿Conoce un lugar llamado Las Persianas? Es una cafetería del centro…
-Si está en el centro, no habrá problema en encontrarla.
-Perfecto, pues allí a las cinco de la tarde ¿le va bien?
-Sin ningún problema.
-Nos vemos, un saludo.
-Por supuesto, pase buen día.
 
Después de tomarse los refrescos que habían pedido, regresaron a la casa. Sabían que durante la semana no debían quedarse en casa, tendría que parecer que tenían una vida, una vida que acababan de comenzar en España. Por ello, se pasaron la tarde planeando qué hacer hasta que llegase el jueves; era lunes así que tenían dos días por delante para dejarse ver por la zona y contar su historia. Habían decidido que el martes pasarían el día en el parque que estaba a unos minutos de la zona donde vivían. No era un gran parque, pero parecía que todos los vecinos pasaban por allí en algún momento del día. Había columpios para los niños, una avenida con bancos para sentarse, un mercadillo en el que vendían golosinas y artículos de decoración, estanques para patos y cisnes… En fin, por allí pasaba todo tipo de gente y era bueno que les fuesen conociendo. Se llevarían la comida preparada y así aprovecharían el día al máximo; en el bar se habían enterado que el martes por la noche habría una verbena así que también decidieron que asistirían. Tenían que decidir qué harían el miércoles; quizá se acercasen a la parroquia, aunque a ninguno de los dos le hacía especial gracia, si querían pasar desapercibidos entre los vecinos, era una visita obligada. Además, allí podrían darse a conocer más fácilmente, en el bar también se enteraron que todas las tardes había una especie de reuniones donde se hablaban de los problemas del barrio; así que sería buen momento para presentarse ante sus nuevos y provisionales vecinos.
Durante la comida, Alicia le contó muchos detalles de su nueva vida en París, habló de la facultad, de lo duro que había sido terminar la carrera, de los amigos que había conocido, de las reuniones de exiliados… Fernando le acabó contando que Antonio le daba algunos detalles de su vida, lo suficiente para saber que estaba bien. Ella quiso saber quién más sabía que estaba vivo.
-Alicia… Solo Antonio y Liberto, los demás me conocen por el nombre de Federico; de hecho tus contactos te dijeron que tu compañero sería alguien llamado Federico ¿verdad?
Claro, ahora recordaba todo; cuando se reencontró con Fernando ni siquiera se había preguntado por qué no le había recordado al conocer el nombre de su contacto… Ahora recordaba que el único dato que tenía sobre su contacto era su nombre: Federico.
-Sí, es cierto.
-Me puse ese nombre por un compañero que cayó en la misión de matar a Franco… Además mi apellido es Esquivel… En recuerdo de Roberto.
Alicia le abrazó fuerte; entendía el dolor de la pérdida de un gran amigo; Luisa no dejaba de estar presente en ella. Pero además… No conocía todo el pasado de Fernando y ya sabía que había perdido a muchas personas: Roberto, Belle, Federico, Andrea, Luisa, Ignacio… ¿Y todas las personas de las que ella no conocía su existencia? No entendía cómo después de todo, él seguía luchando, seguía viviendo… Tenía que ser muy duro haber perdido a tantas personas por culpa de la dictadura.
-Fernando… Sé lo que les pasó a Luisa e Ignacio… Me lo contó Alberto.
-Lo siento… Luisa era muy importante para ti.
-Sí, mi mejor amiga… ¿Sabes? A veces pienso que tanto tú como ella queríais evitarme el tener que vivir con la experiencia de perder a personas que quiero por el régimen… A veces recuerdo algunas conversaciones con ella y me da la sensación que lo pasó realmente mal.
En ese momento recordó una conversación con ella; Alicia acababa de saber que Fernando había matado a Jesús y no podía entenderlo, Luisa intentó explicárselo. “Alicia, Jesús no era tu compañero, ni siquiera era tu amigo. Era un policía infiltrado que te estaba usando en su propio beneficio” “Cómo se nota que no has estado aquí los últimos ocho o nueve años… ¿Tú sabes cuántas personas, buenas personas, han muerto a manos de gente que era y son como él?” “¿Sabes? Me alegro mucho de que pienses así Alicia, hay muy poca gente como tú así de pura. Estoy segura de que tu padre te conocía bien y por eso te trajo aquí a España para cambiar las cosas… Pero los que hemos estado aquí, como el pobre Roberto o Fernando o como yo misma… Alicia, tenemos tanto odio dentro que se nos ha olvidado ser condescendientes” “Te estoy diciendo que no lamento según qué muertes”.
Se dio cuenta que ahora entendía mejor que nunca a Luisa, recordó cuando presenció la muerte de Mendoza, y cómo no sintió para nada su muerte… Puede que no sea justo matar a otra persona; pero si con esa muerte se salvan otras muchas vidas… Estaba claro, desde el fallido fusilamiento de Fernando había cambiado; y lo peor de todo era que ese cambio se debía a lo que había sufrido en su país… Y ahora que volvía a estar en España, sentía ese sentimiento contradictorio; había conocido a muy buenas personas, pero había sufrido muchísimo a causa de muy malas personas y de un régimen cruel y despiadado. Tenía ganas de volver a París, allí sí se sentía en casa.
Fernando se volvió a acercar a ella, imaginaba cómo habría sido para ella recibir la noticia del asesinato de Luisa. Se abrazaron como si fuera de ese abrazo no existiese nada más, como si con esa unión las cosas fuesen a cambiar. Pasaron la tarde rememorando viejos tiempos junto a Luisa e Ignacio.
 
 
 
 
Capítulo XX

 
 
Habían pasado un buen día paseando por el parque y conociendo a los vecinos; a Alicia le costaba mucho tener que mentir a todos, aunque alguien le cayese bien tenía que dar la impresión de estar feliz con la situación de España. Fernando le había dicho que era lo mejor, que así nadie podría pensar nada de ellos y que tenían que hacerlo. En el fondo, Fernando comprendía perfectamente ese sentimiento; era el mismo que él sintió cuando llegó a Numancia Films… No podía ser sincero con ella, con los de El Asturiano, con Luisa… Ni siquiera con su compañero y después amigo Roberto; pero él se había acostumbrado, sabía que era lo mejor. A ella aún le costaría un tiempo tener que mentir a personas que le caían bien.
En concreto, habían conocido a una pareja muy simpática que tenía un niño pequeño de unos cinco o seis años; pasaron toda la tarde con ellos y hablaron de muchas cosas. Ricardo y Laura intentaron sacar un par de veces alguna conversación sobre política, pero Fernando fue hábil y cambió de tema evitando tener que hablar sobre ello. Uno de los comentarios de la pareja hizo que Fernando y Alicia compartieran una mirada de complicidad apenas perceptible para sus acompañantes. Les contaron cómo hacía algunos años habían visto una película que después sería retirada sin motivo; la película trataba sobre el emperador Maximiliano. Ambos dijeron que no les sonaba la película; Fernando pensó que si supiesen el motivo de la retirada de la película, no sabrían ni qué decir. Cuando volvieron a su casa, era tarde pero Alicia tenía que hablar con Fernando sobre ello.
-Fernando, yo creo que sus ideas son muy parecidas a las nuestras… Han hecho un par de comentarios que…
-No, -no la dejó continuar- lo siento Alicia, pero no podemos decir nada; no podemos sentarnos a charlar con ellos por mucho que sus ideas coincidan con las nuestras. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Tú y yo no podríamos estar más de acuerdo en nuestra opinión sobre Franco; en cambio yo no podía mostrarlo abiertamente… ¿Te crees que no pensaba una y otra vez en decirte la verdad? ¿Te crees que cuando me interrogaste casi al principio no tenía ganas de contarte que no, que no estabas equivocada conmigo y mis ideas? Pero no podía, por mi bien; pero sobre todo por el tuyo… Era mejor que me considerases un frívolo productor de cine… Lo siento Alicia, pero a partir de ahora no puedes ser tú misma…
-Ya… me lo suponía… -Alicia se quedó un momento pensativa- ¿Sabes? Acabo de recordar una conversación con Luisa sobre ti…
-¿Ah sí? Vaya, eso sí que me halaga… ¡Hablabas con tu amiga sobre mí!
-¡Qué bobo! Te hablo en serio…
Alicia le contó cómo Luisa le había dicho que Roberto había insinuado que él había luchado en Francia con la Resistencia.
“Sé que es difícil de creer Alicia, pero de verdad que Fernando oculta algo” “¿Y si…? ¿Alicia y si fueran?” “¡Dos espías!” “Sí, dos espías que están utilizando la productora como tapadera” “¿Te imaginas?”. En ese momento se habían echado a reír, ahora tenía su gracia… Se habían tomado la verdad como un chiste, lo tenían delante y no supieron verlo.
-Así que Roberto habló demasiado con Luisa… ¡Ay Robertiño qué gran camarada y amigo!
-Bueno, por lo que me dijo Luisa intentó que su comentario pasase desapercibido… ¡Un momento! Tú no te quedaste atrás…
-¿Qué quieres decir?
-¿No te acuerdas?
Fernando sabía exactamente a qué se refería Alicia, pero prefería que fuese ella la que recordase el momento.
-Estoy segura que te acuerdas… Yo estaba en un banco escribiendo te acercaste y empezamos a hablar… Recuerdo que en un momento dado yo te pregunté quien eras en realidad y me contestaste que un espía… ¡Qué idiota me siento al recordar lo que te dije entonces!
Fernando sonrió, lo recordaba perfectamente. “¿Tienes una vida secreta? A mi me lo puedes contar…” “No me creerías…” “¡Inténtalo! ¿Quién es realmente Fernando Solís?” “Un espía” Ambos se rieron “De ti podría imaginar cualquier cosa ¿Pero un espía? Antes imagino a Roberto como espía ruso que a ti” “¿Crees que no doy la talla o qué?” “De altura puede ser, incluso de cara; pero no de corazón. Los espías son personas que se interesan por cosas serias; y en mi opinión, a ti lo único que te interesa son las faldas” “¿Eso crees?” “Sí”
-¡Qué vergüenza! -ambos se volvieron a reír- Tenías razón no te creí aunque me decías la verdad…
-Alicia, por eso te lo dije; porque sabía que no me creerías… La verdad es que muchas veces estuve tentado de contarte todo, pero sabía que ni podía ni debía… Y no solo por mí, sino por ti; aunque después tú solita te empeñaste en ayudarme a pesar del peligro.
-Sí, y lo haría mil veces más.
Antes de bajar a la verbena del barrio, decidieron darse unos momentos para ellos, siendo quienes eran, sin fingir, sin mentiras…
 
Durante la verbena, acompañaron a Ricardo y Laura; era con los que más confianza habían cogido durante el día. Bailaron y rieron como un matrimonio despreocupado; en realidad, ninguno de los dos pudo disfrutar realmente de la diversión. Los dos estaban atentos a lo que pudiesen decir de más… Para Alicia era todavía más duro; era la primera vez que lo hacía y a veces sentía que no podría seguir con ello. Lo que más disfrutaron de la verbena fueron los bailes; hacía años que no podían bailar juntos y consiguieron sentirse solos en mitad de toda la gente durante unos instantes. Al final, la noche había llegado a su fin y por fin pudieron volver a casa. Ambos respiraron tranquilos; en esa casa se sentían seguros aunque si pasaba algo la casa no serviría de mucho…
 
Esa mañana, ambos tardaron en despertarse; aunque no era muy tarde, para ellos era desperdiciar el día. A eso de las nueve y media sonó el timbre; Fernando fue el primero que lo oyó, volvió a sonar y Alicia se despertó. Ambos sintieron miedo, Fernando dominó ese sentimiento y fue a contestar el telefonillo.
-¿Si?
-¿Ernesto?
Fernando reconoció la voz de Ricardo y se relajó.
-Sí, soy yo.
-Perdón si os he despertado…
-No te preocupes, estábamos a punto de levantarnos.
-Bueno, nosotros solo queríamos invitaros a pasar el día en nuestra casa de la sierra… Como no conocéis a nadie aquí nos pareció que quizá os apeteciese.
-Claro, sois muy amables; si nos dais una hora iremos con vosotros.
-Si, si; claro, ¿quedamos en el estanque dentro de una hora?
-Perfecto.
 
Aunque habían planeado visitar la parroquia, el plan que les proponía Ernesto era más interesante; además, podrían seguir tomando confianza y quizá conociendo a amigos suyos. Así, su tapadera de matrimonio que quiere comenzar su vida en España cobraba credibilidad.
 
Pasaron un día muy divertido; cada vez cogían más confianza con su nueva identidad, y aunque a veces estaban a punto de contar anécdotas de su vida real, siempre frenaban a tiempo y contaban algo ficticio. Ricardo y Laura no volvieron a mencionar la política así que no había ningún tema que tuviesen que evitar. Aunque Fernando y Alicia no lo sabían, sus nuevos amigos pertenecían a una red de apoyo del Partido y querían que ellos formasen parte también, creían que al venir de Francia tendrían ideas distintas a las de España. El matrimonio intuía que podían confiar en ellos, que en el futuro podrían servir de ayuda a la causa, pero de momento preferían entablar una amistad sin intereses.  
El día se les hizo muy corto, ni siquiera habían tenido tiempo de acordarse de que al día siguiente sería la cita con el capitán San Miguel; si se hubiesen acordado, ninguno de los dos habría podido disfrutar del día. Llegaron a casa muy cansados pero contentos de haber pasado un día tan relajado; por la noche ese sentimiento se había desvanecido… Ninguno de los dos pudo dormir más de un par de horas, la proximidad de la cita con el capitán hacía que ambos estuviesen nerviosos y expectantes. Además, sabían que todavía tenía que pasar toda la mañana para poder ir al encuentro. Estaba claro, el día siguiente se les haría eterno.
 
 
 
 
Capítulo XXI

 
Era muy temprano, a penas había comenzado a salir el sol; pero los dos se levantaron, no podían estar ni un segundo más sin hacer nada. Prepararon juntos el desayuno y tardaron apenas unos minutos en comerlo; todo lo hacían deprisa aunque sabían que les quedaba un largo día por delante. Salieron a dar un paseo y se encontraron con Ricardo y Laura; acababan de dejar al niño en el colegio y les invitaron a tomar algo en el bar. Aunque Ricardo era un importante empresario, apenas pasaba por el despacho; y Laura era ama de casa. Pero Fernando y Alicia intuían que había algo más; que su tiempo libre lo dedicaban a algo más que a tomar café con las amistades. Al menos, pudieron pasar una mañana tranquila y agradable; les invitaron a comer pero tuvieron que rechazar el ofrecimiento, necesitaban prepararse para el encuentro con el capitán y su señora.
 
Alicia no tenía mucho que hacer, solo hablar de banalidades con la mujer del capitán; al fin y al cabo, estaban en España y las mujeres solo servían de adorno. Fernando era el que tendría que llevar la voz cantante esa tarde; sabía que el capitán era inteligente, los informes que había leído sobre él le daban cierta ventaja. Llegaron a la cafetería diez minutos antes de las cinco; querían causar buena impresión. Al llegar se sentaron en una mesa apartada; desde allí les verían llegar y más tarde, durante la charla, nadie les molestaría.
El capitán y su mujer llegaron pasadas las cinco de la tarde, querían darse importancia ante unos desconocidos amigos de sus padres. Hechas las presentaciones los cuatro se sentaron a la mesa y compartieron una charla entretenida; en un momento dado, el capitán, de nombre Augusto, quiso hablar a solas con Fernando así que Alicia y Mercedes, la mujer de Augusto, salieron a mirar escaparates.
-Bueno, supongo que su interés en verme no será solo por conocer amistades en Madrid…
-En efecto, es usted un hombre muy intuitivo -Fernando sabía que los cumplidos le encantaban- Sus padres me dijeron…
-Tutéame por favor, eres amigo de mis padres así que también mío.
-Está bien, Augusto. Pues te decía que tus padres me contaron que si necesitaba alguna influencia para conseguir algún puesto en la administración…
-Sí, no des más rodeos; supongo que luchaste con nosotros durante la guerra ¿verdad?
-Sí, estuve casi un año y medio hasta que me hirieron en el hombro, quise volver, pero me lo impidieron… Tuve que conformarme con disfrutar la victoria desde casa…
-¡Y qué victoria compañero! -ambos rieron- Casualmente, ahora es un buen momento para querer ayudar a la patria… En fin, tenemos una operación que como salga bien… Aquí no deberíamos hablarlo, ven mañana a primera hora a mi despacho y te daré más detalles. Ten la tarjeta.
 
Salieron de la cafetería y fueron en busca de las mujeres, en el camino de vuelta a casa ninguno habló; cogidos de la mano se dirigieron a la casa que compartían temporalmente. Cuando llegaron, Fernando le contó toda la conversación que habían mantenido; ella no tenía mucho que contar, se había pasado la tarde mirando mantelerías y objetos que a Alicia le parecían absurdos.
-De verdad Fernando, esa mujer es lo más simple que puedas conocer… No le importa nada más que dar cenas elegantes y seguir siendo considerada socialmente…
-Él no es mucho mejor… Al menos tú no has tenido que soportar comentarios elogiando la victoria del glorioso alzamiento…
-Sí, eso es un alivio…
Ambos rieron por la situación en la que se encontraban; en ese momento, Alicia recordó una conversación entre Fernando y su tío, ella entraba por la puerta y pudo escuchar cómo Fernando decía “En efecto, pero los detractores del régimen tienen que ser apartados; yo no creo que sirva para nada reeducarles. Son muy tercos, y al final siguen erre que erre; lo mejor es apartarles para siempre” “Sí, pero de momento ahí tienes a esos cuatro descerebrados del Maquis pegando sustos por el monte” “¿Sabe qué es lo mejor para esta gente? La ley de fugas, dos tiros y al otro barrio”. Ahora entendía cómo se había tenido que sentir Fernando al tener que seguir la corriente a su tío; pero en ese momento se sintió decepcionada al comprobar que Fernando no era lo que ella creía.
 
Por la noche, habían sido invitados a cenar en casa de Ricardo y Laura; aunque estaban algo intranquilos por la reunión a la que Fernando tendría que ir al día siguiente, aceptaron y pasaron una agradable velada. Todo giró en torno a la vida tan distinta que se vivía en Francia; aunque nadie sacó el tema de la política, parecía que todos hubiesen hecho un acuerdo para no comprometerse los unos a los otros. Todos se sintieron cómodos, tanto que cuando llegó la hora de irse no les apetecía; pero la realidad mandaba, Fernando tenía que visitar al capitán a primera hora y debía descansar y preparar sus posibles respuestas. Cuando llegaron a casa, Fernando volvió a repasar todos los datos con los que contaban, a Alicia le parecía increíble que se supiese todo de memoria. Se acostaron al poco rato, aunque estaban nerviosos; no tardaron en dormirse, la noche anterior casi en vela les había pasado factura.
Alicia se despertó primero, aunque aquella mañana no podría disfrutar mucho de la imagen de Fernando durmiendo; al rato le despertó para que se preparase para ir al despacho del capitán. Alicia no tenía nada que hacer así que decidió acompañar a Fernando hasta el despacho; aunque durante el camino apenas hablaron, al menos se sentían cerca el uno del otro. Cuando llegaron se despidieron y ella se dirigió a casa de Laura para por lo menos charlar con alguien mientras Fernando estaba ocupado.
Le recibió una secretaria un tanto antipática; enseguida le hizo pasar al despacho.
-Buenos días, Augusto.
-¡Hombre amigo Ernesto! ¡Qué bien que hayas llegado! Pasa y siéntate.
-Gracias.
-Verás, aunque normalmente no confío una operación tan importante a alguien que acabo de conocer; me diste mucha confianza en nuestro encuentro de ayer. Además, vienes avalado por mis padres y siempre que me han recomendado a alguna persona, ha acabado siendo mejor de lo que esperaba. Por otra parte, he pedido informes de tu colaboración en la guerra y he podido comprobar que eres muy valorado para preparar operaciones –Fernando no dejaba de sonreír y de asentir, el capitán se había tragado los informes falsos- Coge estos informes, me gustaría que los estudiases bien –se impacientó, si la operación a la que se refería no era la de los maquis del norte, todo aquello no habría servido para nada- Quiero que seas mi hombre de confianza y el que dirija la operación, por lo que hablamos ayer, tienes experiencia en dirigir hombres así que estoy seguro que no encontraré a nadie mejor para hacerse cargo de esta operación.
-Gracias por la confianza, no te defraudaré –abrió la carpeta y ojeando los documentos comprobó que sí se trataba de la operación de los maquis- ¿Para cuándo tengo que estudiar los informes?
-Vuelve en una semana, me gustaría que tuvieses la operación preparada al milímetro; también sería bueno que unos días antes me dijeses cuántos operativos se necesitarán… No hace falta que vengas, con que me llames por teléfono será suficiente; ¡sé que cuando las grandes mentes idean un plan necesitan estar a su aire!
Soltó una risotada y Fernando le correspondió; charlaron un rato sobre temas triviales y el capitán le dijo que a su mujer le gustaría que Anne se uniera a una de las reuniones en las que ella participaba. Le dio el teléfono de casa para que sus respectivas mujeres pudiesen ponerse en contacto y se despidieron. Fernando regresó a casa rápidamente, prefería estudiar los informes en un lugar seguro; cuando llegó, Alicia no estaba en casa así que supuso que estaría con Laura. Empezaba a pensar que quizá la amistad entre Alicia y Laura les jugase una mala pasada… No estaba seguro de que Alicia pudiese disimular si sentía que Laura era de verdad su amiga.
Cuando llegó a casa, Fernando ya había estudiado la mayoría de los documentos de la operación.
-Hola mi amor –se acercó a darle un beso- Vaya, siento haber estado fuera tanto tiempo, pensé que el capitán te entretendría con su charla sobre las maravillas del régimen…
-Hola, bueno ahora mismo lo que le interesa de mi no es escuchar mis alabanzas al régimen… Alicia, hemos tenido suerte, me ha pedido que organice la operación que teníamos que descubrir…
-¿En serio? ¡Eso es maravilloso! Yo no sé mucho sobre estrategias, pero si puedo ayudarte en algo…
-Seguro que sí –Fernando estaba de buen humor, las cosas no podían irles mejor- Ni te imaginas lo que son capaces de organizar para coger a dos hombres… Es increíble su doble juego; en la prensa les presentan como simples bandoleros, no quieren que se siga hablando de la resistencia antifranquista; y eso que apenas quedan maquis… Por otro lado, saben que son peligrosos, que si se extienden sus ideas les pueden poner las cosas muy difíciles y por eso se empeñan en montar todo un operativo para capturar a dos hombres… Bueno… ¿Por qué no nos olvidamos un rato de esto y hacemos un descanso para comer?
 
Y, aunque tenían hambre, no se acordaron de preparar la comida; siempre que estaban juntos perdían la noción del tiempo. Pudieron disfrutar del resto del día para estar juntos y saborear los momentos que las circunstancias les habían robado durante tanto tiempo.
 
 
 
 
 Capítulo XXII

 
 
Hacía tres días desde la reunión de Fernando con el capitán; desde entonces, Alicia había tenido que visitar a su mujer en dos ocasiones; una vez salieron de compras y posteriormente ella la había presentado a sus amigas. Al final, Alicia pudo sacar provecho de esas reuniones que le resultaban tan aburridas… Mercedes hablaba mucho y como ahora Alicia era de confianza porque lo era su marido… Alicia pudo enterarse de algunos detalles de dos operaciones contra compañeros del Partido en Madrid; enseguida hicieron un informe para entregárselo a su contacto y así evitar las detenciones de muchos compañeros. Lo que más le preocupaba era que Mercedes se diese cuenta de que la tiraba de la lengua; pero se daba cuenta que era un poco parada para captar esos detalles. Mientras Alicia hacía vida social con Mercedes, Fernando estaba preparando la misión; sabía que tendría que llevarse a cabo, sino, sospecharían de ellos y de su oportuna llegada a Madrid. La única posibilidad era preparar una buena operación y que los maquis supiesen todos los detalles para que preparasen su ofensiva. Así, cuando algo saliese mal nadie le podría acusar de infiltrado, como mucho de inepto… Pero eso a él le daba igual porque en cuanto se llevase a cabo la operación, ellos desaparecerían.
En el barrio ya les conocían como el matrimonio francés de vuelta en España; Ricardo y Laura seguían siendo las personas con las que mejor se llevaban. Se habían visto un par de veces más y siempre coincidían en gustos, en aficiones… Pero aún así, ambos matrimonios mantenían cierta distancia; Fernando y Alicia notaron que ellos también ocultaban algo. Lo mejor que podían hacer era seguir como si no pasase nada y evitar ciertos temas en sus conversaciones. Alicia se había acostumbrado a su nueva identidad y cada vez le costaba menos ser natural siendo otra persona.
Aquel domingo iban a pasar el día con Ricardo y Laura en su casa de la sierra; el plan les apetecía mucho y además así podrían dejar de pensar en la misión durante todo un día. Pasaron la mañana de excursión por el campo, el niño fue el centro de atención e hizo que los mayores se olvidasen durante aquellas horas de sus problemas. Por la tarde, el protagonista fue un amigo de Ricardo y Laura; acababa de salir de la cárcel acusado de rebelión por haber apoyado la República. Fernando y Alicia no entendían muy bien por qué sus nuevos amigos se arriesgaban a dejar clara su posición sobre el régimen; lo que querían era ponerles a prueba. Les costó mucho no posicionarse, contestaban con monosílabos; la verdad era que ambos admiraban a aquel hombre pero no podían decirlo. Al final, dejaron de hablar de política y hablaron sobre cine, literatura… El día había pasado y, aunque no lo disfrutaron del todo, se habían divertido; Alicia seguía pensando que podrían contarles la verdad pero no se atrevió a decírselo a Fernando, sabía la respuesta de antemano.
 
La semana siguiente se les pasó volando; apenas se dieron cuenta. Las mañanas las dedicaban a preparar la operación para el capitán San Miguel; por las tardes siempre tenían algo que hacer: salir con Ricardo y Laura, quedar con Mercedes para seguir aparentando, pasar una agradable tarde en pareja… El jueves el capitán no pudo recibir a Fernando; así que pospusieron su reunión para el lunes. Aunque se habían acostado tarde después de un domingo ajetreado, al amanecer ambos estaban ya despiertos. Se pusieron a hablar de mil cosas hasta que llegase el momento de levantarse; al final acabaron hablando de Mario Ayala.
-¿Sabes? Aunque apenas conocía a Mario me sentí muy acompañado gracias a él… Lo recuerdo todo como si hubiese sido ayer; Mario me agradeció mi lucha, pero lo que más valoré fue su sincero afecto. -Alicia escuchaba muy atenta- Él tampoco me conocía de nada, Andrea le había hablado de mí, pero nada más; aún así, en todo momento me hizo sentir que no estaba solo, que él estaba allí.
-Sí, Mario es un buen hombre. Antonio en Francia me contó más sobre él… Pero cuando le conocí, yo también sentí que se preocupaba de verdad… Me dio buena impresión; y después de tu fusilamiento…
-¿Le volviste a ver? ¿Te contó algo de lo que hablamos?
Alicia le abrazó fuerte
-Si lo que quieres saber es si me hizo llegar tu mensaje… Sí, me lo contó. Además me habló de todo lo que le impresionó conocerte… Él llegó a apreciarte de verdad Fernando.
-¿Ves? Otra cosa que nunca podemos hacer en nuestro trabajo… Agradecer la ayuda que te han dado desinteresadamente… Me hubiese gustado que Mario supiese la verdad; que aunque Andrea cayó en la misión… Bueno, que al final yo pude salvarme…
Seguían abrazados; cada vez que Fernando hablaba de su fallido fusilamiento, Alicia volvía a revivir todo lo que había sufrido en su momento.
-Fernando, me gustaría que supieses que esa noche yo también la pasé en vela…
-No, por favor… -no quería que ella recordase los malos momentos- No te pongas a recordar… Ya pasó…
-Tengo que contártelo… Aquella noche, yo también recordé el momento en que me confesaste cómo te gustaría morir.
Aunque se les había hecho un poco tarde, le robaron unos instantes maravillosos al tiempo; a Alicia le gustaba pensar que hacían una pausa en sus vidas. Esa expresión le recordaba tantas cosas del pasado…
 
Cuando llegó al despacho, el capitán le estaba esperando.
-Pasa y siéntate -Fernando lo hizo- Siento no haberte podido recibir la semana pasada; pero ha habido un par de operaciones que han fallado y esto ha sido una locura…
-No te preocupes; - se alegró al oír lo de las operaciones fallidas- como he tenido más tiempo he podido preparar los detalles más pequeños e insignificantes. ¡Nada saldrá mal! Te lo garantizo.
-Eso espero, esta es mi oportunidad para ascender… En esta operación hay mil ojos puestos y te aseguro que en las más altas esferas están interesados en los resultados.
Durante tres horas Fernando detalló todos los pormenores de la operación; sobre el papel, al capitán le pareció la mejor operación que se podría planificar. Antes de que Fernando se fuese, el capitán quiso fijar la fecha de la operación; debía preparar a sus hombres y tener todo lo necesario listo así que la operación se llevaría a cabo en un mes más o menos: el 13 de octubre. Quedaron en verse a lo largo de la semana siguiente para comprobar cómo iban los preparativos; se despidieron y Fernando se fue.
 
Al llegar a casa le esperaba una sorpresa; Alicia estaba acompañada por Ricardo y Laura, pero además por el amigo recién salido de la cárcel. Fernando intentó sonar despreocupado.
-¡Buenos días! Cariño, siento haber tardado, pero los negocios son así…
-Sí, no te preocupes; te estábamos esperando… Yo pensaba que terminarías más tarde, por eso ahora mismo les estaba diciendo que si querían podían volver por la tarde… -A Alicia se la notaba nerviosa y parecía no tener muy claro qué decir- Ernesto, deberías escuchar su propuesta; ya les he dicho que en casa eres tú el que toma las decisiones.
-Bueno amigos, aunque Anne sea francesa; es verdad que nosotros nos regimos por las tradiciones españolas… Contadme qué pasa y veremos si puedo hacer algo.
Tomó la palabra Ricardo
-Ernesto, necesitamos pedirte un favor muy especial… -Fernando miró al amigo- Sí, como puedes imaginarte tiene que ver con Cristian. El caso es que se ha metido en un lío… Nada grave, pero claro, con sus antecedentes le pueden volver a meter en la cárcel…
Fernando se movió incómodo; sabía que no debía pero le costaba mucho decir que no a la petición de ayuda de un camarada.
-De verdad –ahora hablaba Laura- si no fuese importante no os lo pediríamos… Además, como no hace mucho que nos conocemos y nadie sabe que conocéis a Cristian, no pueden sospechar que esté aquí…
Se hizo un silencio incómodo; nadie se atrevía a decir nada, a Alicia los nervios la estaban traicionando, Ricardo y Laura estaba expectantes, Cristian se sentía fuera de lugar y Fernando se estaba debatiendo entre el deber de no darse a conocer y el deber de ayudar a un compañero cuando lo necesita. Al fin se decidió a hablar.
-Está bien, puede quedarse aquí el tiempo que necesite; -Alicia no creía lo que estaba oyendo- pero hay una condición.
-Ernesto, puedes poner las condiciones que quieras.
-Eso espero Ricardo… La condición es que no podrá contar a nadie lo que escuche aquí dentro. Desde que venga a quedarse, no podrá verse con nadie, ni siquiera con vosotros. Nosotros seguiremos viéndonos en la calle, pero él no podrá tener contacto con nadie.
Ni Ricardo ni Laura entendieron esa condición pero estaban dispuestos a aceptarla con tal de saber que Cristian estaba en un lugar seguro.
-Una última cosa… ¿Durante cuánto tiempo tendrá que quedarse?
-Verás… El caso es que necesitaríamos que al menos estuviese aquí un par de meses… El tiempo justo para que la policía se olvide un poco de él y podamos preparar su viaje al exilio.
-Está bien; supongo que se quedará hoy mismo…
-Si no es mucha molestia si…
-Está bien; Anne, prepara la habitación de invitados.
-Si…
Alicia apenas pudo hablar, no entendía por qué Fernando había tomado esa decisión; era muy arriesgado que Cristian estuviese en la casa. Podría descubrir quienes eran; y aunque coincidían en ideas; si él lo sabía podrían enterarse más personas.
-Ernesto –Alicia levantó la voz desde la habitación- ¿podrías ayudarme a bajar del altillo las sábanas?
Fernando se reunió con ella en la habitación; hablaron en voz baja.
-Fernando… Puede ser peligroso que se quede… ¿Por qué lo has hecho?
-Sé que no deberíamos, pero no puedo dejar en la calle a un compañero que necesita ayuda… Intentaremos que no descubra nada; sé que será difícil… Si crees que no puedes disimular tanto dímelo y hablaré con nuestro contacto para que le busque un lugar seguro…
-Pero eso sería admitir que tenemos contactos, que no somos tan inocentes como aparentábamos… No, Fernando; aunque me cueste creo que podré hacerlo.
 
Aquella noche la pasaron en vela; durante la cena Cristian apenas había hablado, se había mantenido en un segundo plano. Cuando estaban solos, volvieron a la táctica de hablar en francés para que Cristian no supiese de qué hablaban.
 
 
 
Capítulo XXIII

 
Finales de septiembre de 1954
 
Habían conseguido establecer una rutina con la que pasar desapercibidos, ya eran un matrimonio más en aquel barrio y nadie sospechaba nada. La convivencia con Cristian fue relativamente cómoda; aunque no había una total confianza, mantuvieron conversaciones muy interesantes. Así, Alicia pudo comprobar que las historias sobre la cruda situación en las cárceles del franquismo se quedaban cortas. Cuando hablaban de la misión ya no lo hacían en francés porque podía ser más sospechoso eso que hablar sin dar muchos detalles. Cuando salían, lo hacían con Ricardo y Laura que habían pasado a ser dos buenos amigos aunque ambas parejas evitaban sacar el tema político; ninguno sabía qué pensar del otro y tampoco les gustaba esa inseguridad.
Aquel día, Alicia estaba haciendo la compra en un barrio algo lejano donde podía encontrar más variedad; Fernando, por su parte, tenía una reunión con el capitán para seguir desarrollando el plan de ataque. Acababa de entrar en una pastelería y estaba esperando su turno cuando oyó una voz conocida; sin girarse supo de quien se trataba. Eran Doña Marcela y Pedrito; o quizá mejor decir Pedro pues el niño que Alicia recordaba ya no era tal.
-Perdone, señorita… Oiga, es su turno…
-Sí, sí; perdón.
En ese momento a Doña Marcela se le heló la sangre y, aunque Pedro no reconoció en seguida la voz, al final también se dio cuenta de la presencia de Alicia.
-Bueno, quería… Sí, déme seis cruasanes y unos bombones… 200 gramos de bombones.
Tanto Doña Marcela como Pedro decidieron salir con Alicia sin esperar su turno; una vez en la calle, Alicia no sabía cómo afrontar aquella situación. Los tres se apartaron un poco y se sentaron en un banco de una plaza cercana; ninguno de ellos podría haber simulado no haberse visto y seguir su camino. Para Alicia, era más fácil enfrentarse al niño que ella recordaba que a Doña Marcela.
-¡Pedrito! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo te va todo?
-No me llames Pedrito… Ya no soy un niño.
-Sí, es verdad; lo siento. Pedro estás muy mayor.
-Ma… Alicia ¿por qué te fuiste? Mi padre y mi abuela me dijeron que no te importábamos.
-¡Pedro, hijo! No hagas preguntas que esta señora no pueda contestar sin mentirte…
-Doña Marcela… Me duele que sea tan dura… Supongo que es lo que merezco; pero yo también lo he pasado muy mal…
-Por tu aspecto no se nota.
No estaba dispuesta a dejarse embaucar por aquella chiquilla alegre que un día irrumpió en la vida de su hijo para destrozársela. Alicia decidió seguir hablando con el niño.
-Pedro, hay cosas que solo se pueden entender de mayor… Quiero que sepas que os quise mucho, aunque quizá no como os merecíais… Ya no tiene sentido hablar de eso; cuéntame qué tal en el colegio.
-Bien… Bueno, como siempre; ahora quedo más con mis amigos porque papá no tiene tiempo para que vayamos a ningún sitio…
-Estará muy ocupado con el trabajo ¿no? ¿Pudo por fin sacar la cátedra?
Al ver que el niño empezaba a ilusionarse con el encuentro con Alicia, Doña Marcela decidió que hablaría a solas con Alicia.
-Pedro, hijo; vete a casa que la tía llegará en seguida y no quiero que encuentre la casa vacía…
-Pero abuela… ¡Yo quiero seguir aquí hablando con Alicia!
-Pedro, haz caso a tu abuela; pórtate bien. -se acercó a darle un beso- Seguro que otro día podremos hablar más.
El niño aceptó tener que irse pero antes dio un fuerte abrazo a Alicia.
-No sé qué pretendes engañando a mi nieto, pero espero que no le hayas creado otra vez falsas ilusiones.
-Doña Marcela… Lo siento, de verdad; siento el daño que les causé, pero no era mi intención… Ninguno tuvo la culpa de la situación, pero todos terminamos pagándolo…
-¡Sí, sí que hubo culpables! Tanto tú como el novio ese que tenías, el tal Fernando… -Alicia sabía que nadie tenía la culpa, y mucho menos Fernando; pero prefería no llevar la contraria a aquella mujer a la que había hecho tanto daño- Y no quieras hacerme creer que te preocupas por Pedro o por Álvaro… Si ellos te preocupasen nunca te hubieses ido a París con el primer hombre desconocido que se te cruzase en el camino.
-¡Claro que me preocupan su hijo y su nieto! Les quiero mucho… Aunque no me crea es cierto y también a usted…
-Pues tu forma de querer nos ha hecho más mal que bien a los tres… Por si te interesa, desde que te fuiste Álvaro no ha levantado cabeza. Va a dar clase a sus alumnos, vuelve a casa, se encierra en su habitación y al día siguiente lo mismo; ni siquiera le interesa su hijo. Pedro se quedó sin madre… Bueno, o lo que tú fueras para él -ese tono de resentimiento hizo mucho daño a Alicia- El caso es que cuando te fuiste, también se quedó sin padre.
-Siento mucho oír eso -sus ojos se llenaron de lágrimas- ojala pudiera hacer algo para arreglarlo… Los últimos meses de convivencia fueron muy malos para todos… Supongo que en ese tiempo nos hicimos mucho daño el uno al otro…
Aunque quisiera, no podía resistirse ante las lágrimas de Alicia; seguía muy dolida con ella pero empezaba a comprender que ella también sufría. Sin mucha seguridad, se acercó a abrazarla; abrazo que Alicia, además de no rechazar, agradeció.
-Gracias Doña Marcela…
-Bueno, bueno; no es para tanto…
-¿Sabe? Tiene la virtud de saber cuando necesito un abrazo.
Ambas sonrieron débilmente; en ese momento, a Alicia se le ocurrió algo que hizo que el ambiente se volviera tenso nuevamente.
-Doña Marcela, me gustaría ver a Álvaro…
-¡No! ¡De eso nada! Una cosa es que intente comprenderte y otra muy distinta es que te permita acercarte de nuevo a mi hijo para que acabes de hundirlo.
-¿Cómo puede pensar eso? Lo único que quiero es intentar explicarle a Álvaro lo que en su día no me atreví… La forma en que me marché fue la peor y creo que se lo debo… Estoy segura que necesita una explicación para poder seguir su vida.
-No sé… Bueno, en realidad tendría que ser él quien decidiese… Si me das tu teléfono yo hablo con él y si quiere que se ponga en contacto contigo.
-Verá Doña Marcela… Donde estoy no tengo teléfono… Pero podemos hacer una cosa; mañana, a partir de las 11 estaré en esta plaza -Alicia no quería que Álvaro supiese dónde se estaba quedando, era mejor así- Si Álvaro accede a verme podremos encontrarnos aquí…
-A mi no me parece buena idea, pero es decisión suya… Espero que no se ilusione con que vuelvas para siempre… Te conozco lo suficiente para saber que hay alguien en tu vida -Alicia se sintió incómoda y se movió nerviosa- Sí, ese brillo en los ojos le conozco, es el mismo que tenías cuando creías que te irías con Fernando… No, tranquila, no te voy a preguntar nada… Solo espero que mi hijo no se ilusione. Le diré que quieres verle y si él quiere, mañana le verás.
-Gracias Doña Marcela.
Se acercó a abrazarla pero ella en seguida puso distancia y se fue. Alicia sabía que aquella decisión que había tomado al encontrarse a Doña Marcela era peligrosa, pero se lo debía a Álvaro.
 
Al llegar a casa Cristian estaba escuchando en la radio un programa musical así que se entretuvieron con la música hasta que llegó Fernando.
 
-¿Todo bien? -le besó- Hoy has estado fuera mucho tiempo.
-Bueno, lo de siempre; ya sabes… Pero todo está funcionando muy bien.
-Yo no tengo tan buenas noticias…
Cristian notó que necesitaban hablar tranquilos y con una excusa se fue a su habitación a leer. Hablaron en tono bajo.
-Fernando… Hoy, mientras hacía la compra me he encontrado a Pedrito y Doña Marcela…
-¿Y ellos te han visto? ¿Saben dónde estamos? Aunque solo te hayan visto cerca si deciden denunciarte podrían…
-Tranquilo, -Alicia le cortó- está todo bien; hoy salí fuera del barrio a comprar. El barrio donde me los encontré está a media hora en autobús… El caso es que después de hablar un rato con ella, he decidido que mañana hablaré con Álvaro…
-¿¡Cómo!? Alicia, una cosa es que te los encuentres de casualidad y otra muy distinta es que quedes con ellos… Al marcharte a Francia perdiste la oportunidad de poder verte con personas de tu antigua vida…
-Lo sé, Fernando; y no me arrepiento… No es eso. Le debo una explicación a Álvaro, la forma en que me marche no fue la mejor y creo que tengo que hacerlo… De todas formas, no es seguro que él quiera verme… Doña Marcela le dirá donde encontrarme, y si decide ir nos veremos en la plaza en la que me he encontrado hoy con ella.
-Alicia… Es muy arriesgado… ¿Y si decide no acudir a la cita pero avisar a la policía? -Fernando sabía que no podían, que era peligroso, que no debían correr ese riesgo… Pero también sabía que si ella quería, la dejaría; nunca había podido negarla nada aunque eso fuese ponerse en peligro- Recuerda que en España se supone que estás muerta…
-Lo sé, sé que hay peligro… Pero creo que debo hacerlo, además, estoy segura que Álvaro no avisará a la policía.
-Alicia… Una persona herida es capaz de cualquier cosa… Pero está bien, en ese caso yo te acompañaré; no veré a Álvaro, pero estaré cerca y alerta por si avisan a la policía.
Alicia se acercó a besarle, sabía que era muy peligroso; pero estaba segura que Fernando haría que todo fuese bien. Pasaron la noche en vela, ninguno podía dejar de pensar en la mañana siguiente; Alicia le contó todo lo que habían hablado Doña Marcela y ella. Al final, ella acabó durmiéndose abrazada a él; en cambio, Fernando pasó la noche entera en vela.


 
Capítulo XXIV

 
Eran las diez y media y Alicia ya estaba en la plaza; Fernando, a pocos metros, estaba investigando la zona y se mantenía alerta por si había movimientos raros. Estaba casi seguro que Álvaro no avisaría a la policía, pero más valía prevenir que curar. Alicia, nerviosa, repasaba mentalmente lo que quería decirle a Álvaro; sabía que tenía que ser sincera pero ocultando una parte. Era mejor que Álvaro no supiese cómo salió de España, y mucho menos el motivo de su regreso; en el resto, pensaba serle totalmente sincera. Los minutos pasaban y los nervios la estaban traicionando, tenía gracia pero en ese momento sentía más miedo de la reacción de Álvaro al volver a verla que de lo que pudiese hacerle la policía en caso de cogerla. Caminaba de un lado de la plaza a otro, no podía estarse quieta; la plaza estaba vacía salvo por una niña de no más de 15 años. Cuando vio la seña que Fernando y ella habían acordado, se acercó a él.
-Alicia, todo parece seguro; no creo que sea una trampa… Quedan unos minutos para que Álvaro llegue si decide venir. Lo mejor es que te sientes a esperarle en un banco.
-Sí, eso será lo mejor.
Se dieron un suave beso y Fernando volvió a desaparecer. Alicia se sentó en un banco que estaba a la vista de Fernando, si pasaba algo debían reaccionar rápidamente. Abrió un libro con la intención de leer hasta que llegase Álvaro, pero solo sus ojos estaban posados en las páginas; sus pensamientos seguían ensayando el discurso. Ya pasaban unos minutos de las once, Alicia empezaba a ponerse muy nerviosa, pero pensaba estar allí hasta que Álvaro llegase, porque estaba segura que iría. Cerca de las once y media estaba decidida a irse, cuando le vio venir; al principio no le reconoció muy bien, aquellos dos años sin verse habían dejado huella en él.
-Hola -se levantó a saludarle- ¿cómo estas?
-Alicia, dime lo que me tengas que decir. Supongo que no has venido a quedarte… ¿verdad?
-Álvaro, por favor, sentémonos y hablemos tranquilos un rato -ambos se sentaron en el banco algo distanciados- No, no he venido a quedarme… Álvaro, tú y yo sabemos que no puede ser; incluso cuando convivíamos lo sabíamos aunque tratásemos de no mencionarlo… Álvaro, fue un error aceptar esa convivencia que solo nos dañó a los dos; y la culpa es de los dos. Tú aceptaste esa situación tanto como yo.
-Eso es cierto; puede que mi amor hacia ti fuese demasiado grande y no me importase compartirte con alguien que estaba lejos y que después… Bueno, que después fusilaron…
-Álvaro, los dos sabemos que no es así. -Alicia todavía se estremecía al recordar los momentos posteriores al fallido fusilamiento de Fernando- ¿Sabes? Los últimos meses me he preguntado por qué nunca me dijiste lo que hablaste con Fernando cuando él fue a buscarme a tu casa y descubrió que tú me querías.
Álvaro no supo qué contestar, no entendía a qué venia aquello.
-¿Cómo sabes eso?
-Fernando cuando vivía en París me escribía cartas que no me mandaba -en realidad, fue el propio Fernando el que se lo contó durante el tiempo que llevaban juntos- Cuando volví a París pude leer esas cartas…
-Alicia… Lo siento de verdad, el amor que sentía por ti no me hizo ser el mejor hombre del mundo…
-No te estoy reprochando nada, de verdad; ni siquiera creo tener ese derecho. Pero quisiera entender por qué a mi me animabas a irme con él mientras que a él le sermoneabas para que me dejase en Madrid… Necesito entenderlo, y creo que tú también; creo que necesitas entenderlo para saber qué clase de sentimiento tenías hacia mi.
-Alicia, no me ofendas; no tenía, tengo y sé perfectamente qué clase de sentimiento tengo hacia ti. Es amor, aunque tú lo desprecies…
-Contéstame lo que te he preguntado.
-¿Por qué? ¿Qué importancia tiene lo que hice o deje de hacer hace más de cinco años?
Alicia esperó callada, no pensaba volver a hablar hasta que él contestase a su pregunta; Álvaro se sintió incómodo ante aquel silencio y al fin se decidió a hablar.
-No sé, supongo que contigo no quería criticar a Fernando, sabía que le defenderías ante cualquier argumento mío… Y sí, supongo que me sentí superior moralmente a Fernando y por eso me atreví a echarle en cara su comportamiento. No me siento orgulloso de ello, pero sentía que lo único que te alejaba de mi era Fernando y que encima lo hacía a punta de pistola… Y supongo que pasado el tiempo no quise contártelo porque temí tu reacción, porque sabía que te pondrías de su lado y pensarías que por mis reproches hacia él, te dejo aquí en Madrid. Y tenía miedo de que me dejases, de que pensases mal de mí…
-Bueno, no ha sido tan difícil ¿no? A pesar de todo, no puedo echarte nada en cara… Supongo que, al igual que Fernando, creías que eso era lo mejor para mi. Los dos os equivocasteis, pero al menos él tenía una razón muy dolorosa para tomar las decisiones que tomó… Aunque ese no es el tema; Álvaro, estoy segura de que tú no me quieres… Quiero decir, claro que me quieres, pero no me amas. Si me amases, no hubieses tenido miedo de mis reacciones, no hubieses tenido que ocultarme ciertas cosas… Supongo que en mi veías esa esperanza que da la juventud, esa alegría, además, al descubrir quien era mi padre empezaste a mirarme con otros ojos… Para ti fui algo así como tu obra, tu creación; nuestra relación se basaba en los estudios y en que me convirtiese en una alumna excelente, nada más. El caso es que no creo que sintieses amor, el amor es un sentimiento entre iguales, entre personas que no se tienen miedo, que saben que digan lo que digan no molestarán a la otra persona… No pretendo culparte de nada, pues la primera culpable soy yo. Pero quiero que entiendas por qué no podías hablar conmigo con total sinceridad…
-¡Ya está bien! ¡Estoy seguro que tu adorado Fernando nunca fue sincero contigo en cuanto a su vida!
-Álvaro, no intentes desprestigiar a otro porque tú te hayas equivocado… Te estoy diciendo que nos equivocamos los dos; bueno, incluso los tres. Fernando también se equivocó, pero sus razones son tan dolorosas como para entender que tomase ciertas decisiones… -Álvaro quiso hablar- No, no voy a explicarte más de Fernando… La única explicación que necesitaba de ti, ya la tengo. Creo que ahora es mi turno para explicarte todo lo que en su día ni supe ni pude explicarte. Cuando conocí a Alberto estaba mal, no me apetecía nada, solo quería que los días pasasen de largo; sabes que el fusilamiento de Fernando me afectó muchísimo… Y, aunque tú no tenías la culpa, lo pague contigo, alejándome de ti y de Pedrito… Me arrepiento mucho de ello, Álvaro, de verdad; aunque mi amor fuese Fernando, a ti siempre te tuve cariño y admiración. Pero a partir de aquel momento algo cambió… La convivencia se me hizo insoportable y al conocer a Alberto encontré una oportunidad para alejarme de todo, de los malos recuerdos, de un país al que odiaba y de un marido al que estaba atada de por vida… Sé que debí actuar de otra forma, dar la cara, te merecías eso; pero no pude, así que me fui dejándote una carta. Te pido perdón, espero que algún día llegues a recuperarte.
-¿Y lo del certificado de defunción?
-Bueno, cuando pasó un tiempo, supe que debía dejarte libre del todo… Te lo debía, así que me cambié el nombre e hice el certificado.
-No creo que pueda perdonarte… Sé que yo también me he portado mal contigo, pero a mi me duele lo que tú has hecho… -de repente. Álvaro cambió de tema e hizo la única pregunta por la que había acudido aquella mañana a su encuentro. En el fondo aún tenía esperanzas de que ella volviese - Mi madre me ha dicho que cree que has rehecho tu vida con otro hombre ¿es cierto?
-No creo que deba contestarte… Es mi vida y, bueno, aunque durante un tiempo formases parte de ella, ya no.
-Alicia, al menos me merezco la verdad…
-Está bien, sí, tengo pareja.
-¿Y por qué con él si y conmigo no? Pensé que te fuiste porque no olvidabas a Fernando…
-Álvaro… -sabía que en ese punto no podía serle totalmente sincera- Es complicado; no, nunca olvidaré a Fernando, pero la vida sigue y… Bueno, no creo que nadie pueda explicar por qué se enamora de otra persona…
-La última cosa… ¿Por qué has vuelto a España? ¿Ha sido por ese hombre? ¿No corres peligro aquí después de haberme mandado el certificado?
-Eso también es complicado… Aquí estoy con nombre francés, y bueno tan solo me quedaré unas semanas; he venido con una amiga que necesitaba mi apoyo y no pude negarme.
Era mejor mentirle, aunque no se sintiese bien al hacerlo; no podía contarle nada. Estuvieron hablando unos minutos más, sobre Pedrito, sobre Doña Marcela, sobre la universidad… Fue Álvaro el que puso fin a aquel encuentro.
-Supongo que no volveremos a vernos…
-No, no creo que eso suceda… Y puede que sea mejor así.
-Si, puede que sí…
-Álvaro, aunque no me creas, yo te he querido; te he querido como amigo, como profesor, como compañero… A pesar de todo, has sido muy importante en mi vida.
-Sí…
Álvaro se acercó a abrazarla, ambos sintieron ese abrazo como sincero y se regalaron el uno al otro un último recuerdo bonito de aquella historia tan rara y tan amarga que habían compartido.
Vio como él se alejaba, y sería la última vez que le vería; Álvaro tardaría en recuperarse, pero con el paso del tiempo volvería a centrarse en sus alumnos, en la pasión por las clases. Algunas veces envidiaría el ímpetu de Alicia, la fuerza para salir adelante, para enfrentarse a las cosas… Él nunca sería así, quizá por eso seguía dando clases cuando la mayoría de profesores habían sido depurados por expresar sus ideas contrarias al régimen. Aún así, se volcó en esas clases y en los alumnos a los que año tras año impartía clases. Nunca rehizo su vida sentimental, no se sentía muy cómodo en las relaciones sociales así que prefirió dedicar ese tiempo a recuperar la relación con su hijo.
 
 

Capítulo XXV

  
Lunes, 11 de octubre de 1954
 
Quedaban tres días para llevar a cabo la operación, se notaba que el momento cada vez estaba más cerca. Desde que Alicia se despidió de Álvaro, notaba que se había quitado un peso de encima; se sentía en paz con su pasado y ahora sí que podría seguir adelante. La relación con Fernando seguía igual, cada momento era único y lo disfrutaban como si fuera el último. No tenían nada seguro, tenían seguridad en el plan pero no podían dar nada por supuesto; así que aprovechaban cada día al máximo, como habían hecho en el pasado. Durante aquel tiempo, Alicia solía recordar la respuesta de Fernando ante una pregunta suya cuando fue a buscarle a casa de Luisa “Pero ¿y nosotros? ¿Qué hay de nosotros, Fernando? ¿Cuándo podremos estar juntos, sin miedos y sin prisas? ¿Y cuando podremos tener nuestra casita?” “Vete haciéndote a la idea, Alicia; la vida conmigo tiene más incertidumbres que certezas”. Y, aunque en aquel momento no había comprendido del todo a Fernando, ahora se daba cuenta a qué se refería. No era su ideal de vida, pero sabía que tampoco podría vivir ajena a lo que le pasaba a la gente en esa España gris en la que ahora vivía. Aunque su felicidad no fuese del todo segura, se sentía mucho más feliz que si estuviese todavía con Álvaro o si estuviese en París sin saber que Fernando vivía y sin comprometerse con sus ideas. Ese tipo de vida era muy dura, pero su conciencia le empujaba a comprometerse y a luchar sin importar las consecuencias. Al fin y al cabo, si le pasaba algo sabía que sería intentando conseguir un mundo más justo.
Preparando la misión, Fernando se había vuelto a topar con Natalia, la mujer de Federico; habían estado charlando un par de veces y recordando viejos tiempos. Ella seguía en la lucha; de hecho, era una de las personas que ayudarían en el contraataque de los maquis. Además, Fernando y Alicia contaban con la ayuda de Cristian, quien les había confesado que había descubierto quienes eran y que estaba dispuesto a ayudarles. Al principio, negaron todo; pero después, supieron por su contacto que Cristian sí era de fiar. Casualmente le habían conocido antes de tiempo porque, según les dijo su contacto, él sería quien les iba a ayudar si algo salía mal. A quienes no pudieron contarles nada fue a Ricardo y a Laura; sabían que también eran de fiar, pero cuanta menos gente estuviese al tanto de sus planes mejor.
Las últimas dos semanas se les habían pasado volando, sin apenas enterarse; habían tenido algunas salidas con Ricardo y Laura, algunas salidas en pareja y, para su fastidio, Alicia también había tenido tres o cuatro salidas con Mercedes. Pero ahora que se acercaba la fecha empezaban a notar que la impaciencia podía con ellos; Fernando se controlaba más que Alicia, aunque ella estaba aprendiendo a controlarse y a esperar. Ese lunes habían invitado a Ricardo y a Laura a comer en casa; desde que sabían quién era Cristian ya no tenía sentido tenerle encerrado. Se lo habían pasado muy bien y, aunque la pareja no sabía nada, también pudo sentir esa atmósfera de despedida que estaba en el ambiente. Decidieron que ya era hora de saber quienes eran en realidad esos amigos que habían ayudado a Cristian sin dudar así que fue Ricardo el que tomó la iniciativa.
-Ernesto, Anne; sabemos que hay algo que nos ocultáis… Sabemos que es vuestra obligación ser discretos y no desvelar a nadie los planes… Pero también sabemos que esto es una despedida, que quizá no volvamos a vernos. -Fernando y Alicia se ponían nerviosos por momentos- Si es así, nos gustaría saber quiénes sois, nos gustaría poder ayudar en algo… Y, bueno, Cristian sabe que somos de confianza; a él le conocemos muy bien y sabemos que él también nos oculta algo.
-Lo siento, Ricardo; -fue Fernando el que habló- sé que podemos confiar en vosotros, pero también sé que entenderéis que no os contemos nada… Sería arriesgado, y más a estas alturas; ya no hay nada por hacer y sería absurdo involucrar a más gente.
La conversación quedó ahí; pero aquella noche, cuando la pareja se fue, Fernando habló con Cristian.
-Sabes que no podíamos contarles nada…
-Sí, lo sé, y ellos lo entienden; por eso me ha extrañado que Ricardo se haya atrevido a preguntar.
-Bueno, no importa… Lo que quiero decirte es… Bueno, tú sabes todo, y no te irás de España, te quedarás aquí al menos algunas semanas más que nosotros… Quiero pedirte que, una vez que haya acabado todo y haya salido bien, les expliques a Ricardo y a Laura todo…
-Pero Fernando -Alicia se asustó- aunque todo haya acabado bien, es mejor que nadie sepa nada ¿no? Si por algún motivo descubren que éramos unos infiltrados y nos relacionan con Ricardo y Laura, sería mejor que ellos no supiesen nada ¿no?
Sí, Alicia tenía razón; le sorprendió que fuese ella precisamente la que le recordase las reglas. Pero en aquel momento, quería, por una vez, poder ser una persona normal.
-Alicia, tienes razón… Y me gusta que, después de todo, hayas entendido que las cosas son mejor así -la abrazó muy fuerte- Pero estoy cansado de engañar a la gente que quiero… Creo que por una vez nos podemos permitir este pequeño error.
Alicia sonrió, empezaba a comprender que a Fernando también le costaba aquello, que tenía sentimientos y que muchas veces le vencía el corazón en vez de la cabeza. En ese momento, volvió a recordar parte de las palabras que Fernando le escribió cuando en el piso franco estuvo al borde de la muerte. “Recuerdo tu mirada cuando descubriste que tenía las manos manchadas de sangre… Créeme Alicia, créeme cuando te digo que no tuve elección. No soy un animal desalmado Alicia, la muerte de Jesús vive en mi conciencia debatiéndose entre la paz del deber cumplido y el tormento de pensar que nadie tiene el derecho de arrebatar la vida a otro ser humano. Con ese dolor he de vivir, Alicia”.
Aquella noche, durmieron tranquilos; sería la última noche tranquila de las que les quedaban en España.
 
 
 
 
Capítulo XXVI

 
Alicia se despertó muy pronto, sentía ganas de vomitar; sin apenas hacer ruido fue al baño. Cuando volvió a la habitación, Fernando estaba despierto, se notaba que estaba preocupado.
-¿Estás bien? Alicia, no te preocupes, todo saldrá bien…
-No es eso… No sé, me siento mal, como si estuviese agotada… Supongo que serán los nervios, además llevamos unos días que…
No pudo terminar la frase porque se desmayó; Fernando corrió a su lado, estaba asustado y no sabía qué hacer. Al cabo de unos instantes Alicia volvió en sí.
-Deberíamos ir al médico, podría pasarte algo…
-No seas tremendista Fernando… -no podía permitirse fallar en aquel momento, fuese lo que fuese, tendría que esperar a que volviesen a Francia- Solo son nervios; en cuanto pase la misión estaré bien.
-No, Alicia; iremos a ver a un médico…
En ese momento Alicia recordó algo; hacía un par de semanas que tendría que haberle venido el periodo… Pero no podía ser… Bueno, poder ser si podría ser, pero no era lo que necesitaban en aquel momento. No quiso decirle nada a Fernando, no sabía cómo podía reaccionar. Lo que no pudo hacer fue convencerle de no ir al médico; así que a mediodía se encontraban en la sala de espera de la consulta médica del Doctor Salcedo que era un amigo de Ricardo. Alicia estaba muy nerviosa; ya estaba casi segura que lo que le pasaba era que estaba embarazada y no sabía cómo afrontar aquella situación. Nunca habían hablado del futuro que tendría en París; aunque ambos sabían que no se iban a separar, nunca hablaron de tener hijos ni nada por el estilo… Además, ella no estaba segura de querer tener un hijo en ese momento; acababa de terminar la carrera, acaba de empezar a luchar en la clandestinidad… Con un hijo todo se complicaría…
-Señora Delacy, su turno.
Ambos se levantaron y pasaron a la consulta. Después de explicarle los síntomas que tenía, el doctor Salcedo quiso examinarla.
-Bueno Anne, lo que le pasa es lo más normal del mundo. No se preocupen, con cuidarse un poco más no tendrá ningún problema.
Alicia lo entendió perfectamente, pero Fernando no sabía de qué estaba hablando el doctor.
-¿Pero qué es lo que le pasa? ¿Tendrá que guardar reposo? ¿Por qué tendrá que cuidarse más? Lo siento doctor pero no entiendo nada…
-No se preocupe, yo le explico… O bueno, que lo haga su mujer que supongo que sabe a qué me refiero…
-Sí, doctor… Verás Ernesto, lo que el doctor quiere decir es que durante unos meses tendré que cuidarme pero que pasado ese tiempo… Bueno, que estoy embarazada…
La voz de Alicia se había convertido en un susurro; Fernando pudo escucharla aunque no se creía lo que acababa de decir Alicia.
-¿¡De verdad!? ¡Eso es maravilloso! ¡Un bebé nuestro!
-Sí, pero no es el mejor momento…
Alicia no estaba segura de nada, aunque la reacción de Fernando la ayudaba a tranquilizarse. Fernando estaba feliz de verdad; en realidad nunca se había planteado seriamente ser padre, sabía que con el tipo de vida que llevaba no se lo podía permitir; pero ahora que ya era un hecho… Se sentía feliz; y aunque también sentía miedo no quería trasmitírselo a Alicia.
Salieron de la consulta y ambos estaban desconcertados; no sabían qué decirse así que hicieron el camino de vuelta a casa en silencio pero el uno pegado al otro. Era un día apacible y tranquilo, corría una suave brisa que aligeraba el calor del sol de mediodía; ambos se sintieron a gusto paseando tranquilamente hasta casa. Al llegar, Cristian tenía la mesa puesta y estaba esperándoles para comer; también estaba preocupado por Alicia así que no esperó para saber qué le pasaba.
-Alicia ¿estás bien? ¿Cómo te ha ido con el médico?
-Sí, no te preocupes Cristian… Solo es que… Que estoy embarazada.
-Me alegro que no sea nada malo… Enhorabuena.
-Gracias… ¿Podrías dejarnos un momento solos?
-Sí, claro.
Cristian se fue a su habitación; no sabía si aquella situación cambiaría las cosas y creía que no debía entrometerse.
-Fernando… Estoy asustada…
-No te preocupes; te prometo que no va a pasarte nada… Bueno, -se acercó a ella y le acarició el vientre- ni a ti ni a nuestro hijo.
Alicia le besó, pero seguía sin tener nada claro.
-Fernando, yo no sé si estoy preparada para ser madre… De hecho, ya había asumido que nunca sería madre… Y ahora no es la mejor situación para estar embarazada…
-Alicia, todo va a ir bien; es verdad que no es la forma que habríamos elegido para ser padres pero ya no se puede hacer nada. Además, sé que serás la mejor madre del mundo… Y yo espero estar a la altura…
-Estoy segura que serás el mejor padre que podría tener nuestro hijo.
Se abrazaron fuerte; Alicia quería creer lo que decía Fernando pero tenía miedo, a partir de ese momento ya nada sería igual, ya no solo podía pensar en ella, en lo que quería… Tendría que pensar en el bienestar de su hijo y protegerle por encima de todo; lo más importante para ella era que pasaran cuanto antes aquellos últimos días en Madrid. Quería regresar a París y sentirse a salvo.
Pasaron la tarde solos paseando por Madrid; procuraban no estar en sitios con mucha afluencia de gente ni en sitios donde alguien pudiese conocerles. La tranquila y soleada tarde invitaba a pasear, a soñar, a las confidencias… Evitaron el tema de la misión y el viaje que al día siguiente tenía que hacer Fernando; debía viajar a Cantabria para dirigir la operación y hasta pasados dos días no volverían a verse. Aunque no era mucho tiempo, no querían separarse; además Fernando sabía que Alicia necesitaría estar acompañada después de saber que estaba embarazada. Evitaron hablar de todo lo que rodeaba a la misión, pero no de su futuro hijo o hija…
-Sabes, creo que será una niña preciosa –Fernando tuvo ese presentimiento desde que supo que sería padre- y que se parecerá muchísimo a ti…
-No, tiene que parecerse a ti; me da igual que sea niño o niña pero tiene que tener tu sonrisa, tus ojos, tu mirada… Tiene que ser igual a ti…
-¡Pobrecilla entonces! –Fernando se sentía muy feliz y no podía dejar de bromear- No quiero que después me odie por ser tan fea… -ambos soltaron una carcajada- Está decidido, se tiene que parecer a ti.
-¡Qué bobo! Si se parece a ti será guapísima.
Todas sus conversaciones giraron en torno al bebé; ambos se sinceraron y reconocieron que ya habían asumido no ser padres. Pero a la vez, se sentía muy felices los dos; y aunque solo Alicia reconocía que tenía miedo, los dos lo sentían. Aquella noche ninguno de los dos pudo dormir; se había juntado la incertidumbre de separarse y enfrentarse a la misión con el miedo de ser padres y no saber si ambos sobrevivirían. No dejaron de hablarse o besarse o abrazarse en toda la noche; querían aprovechar hasta el último minuto antes de tener que volver a separarse. Ninguno de los dos quiso verbalizar su miedo, ninguno quiso que esos miedos fuesen más reales de lo que eran; vieron amanecer juntos y abrazados.
-Alicia… Si algo sale mal, si…
-No, Fernando; -no le dejó continuar- nada va a salir mal. No pienses en eso.
-Escucha, de verdad. Quiero que me prometas que no correrás riesgos; que harás lo que Cristian diga para salir de España cuanto antes. Ahora lo más importante sois el bebé y tú…
-Fernando, no voy a irme de aquí sin ti…
-Por favor, solo por esta vez… Hazme caso; quiero que si hay algún peligro te pongas a salvo sin pensar en nada más.
-No pienso irme si tú no vienes conmigo.
-Alicia –posó una mano en su vientre- yo ya voy contigo.
-Te quiero.
-Yo también te quiero.
Se besaron, fue un beso amargo; en ese momento Fernando tenía que irse a coger el autobús. Se dieron un último abrazo y salió de casa dejando tras de sí incertidumbre y miedo.
 
 
  
 
Capítulo XXVII

 
Santander, miércoles 13 de octubre de 1954
 
Lo primero que hizo cuando llegó fue llamar a casa de Laura y Ricardo porque sabía que Alicia estaría allí esperando la llamada. Hablaron poco rato pero lo suficiente para quedarse tranquilos durante unas horas. Fernando le contó que ya estaba todo preparado y que en cuanto se presentase a los militares de la ciudad se pondrían en marcha; pero Alicia sabía que no era cierto. El plan era que en unos minutos, los maquis Juanín y Bedoya junto a decenas de contactos y enlaces asaltasen el cuartel para impedir la operación. Además, secuestrarían a Fernando y así podrían preparar la huida a Francia sin ninguna sospecha. Lo más complicado era la huida de Alicia pues se suponía que habrían secuestrado a su marido y no tendría ganas de nada. Sabían que a partir de que Alicia desapareciese de Madrid, todos comprenderían que Fernando y ella eran los traidores y quienes avisaron a los maquis. El plan de huida de Alicia consistían en volver a Baztán; allí tendría que esperar a que llegase Fernando, pero solo podría esperarle durante dos días. Si en dos días no había llegado, debía volver a París porque podría haber peligro. Ella saldría de Madrid por la noche; después de decirle a Mercedes que prefería estar sola y que solo la visitase si había noticias de su marido. No sabían si daría resultado esa excusa, pero por lo menos serviría por unas horas.
 
Estaban preparándose para entrar en acción cuando se vieron rodeados por decenas de hombres y mujeres armados. Los altos mandos, Fernando incluido, se pusieron a maldecir y a gritar a los soldados para que redujesen a los hombres. Pero los militares no pudieron hacer nada, en unos minutos estaban cercados por ese pequeño ejército y desarmados. Pasó una media hora hasta que se fueron del cuartel dejando a todos atados y llevándose todas las armas que se encontraron; además destrozaron todas las vías de comunicación posibles. Por último, hicieron ver que elegían al azar a un alto mando aunque desde el principio sabían a quién iban a llevarse. Apuntaron a Fernando para que se levantase y salieron rápidamente.
 
Cuando estaban lo suficientemente lejos, se pararon a descansar unos minutos; todos estaban exaltados, todavía corría la adrenalina por su cuerpo. Aunque no se conocían de nada, Juanín y Bedoya hablaron a Fernando con toda la confianza del mundo; solo le conocían de oídas pero desde que conocieron algunos detalles de la misión en la que Fernando había sacado de España a uno de sus compañeros, le admiraban sinceramente. Fernando enseguida sintió afecto por aquellos dos hombres que seguían resistiendo en el norte de España a pesar de que no contaban con recursos. Se sintió más cerca de Juanín; no solo por edad sino porque él también había luchado en la guerra mientras que Bedoya era más joven y no había pasado por ese horror. Aunque la historia de Bedoya también era terrible y le conmovió; solo por ayudar a los maquis, a él y a su familia les hicieron la vida imposible. Cuando estaba punto de salir de la cárcel quemaron su casa familiar como castigo a sus ideas. En realidad, aquellos dos hombres eran un claro ejemplo de lucha en esos tiempos tan difíciles.
Pasaron la tarde huyendo hacia las montañas; la mayoría de contactos y enlaces se había dispersado hacia sus lugares de origen, solo quedaban Juanín, Bedoya, Natalia, un par de chicos jóvenes y Fernando. Natalia era quien acompañaría a Fernando hasta Baztán; los chicos jóvenes iban hacia Asturias y Juanín y Bedoya iban hacía uno de sus muchos escondites. Durante la huida, Fernando conoció detalles de la vida en la montaña, de lo duro que se estaba volviendo todo, de que casi no podían contar con gente…
-¿No habéis pensado en pasar a Francia? Por lo que contáis aquí ya ni siquiera podéis sobrevivir… Por lo menos podríais vivir tranquilos…
-No, eso nunca –fue Juanín el que habló, Bedoya parecía más reservado- ¿Y por qué nos vamos a marchar? ¿Ya nadie se acuerda de lo que ha pasado en España? Nosotros estamos luchando por una causa justa, y esperamos que el Gobierno cambie de una puta vez para poder vivir aquí libremente. ¿Por qué vamos a tener que marcharnos? ¡El Gobierno es que tendría que marcharse! ¡A qué fin somos nosotros los que tenemos que irnos! Luchamos por nuestros ideales, y solo luchando se cambian las cosas.
Fernando no supo qué contestar; Juanín tenía razón e incluso él era así; aunque en ese momento solo podía pensar en Alicia y en el bebé que estaba esperando. Pero comprendía perfectamente a aquel hombre dedicado en cuerpo y alma a la lucha. Sabía que él tenía que volver a Francia; no podía permitirse poner en peligro a Alicia y a su hijo así que tenía decidido que su futuro estaba en París.
Aquella noche la pasaron al aire libre, mientras Juanín y Fernando vigilaban, Bedoya y Natalia dormían; aunque en realidad ninguno pudo dormir e hicieron la vigilancia los cuatro juntos. La noche era tranquila y todo estaba en calma; Fernando y Natalia se pusieron al día sobre sus vidas y a ella le alegró saber que por fin se había atrevido a vivir el amor que sentía por Alicia. Natalia acababa de empezar una relación con un compañero; y después de tantos años en la lucha habían decidido exiliarse a Francia. Cuando empezaba a amanecer se despidieron; Fernando y Natalia debían emprender el viaje a Baztán mientras que Juanín y Bedoya debían volver a su escondite.
-Gracias por todo compañero; -siempre era Juanín el que llevaba la voz cantante- espero que todo te vaya bien…
-De nada, gracias a vosotros… Sois un ejemplo de lucha y compromiso. Mucha suerte compañeros; espero que volvamos a vernos cuando todo esto haya cambiado…
Juanín y Fernando se dieron un abrazo sincero, después Fernando dio un apretón de manos a Bedoya y, junto a Natalia, emprendió el camino hacia su nueva vida.
 
 
Madrid
 
 
En el mismo momento en que Fernando emprendía su huida desde Cantabria, Cristian y Alicia emprendían la suya desde Madrid. Ellos tardarían menos porque viajaban en un autobús de línea mientras que Fernando y Natalia lo hacían a pie o en carromatos de vecinos. Alicia estaba muy nerviosa, había tenido molestias durante todo el día, sabía que la suerte estaba echada y necesitaba que todo pasase ya. Cristian la acompañaría hasta Baztán y después volvería a Madrid; aunque no sería por mucho tiempo porque su huida estaba programada para dentro de menos de un mes. Antes de irse había estado con Mercedes, quien había aceptado que quisiese estar sola llorando el secuestro de su marido; de momento nadie sospechaba de ellos. En cuanto subió al autobús se quedó dormida; había intentado seguir despierta, pero la noche anterior no había dormido nada y el cansancio la estaba pasando factura. Cristian la dijo que podía dormir tranquila, que él estaría atento; solo había pretendido descansar unos minutos, pero cuando se despertó ya llevaban medio camino recorrido. A falta de unos kilómetros para llegar a San Sebastián hubo un registro policial; Alicia ya podía controlar sus nervios perfectamente. En unos minutos retomaron el viaje sin ningún contratiempo más; al llegar a San Sebastián debían esperar dos horas hasta coger el autobús hacia Baztán. En ese tiempo pudieron oír por la radio el asalto al cuartel y supieron que no habían detenido a ningún implicado. Alicia se tranquilizó un poco aunque hasta que no volviese a abrazar a Fernando no podría descansar. El viaje en autobús hasta Baztán fue muy tranquilo; no hubo ningún problema. Además, había una mujer joven con un bebé y Alicia la ayudó durante el viaje a darle de comer y a dormirle. Cuando tuvo a Adriana en sus brazos supo que no había mejor sensación que la de tener en brazos a una preciosidad como aquella. Fue en ese momento cuando supo sin ninguna duda que quería ser madre y que ya no tenía dudas.
 
 
 
 
Capítulo XXVIII

 
Acababa de llegar a la casa donde tenía que esperar a Fernando; Cristian ya se había vuelto a Madrid, así que allí estaba ella sola con sus miedos. La casa le pareció mucho más angosta que la primera vez que la vio, sabía que solo era una percepción pero junto a Fernando aquella casa le había parecido pequeña pero con encanto. Debía serenarse y no impacientarse; durante aquellos dos días tendría que superar su miedo para poder llevar a cabo la última parte de la huida. En ese momento solo podía pensar en volver a ver a Fernando; las noticias sobre la operación eran buenas, pero en cualquier momento podrían coger a Fernando y terminar de un golpe con su futuro. No dejaba de pensar en la promesa que le había hecho a Fernando antes de despedirse de él; si Fernando no llegaba ella tendría que partir a Francia sola y muerta de miedo. Como no podía ser de otra manera; en esos momentos de soledad recordó algunos de los momentos que pasó junto a Fernando cuando estaban en el piso franco. Acababa de recordar el momento en el que, después de escapar de casa de sus tíos, ella estaba triste y Fernando hizo que se olvidase de sus miedos haciéndola burla y cosquillas. “Esto es precisamente lo que estaba buscando, verte reír un poco” “¿Tan triste te parecía?” “Bueno… Antes cuando estabas mirando por la ventana un poquito…” “Pues no lo estoy; estoy bien, a gusto” “Ya… Y hasta cuándo es lo que te preguntas ¿no?” “Y me respondo: hasta cuando tenga que ser. Dejemos de hablar de esto ¿quieres?” La verdad era que en ese momento echaba mucho de menos aquellos instantes junto a Fernando; él siempre sabía cómo hacer que se olvidase de la situación tan difícil en la que estaban. Justo después Fernando se había replanteado la situación en la que se encontraban, “Es que me parece increíble… No sé cómo he podido hacer algo así…” “¿Algo como qué?” “Pues como embarcar en mi nave, una nave que hace aguas por todas partes… A una niña… Es que es para pegarme bofetadas” “¡Oye! Retira eso de niña” “Alicia, no te ofendas; pero para mí lo eres…” “No, ya no lo soy; ni para ti ni para nadie” “Para el calendario sí…” “No, ni siquiera… Porque mañana señorito, mañana mismo cumplo diecinueve años” “¡No! ¿Es tu cumpleaños?” “Si” “Joer, pues menudo tugurio para cumplir años…” “Para mí, hoy por hoy el mejor sitio del mundo” En ese momento Alicia había cogido un cojín y habían empezado otra vez con las cosquillas. ¡Cuánto le hubiese gustado en ese momento estar acompañada de Fernando! Siempre se las ingeniaba para que ella no se preocupase, nunca había permitido que ella sufriese las consecuencias de no saber qué sería de ellos. De hecho, Fernando siempre se preocupaba cuando estaba solo; recordaba las noches que pasó en el piso franco… Cuando se despertaba, Fernando ya estaba preparando la huida y los planes; lo mismo había pasado cuando estaban los dos juntos en Baztán o cuando preparaban la operación en Madrid. Siempre admiró a Fernando; al principio de conocerle no sabía por qué, pero cuando descubrió quién era fue admirándole más y más. Y ahora que le conocía perfectamente, se asombraba de todo lo que era capaz Fernando… De estar en su piel, ella no sabría si podría seguir luchando; Fernando había perdido a tantas personas importantes en su vida que sería normal que no quisiese vivir, ni luchar, ni sentir…
No sabía muy bien cómo interpretar lo que estaba sintiendo; era una mezcla de nostalgia, tristeza, miedo, alegría… Pasase lo que pasase, a partir de ese momento ya no estaría sola; siempre tendría un bebé por el que luchar. No quería pensar en no volver a ver a Fernando; pero si eso pasaba, al menos aquella vez tendría algo a lo que agarrarse. Había pasado el día ordenando la casa, leyendo algún libro y escuchando la radio; aunque apenas se comentaba nada del asalto al cuartel, supo por un par de comentarios que no habían cogido a ninguna persona que participase en él. Aún así, no podía estar tranquila; Fernando estaba cruzando montañas, pueblos o ciudades clandestinamente y en cualquier momento podrían descubrirle. Sabía que a Fernando le acompañaba Natalia; apenas conocía a esa mujer, pero Fernando le había contado algo de su vida, sabía que lo había pasado muy mal. Siempre que hablaban sobre Natalia, ella recordaba la única vez que se vieron, cuando ella le contó dónde estaba Fernando. “Alicia Peña ¿verdad?” “¿Quién es usted?” “No tengo mucho tiempo, vayamos a hablar allí…” “Espere un momento no…” “Soy amiga de Fernando” “¿Está bien? ¿Sabe usted dónde se encuentra?” “Escúchame atentamente, yo no tengo mucho tiempo, mi vida corre peligro… Y la de Fernando también” “¿Dónde está?” “Aquí” “¿Está herido?” “Necesita cuidados médicos, yo he hecho lo que buenamente he podido, pero si no le ve un doctor podrían empeorar las cosas. Aquí encontrará la dirección del piso y el lugar dónde están escondidas las llaves. Como ya le he dicho, yo tengo que marcharme, desaparecer. Usted es la única persona a la que puedo acudir; Fernando confía en usted” “¿Y qué quiere que haga yo?” “Eso es algo entre usted y su conciencia. Eso sí, si Fernando no recibe ayuda pronto, probablemente morirá. No tengo que decirle los riesgos a los que se enfrenta si decide ayudarle” “Oiga yo no…” “Sé que tendrá muchas preguntas que hacerme; lo siento, no tengo tiempo para convencerla. Deberá confiar en mí, en mi palabra” “Dígame algo, una cosa que al menos pueda convencerme. Si conoce a Fernando sabrá algo más que mi nombre ¿no es así?” “Ha de confiar en mí… Sí, una cosa; el día que os despedisteis tú derramaste un cazo con leche. Sé que no es mucho; pero nadie más tendría por qué saber esto. Me tengo que ir; no puedo arriesgarme más de lo que ya lo he hecho. Suerte Alicia”. Si Natalia no llega a mencionar el cazo de leche; quizá no la hubiese creído y quizá no habría vuelto a ver a Fernando… Menos mal que decidió arriesgarse a ayudar a Fernando; gracias a él conocía el lado más feliz de la vida, aunque también el más triste… En aquellos momentos no dejaba de recordar la despedida junto al camión y cómo se sintió después de que Fernando desapareciese de su vida. También recordaba los momentos previos al fallido fusilamiento de Fernando; su vida se acababa de desmoronar, esos días fueron los peores de su vida. Recordar esos momentos hizo que se llenase de fuerza y optimismo; si sobrevivió a aquello, sobreviviría a todo lo que pudiese sucederle. Además, ahora tenía a alguien más por quien luchar.
 
 
Era noche cerrada, pero no podían pararse ni un momento; por la noche era más fácil moverse por las montañas sin ser visto. Habían pasado la tarde en un pueblo sin llamar mucho la atención así que en ese momento debían darse prisa y no perder ni un segundo. Según los planes de Fernando, iban algo atrasados en el camino; iban unos veinte kilómetros por detrás de lo previsto. Debían recuperar el tiempo perdido así que no podían entretenerse; deberían llegar al día siguiente por la noche, sino Alicia se marcharía sola a Francia. No pasaría nada si cada uno cruzaba la frontera por su lado, pero no quería que ella corriese ningún peligro y prefería controlar él mismo la situación. Acababan de llegar a un pueblo pero tuvieron que bordearle porque sería muy arriesgado atravesarle; tanto Natalia como él tenían experiencia en huir sin dejar rastro. No pudo evitar acordarse de Andrea y de la huida en que la ayudó… ¡Cómo sentía la pérdida de Andrea! Y por más que Antonio le dijese que no era culpa suya, él se sentía muy culpable; siempre se sentiría así, igual que le pasaba con Belle. Pero no era momento de pensar en eso, debía concentrarse en la huida y en conseguir llegar a su destino. De repente escucharon unos ruidos; se escondieron y pudieron ver a una pareja de guardias civiles de patrulla. La situación era muy peligrosa, estaban obligados a pasar por el lugar donde estaba los guardias sino, no podrían continuar su huida. Decidieron que Natalia les entretuviese mientras Fernando se acercaba por la espalda para dejarles inconscientes y amordazados. Todo estaba saliendo bien, pero uno de los guardias reaccionó a tiempo y sacó su pistola; Fernando también sacó la suya. Ambos dispararon pero solo uno de ellos dio a su objetivo. Fernando tuvo más reflejos que el guardia, este cayó hacia atrás malherido. Desde el suelo y justo antes de morir volvió a disparar su pistola; la bala rozó a Natalia en el brazo. La herida era superficial pero ambos se asustaron; Fernando, después de amordazar al otro guardia civil, registró el coche de los guardias y encontró un maletín con todo lo necesario para atender a Natalia. Reanudaron su camino sin mucho contratiempo, aunque Natalia tenía el antebrazo izquierdo vendado.
 
 
Mientras Fernando y Natalia seguían su huida, en Madrid el capital San Miguel empezaba a atar cabos.
-¡Maldita sea! Me he dejado engañar como un novato…
Su secretaria le oía sin escucharle, estaba acostumbrada a los ataques de cólera de su jefe.
-¡Pero me las van a pagar! ¡Esos dos rojos de mierda no saben con quien se la están jugando!
Estaba dispuesto a seguir maldiciendo pero un golpe en la puerta le interrumpió; la persona en cuestión no esperó respuesta y entró sin darle tiempo a reaccionar.
-Buenas noches, por decir algo… Lo siento, Augusto; me han encargado hacer algo que no me gusta…
-Ya, ya… Supongo que una reprimenda ¿no?
-Ojala… Es mucho peor…
-¡No puede ser! Sí, ha sido un desastre, pero solo era una operación… Tendremos más y entonces…
-No… -le interrumpió, no quería que su amigo se hiciese ilusiones- Augusto, se acabó, van a retirarte… De cara a la galería será una jubilación anticipada, pero si te niegas… Créeme, será mejor que no protestes.
 Dicho esto, aquel hombre prefirió dejar a su amigo solo; no le gustaba el papel que le habían asignado en todo aquel desastre, así que se fue sin ni siquiera dar ánimos a Augusto.
El capitán se derrumbó, ya no tenía ánimo para estar furioso… Ni siquiera le iban a dar la oportunidad de cazar a esos mal nacidos. Volvió a casa junto a su esposa, ella también se había enterado de todo… Su matrimonio era de conveniencia y ahora que él no era nadie ni si quiera sabía si podía contar con ella. Sabía que todo se había acabado para él, solo podía retirarse con la cabeza alta y empezar a vivir sin ninguna ocupación…

 
 
Capítulo XXIX

 
Eras las diez de la noche; si Fernando no aparecía en dos horas, ella tendría que emprender su huida sola. Había pasado el día recordando los buenos momentos con Fernando, pero también imaginando cómo sería su hijo… Tenía ganas de verle la carita, de saber a quién se parecería más, de poder besarle; quería que aquellos meses pasasen cuanto antes. Durante todo el día había sentido malestar y, aunque sabía que era por el embarazo, sentía que era una especie de premonición, como si algo malo fuera a pasar. Por la tarde se había entretenido viendo la lluvia desde la ventana; el día era gris y no había nadie por la calle, le gustaba ver cómo los pájaros volaban en desbandada buscando un lugar donde guarecerse del mal día. No podía dejar de pensar en Fernando, estaría mojándose en algún monte, o quizá estaría malherido o le habría pasado algo… No, no podía dejar que los malos presagios se adueñasen de su mente; debía mantener la esperanza.
En aquel momento, mientras miraba por la ventana esperando ver aparecer a Fernando, seguía lloviendo aunque ahora era una lluvia fina y tranquila; parecía que en el exterior todo era tranquilidad. Ya había pasado una hora y media desde que se había puesto a mirar por la ventana; todo llegaba a su fin y ya estaba casi convencida de que tendría que cruzar sola la frontera. Estaba recogiendo las cosas para emprender el camino cuando escuchó unos ruidos extraños. No sabía qué hacer, decidió esconderse detrás de la puerta; antes de irse, Fernando le había dado una pistola por si en algún momento estaba en peligro. Desde que salió de Madrid no había vuelto a pensar en ella; pero su instinto hizo que en aquel momento decidiese cogerla. La puerta se estaba abriendo mientras ella se escondía y apuntaba al vacio; al verla, Fernando se asustó, siempre había pensado que Alicia no sería capaz de utilizar la pistola por muy mala que fuese la situación. Se acercó a ella quitándole la pistola; detrás de él entró Natalia pero ellos dos se sintieron solos.
Fernando guardó la pistola y abrazó a Alicia como nunca lo había hecho.
-Ya estoy aquí…
Se besaron y Alicia no dejaba de tocarle y de abrazarle; necesitaba sentirle junto a ella.
-Fernando… Pensé que no llegabas. Te he echado tanto de menos…
-Yo también mi amor… ¿Estás bien? ¿Has… Has tenido alguna molestia?
-Todo está bien mi amor.
Durante unos minutos se olvidaron de Natalia; se concentraron en ellos, en saber que el otro estaba bien. Cuando fueron conscientes de la realidad; ambos se sintieron algo cohibidos.
-Perdona la situación… Tú eres Natalia ¿verdad? Cuando nos vimos ni siquiera supe tu nombre…
-Tienes razón… -se abrazaron amistosamente- Pero la situación no se prestaba a ser muy simpática…
-Sí, es verdad.
-Natalia, deberíamos revisar la herida antes de continuar el camino.
-Menos mal que estás en todo Fernando; como ni me duele ni nada ya me había olvidado…
-¿Pero qué te ha pasado? ¿Habéis tenido algún problema en la huida?
-Alicia… Bueno, nos encontramos con dos guardias y hubo un pequeño enfrentamiento…
-¿Tuvisteis que matarlos?
-Alicia… -aunque había cambiado mucho, no sabía si Alicia entendería que había cosas que tenían que hacer para sobrevivir- Verás…
-Fernando, no te preocupes… He pasado por tantas cosas que sé que a veces hay que hacer cosas que no te gustan para poder sobrevivir. Si no hubieseis matado a esos guardias seguramente no habríais conseguido llegar…
Fernando se sorprendió de aquella reacción; abrazó a Alicia durante un instante y después se fue directo a por el botiquín para poder cambiar la venda a Natalia.
No descansaron ni un momento, en cuanto Fernando cambió la venda a Natalia, se pusieron en marcha. Para huir hacia Francia utilizarían uno de los caminos por los que Fernando llevaba a los compañeros que ayudaba a huir clandestinamente. Era el más seguro de los caminos, pero siempre había peligro; ninguno de los tres se permitía sentir miedo, pero en el fondo era el sentimiento que dominaba aquellas horas.
Alicia recordó su primera huida con Alberto, aunque físicamente había sido menos dura; también había sido menos esperanzadora. Si todo salía bien, tendría un futuro junto a Fernando; en su primera huida no tenía esa posibilidad. Fernando solo podía pensar en la seguridad de Alicia; su mayor miedo era que a ella le pasase algo. Natalia estaba tranquila, confiaba en Fernando y sabía que su futuro no podría estar en mejores manos; además, su pareja ya estaba a salvo en Francia y eso era una tranquilidad añadida.
Acababan de pararse unos minutos, no habían parado en toda la noche; pasaban cerca de un río y aprovecharon para coger agua y poder descansar durante unos instantes. Reanudaron la huida y ya no descansaron hasta primera hora de la tarde cuando pararon para comer un poco. Fernando no dejaba de estar pendiente de Alicia; ella se sentía bien al notar sus abrazos o sus caricias, era todo lo que necesitaba para continuar. Durante aquellas horas de huida, Alicia y Natalia se conocieron más, ambas se sentían acompañadas mientras se contaban sus cosas. Llegaron al último sitio peligroso del camino; atravesando el pueblo que tenían delante llegarían a un camino despejado por el que en menos de una hora estarían en Francia. Fernando sabía que atravesar los tres juntos el pueblo era muy peligroso, pero no sabía cómo hacerlo; ninguna de las dos conocía la zona, ninguna podría ir sola y desde luego no permitiría que Alicia se adentrase en el pueblo sola. Aunque era muy arriesgado cruzar el pueblo los tres juntos porque llamarían la atención, era la única posibilidad que tenían, y tenían que hacerlo antes de que cayese la noche porque sería más sospechoso que tres personas anduviesen por el pueblo de noche. Fernando les explicó la situación y ellas aceptaron correr el riesgo de no separarse.
Siguiendo las instrucciones de Fernando, los tres se adentraron en el pueblo; se encontraron con un par de jóvenes que no les prestaron la más mínima atención. Para no llamar la atención entraron en el bar del pueblo; a Fernando ya le conocían de otras veces, siempre que utilizaba ese camino hacía una parada en aquel bar. Los dueños del bar eran del partido y siempre podía enterarse de posibles peligros; ese día en el bar el tema de conversación era el asalto al cuartel de Cantabria. Seguían sin haber cogido a nadie relacionado con el asalto; y tampoco se comentaba que hubiese ningún infiltrado. Los dueños del bar le informaron a Fernando que aquel día los guardias estaban en un pueblo cercano organizando una fiesta y que solo habían quedado dos en todo el pueblo. Gracias a esta noticia se tranquilizaron un poco y continuaron el camino más ligeros y confiados. Fernando seguía estando pendiente de Alicia; la cogía de la mano, la abrazaba, le hacía sentir que estaba al lado de ella. A veces Alicia se sentía un poco agobiada por tantas atenciones; pero en realidad le gustaba y se sentía feliz con esos pequeños gestos.
 
Mientras ellos tres seguían su camino; en Madrid alguien había tomado una decisión irrevocable. Ya no tenía apoyos, no tenía influencia, ya no era nadie; había intentado averiguar el destino de Ernesto y Anne, si es que esos eran sus verdaderos nombres. Pero nadie le ayudaba, ningún contacto, ningún viejo amigo; había fracasado y lo sabía. Nada en su vida tenía sentido; y, aunque siempre había dicho que tomar una decisión así era de cobardes, creía que era su única salida. Ahora le parecía que había que ser muy valiente para hacerlo; llevaba varias horas con la carta de despedida escrita pero no tenía el valor de hacerlo. De repente decidió que no, que no podía hacerlo; se acordó de sus padres y una idea se fue formando en su cabeza. Sí, se pondría en contacto con ellos, seguro que esos dos infiltrados pretendían cruzar la frontera y en cuanto lo hiciesen él haría que sus padres les siguiesen la pista. Fue a guardar su pistola pero el destino decidió por él. De forma accidental disparó la pistola que estaba a punto de guardar en la vitrina; el disparo no fue certero, la bala entró por el brazo y salió por el hombro izquierdo. Durante más de tres horas estuvo tendido en el suelo malherido hasta que perdió la consciencia y murió desangrado. Nunca nadie sabría que había sido un accidente; aunque la versión oficial así informaba en los periódicos, para todo el mundo que le conoció, Augusto se había suicidado después de que unos infiltrados le engañasen para hacer fallar una operación contra el maquis.
 
 
Estaban muy cerca de la frontera, en unos minutos estarían a salvo en suelo francés; en ese momento los recuerdos de los tres se agolparon en sus mentes. Los tres revivieron muchas de las experiencias vividas en España.
Para Fernando, España significaba su infancia, su familia y sus camaradas… Todo lo había perdido al comenzar la guerra; además, para él España también significaba su amistad con Roberto. Su amigo estaba enterrado allí y él nunca había podido visitar su tumba; sabía que Luisa había arreglado todo. España también significaba para Fernando el comienzo de su relación con Alicia; tenía tantos recuerdos de esa etapa… Y por último España era el motivo de su lucha, su vida se había basado en luchar por liberar España y eso siempre sería una espinita para él. Aunque el recuerdo más triste de España siempre sería su fallido fusilamiento… Lo que más le seguía doliendo era la muerte de Andrea; seguía considerándose responsable de que ella estuviese muerta.
Para Alicia, España significaba el dolor y la felicidad, el horror y el paraíso. En España había conocido la parte más horrible del ser humano, en cuanto llegó a España había sentido el peso de una sociedad retrógrada. Al poco de llegar, su padre murió y se instaló en casa de sus tíos donde empezó para ella otro horror. En pocas semanas comprobó que no podría luchar por sus ideas y que el país la cambiaría… Por el contrario, en España había conocido a Camilo, a Luisa, a su prima Mati, a Álvaro, a los dueños de El Asturiano… Pero sobre todo a Fernando; si algo estaba en su memoria eran los primeros recuerdos de su relación con Fernando. Pero después volvió a conocer el horror; primero el intento de abuso de su tío, después la marcha de Fernando y cuando había conseguido seguir adelante con su tranquila vida… En ese momento había conocido la sentencia de muerte de Fernando. Sin duda, ese era el peor recuerdo que podría llevarse de España; menos mal que también había sido en España donde descubrió que Fernando había sobrevivido. Por eso para ella, España era el paraíso y el infierno a la vez.
Para Natalia España significaba la resistencia; desde que tenía memoria su vida se basaba en la lucha. También significaba la felicidad junto a Federico; aunque pasaron malos momentos, fueron muy felices juntos. El peor recuerdo de España era el suicidio de Federico; pero ni siquiera en ese momento se había permitido flaquear, como ella misma decía siempre, ella era una resistente y eso era lo que tenía que hacer: resistir.
 
Y así, recordando todo lo vivido en España; los tres cruzaron la frontera con una mezcla de tristeza, alivio y felicidad.
 
 

Capítulo XXX

 
Principios de junio de 1955
 
Llevaban casi ocho meses viviendo juntos en París, se habían instalado en el piso de Alicia; al principio les costó adaptarse y pasaron momentos complicados. Fernando seguía en la lucha aunque no tan implicado como antes; se encargaba de planear las operaciones y el papeleo pero también seguía ayudando a cruzar la frontera a compañeros que lo necesitaban. Alicia también seguía interviniendo cuando se la necesitaba; aunque prefería dedicarse a la abogacía. Había encontrado la forma de ayudar en la lucha desde su profesión; estaba creando un bufete de abogados españoles exiliados que pretendían defender a presos políticos españoles. Para ello debía viajar a España con cierta regularidad; pero sobre todo ella se dedicaba a preparar los casos y alguno de sus compañeros del bufete se encargaba de viajar a España para defender a los presos. Sus éxitos eran muy escasos pero se sentía bien intentándolo por todos los medios. En esos ochos meses, Fernando había viajado a España en dos ocasiones y Alicia en tres; aquel día llegaba Alicia de su último viaje. Aunque el médico la había recomendado reposo, ella no pudo quedarse en Francia mientras uno de sus defendidos tenía el juicio. En una semana saldría de cuentas así que Fernando había hecho que adelantase la vuelta para poder pasar con ella los últimos días de su embarazo. Él no quería que viajase a España justo antes de dar a luz, pero Alicia siempre se salía con la suya y nadie pudo convencerla para que se quedase.
Durante aquel tiempo, nunca se arrepintieron de darse aquella segunda oportunidad; pasaron momentos muy felices juntos esperando la llegada de su hijo. Cuando llevaban menos de un mes, recibieron una carta de Ricardo y Laura; ellos no podían contestarles pero notaron un tono de amistad verdadera. Se sinceraban con ellos contándoles quiénes eran y lo que hacían y ofreciéndose a ayudarles en caso de necesitarlo. También les agradecían la confianza que habían depositado en ellos al permitir que Cristian les contase la verdad. Al leer la carta, sintieron no poder escribirles ni mantener una relación de amistad con ellos; Fernando ya estaba acostumbrado a tener que soportar eso, pero para Alicia aún seguía siendo duro dejar los sentimientos a un lado y conformarse con haber disfrutado de esa amistad durante un tiempo. 
La única mala noticia durante aquellos meses fue que en ciertos círculos importantes se estaba especulando con la posibilidad de que España entrase a formar parte de la ONU. Solo eran rumores, pero posiblemente antes del final de ese año, se hiciese realidad. Para Alicia era un nuevo obstáculo que salvar; si se hacía realidad, Franco se asentaría aún más en el poder. Ella creía que aún cuando los países apoyasen a Franco, la población no lo hacía, y que con la lucha de todos, algún día se conseguiría acabar con él. Para Fernando, era una muestra más de lo que siempre les pasaba a los españoles: se quedaban solos. Siempre tuvieron que luchar en solitario por su país; ellos, que habían ayudado a acabar con el fascismo de Hitler, se enfrentaban solos contra Franco. Lo peor era pensar que apoyaban a Franco por simple conveniencia; con ese apoyo, sería más difícil liberar a España de Franco. Una vez más, Fernando se sentía decepcionado y vendido; pero nunca vencido, además, sabía que aunque los que tomaban las decisiones apoyaban a Franco, los ciudadanos tenían otra opinión. Los dos sabían que tendrían que enfrentarse a años muy duros en la lucha, pero no pensaban dejarse vencer; para Fernando era aún peor, sabía que a partir de ese momento la estrategia cambiaría radicalmente y no tenía muy claro cómo podría ayudar.
 
Fernando había preparado una comida especial para celebrar el cumpleaños de Alicia; desde que cumplió 19 años no lo habían celebrado juntos. Aquel día cumplía 25 años y él quería que ese día no se le olvidara nunca, al igual que ninguno de los dos pudieron olvidar aquel lejano día de 1949. Estaba de camino a la estación de tren; a Alicia siempre le gustaba viajar en tren para ir a España, en cierta forma ese pequeño gesto de coger un tren hacia España la acercaba a su padre. El tren llegaría en hora y media pero, como de costumbre, a Fernando le gustaba llegar pronto por lo que pudiese pasar. Llevaba un ramo de 25 rosas blancas; sabía que con ese regalo no fallaba, pero también sabía que Alicia pensaría en la poca originalidad del regalo. Por eso tenía un regalo inesperado en casa; pero hasta después de la comida no pensaba dárselo. El día que les esperaba era completo, para comer estarían solos y podrían dedicarse unos momentos el uno al otro; por la noche tenían preparada una cena con todos sus amigos. Ninguno quiso perderse ese día; a la cena asistirían Natalia, su pareja, Antonio, Liberto, Sara, e incluso Cristian. Ya hacía algunos meses que estaba en Francia, aunque no vivía en París, había hecho el viaje para estar con ellos. Alberto habría querido estar ese día junto a ellos pero estaba fuera de París. Cuando descubrió que Fernando seguía vivo se quedó impactado pero sobre todo se llevó una alegría; desde ese momento no pasaba ni una semana sin que estuviesen en contacto, y si estaba fuera solía llamar o escribir. Aunque Alberto había sentido algo intenso por Alicia, se alegraba porque ellos pudiesen vivir su amor; para él eran muy importantes los dos y sabía que ellos solo serían felices si estaban juntos.
 
Estaban anunciando la llegada del tren de Madrid, Fernando se acercó al andén y esperó unos minutos hasta que a lo lejos vio aparecer el tren. El tren estaba lleno, la gente empezó a bajarse y a encontrarse con sus familiares y amigos; Fernando se impacientaba por momentos. No había ni rastro de Alicia y el tren seguía vaciándose; por la cabeza de Fernando empezaron a pasar mil imágenes… Se imaginaba a Alicia en problemas, alguien del pasado la habría reconocido y denunciado a la policía… Justo cuando estaba pensado en cómo podría saber algo de Alicia, ella apareció con una maleta y andando lentamente. Fernando corrió a su lado y la abrazó; después de un beso sincero le cogió la maleta.
-Pensé que no llegabas… -volvió a abrazarla- ¡Felicidades!
-Muchas gracias. Te he echado de menos.
-Yo también, ¿y qué tal te encuentras? ¿Has tenido alguna molestia? Si quieres podemos quedarnos todo el día en casa y así descansas…
-Fernando, tranquilo; ¡estoy bien!
-Ya… Bueno, si te sientes mal me lo dices enseguida…
-Sí, no te preocupes…
-Bueno, ¿y qué tal en España?
-Como siempre… -no le apetecía hablar del caso que acababa de tener; no habían conseguido nada así que prefería no hablar de eso- Mejor dejemos el tema… ¡Oye! ¿Ese es mi regalo?
Fernando había posado el ramo de flores en el banco que tenían al lado; se había olvidado por completo cuando cogió la maleta para que ella no cargase peso.
-¡Sí! Perdona… -cogió el ramo y se lo dio- Tus favoritas… Espero que te gusten.
-Sabes que sí…
Se besaron una vez más y emprendieron el camino a casa. Cuando llegaron, Alicia se quedó sorprendida al ver la toda la comida que había preparado Fernando.
-Pero ¿y todo esto? Fernando estás loco…
-Sí, -la besó- eso ya me lo habías dicho alguna otra vez...
Ambos rieron abiertamente recordando el momento en que Fernando había entrado en el piso franco con la tarta, las flores y el vino para celebrar el cumpleaños.
Comieron tranquilos y felices, disfrutando de aquel día que inevitablemente les recordaba aquel primer cumpleaños que celebraron juntos. Llegó el momento de comer la tarta y Alicia se volvió a sorprender cuando vio que la tarta era igual que la de aquel primer cumpleaños en el piso franco.
-Bueno, y ahora llega el momento de darte tu regalo…
-¿Mi regalo? ¿Pero no eran las rosas?
-Sí, pero hay más.
Alicia sonrió radiante; Fernando fue a la habitación y regresó con una pequeña cajita.
-Alicia –le tendió la cajita- felicidades.
-Muchas gracias…
Desenvolvió la pequeña caja con cuidado, estaba impaciente por saber qué contenía aquel paquete. Al terminar, comprobó que Fernando la conocía perfectamente, el regalo era algo soñado. Fernando le había comprado una cadena con un pequeño colgante: una media luna con pequeñas estrellas dentro.
-¿Te gusta?
-Es perfecto… Tú eres perfecto…
Ambos sonrieron al volver a recordar aquel cumpleaños.
-¿Sabes? Desde que te fuiste, cada noche pedía deseos a la luna… Ahora ya no tengo ningún motivo; tengo todo lo que deseo…
-Yo también Alicia. Te quiero.
Se besaron y Fernando se apartó de ella para poner música.
-¿Quieres bailar? Si no te apetece no pasa nada… No hagas esfuerzos…
-Bailar contigo no es ningún esfuerzo…
Aunque los pasos de Alicia eran algo torpes, bailaron durante unos minutos. En ese momento Alicia recordó las cartas que Fernando le había escrito antes de volver a España. Durante aquellos meses había leído todas; hasta que no las terminó no le dijo nada a Fernando. Gracias a aquellas cartas pudo conocerle mejor; cuando le contó que ya había leído todas, él insistió en leer juntos las cartas que les había escrito a Roberto y a Belle. Fernando quería compartir con ella todos sus sentimientos, no quería que hubiese secretos; pensaba que para secretos ya bastantes hubo al principio de conocerse. Después de leer aquellas cartas, Alicia se sentía más cerca de Fernando que nunca; además, había insistido a Fernando para que la dejase acompañarle cuando visitara la tumba de Belle. Juntos habían llevado unas bonitas flores y le habían contado la nueva vida que llevaban; Fernando en esos momentos se había sentido en paz.
Alicia se sintió algo cansada después del baile así que se sentó en el sofá mientras Fernando recogía la mesa; pero no pudo soportar estar parada mientras quedaban cosas por hacer y se levantó a ayudar a Fernando. En ese momento sintió un fuerte dolor.
-¡Fernando! ¡Fernando!
-¿Qué pasa? –corrió a su lado- ¿Te encuentras mal? Espera, cojo las llaves y vamos al hospital.
Aquella vez Alicia no tranquilizó a Fernando ni trató de convencerle para no ir al hospital; no lo hizo porque ella misma se había asustado, el dolor era fuerte. Mientras Fernando cogía las llaves y llamaba a un taxi, Alicia rompió aguas y se asustó más. En menos de veinte minutos estaban en el hospital; atendieron a Alicia rápidamente aunque el parto duró varias horas. Fernando no podía estar más nervioso, al principio no le habían dejado entrar con ella pero se quejó tanto que al final pasó junto a Alicia. Para ella fue una tranquilidad sentir a Fernando al lado suyo; él no dejaba de estar pendiente de ella y de darla ánimos. Al cabo de unas horas, Alicia pudo besar a su preciosa hija.
-Fernando, tenías razón; es una niña…
-Sí y es preciosa –Fernando las besó a las dos- se parece a ti.
-No… -aunque estaba agotada después del parto, no quería perderse esos primeros instantes junto a su hija- tiene tu misma sonrisa… Por eso es preciosa…
-Bueno, pero los ojos son iguales a los tuyos… Además, hasta habéis nacido el mismo día…
-Sí, -no dejaba de acariciar las manitas de su hija- es el mejor regalo que podría tener…
-Para mí también es un regalo.
Alicia le acercó a su hija y la posó en sus brazos; Fernando no encontraba las palabras para explicar aquella sensación. Era increíble sentir en los brazos aquella vida tan pequeña; aquella niña era la mejor muestra de su amor. En ese momento, Fernando comprendió que aquellas dos mujeres marcarían un antes y un después en su vida; Alicia ya lo había hecho al conocerla. Gracias a ella pudo superar la terrible muerte de Belle, pudo volver a enamorarse; pero a partir de aquel momento… Ser padre no podía compararse a nada; su vida acababa de cambiar, al igual que la de Alicia.
Alicia descansó el resto del día; Fernando se encargó de llamar a sus amigos y de decirles que era mejor que esperasen al día siguiente para visitarles y así Alicia podría descansar. Aquella noche ninguno de los dos durmió, Alicia tumbada en la cama y Fernando sentado junto a ella se dedicaron a contemplar a su hija. No podían creérselo pero era real; allí estaban ellos dos y junto a ellos la niña de la que eran responsables.
-Alicia… -su voz era un susurro, no quería molestar el sueño de su hija- Me gustaría decidir el nombre de la niña… Si a ti no te parece mal…
-Creo que sé qué nombre es perfecto para nuestra hija –Alicia supo desde siempre que si era niña debía llamarse así- Quiero que se llame Andrea.
-¿De verdad? –no podía creerse cómo se conocían el uno al otro- Alicia eres increíble…
-Sé que para ti fue muy duro el final de Andrea… Aunque nunca la conocí, siento que en cierta forma sí la conozco… Antonio y Liberto siempre me hablaron de ella y después cuando tú me has contado cómo os conocisteis… Sí, quiero que mi hija se llame como ella.
Se besaron y siguieron contemplando a su hija durante toda la noche; fue una de las noches más felices de sus vidas.
 
Con el paso de los años, cuando alguien les preguntaba cuándo supieron que su historia de amor tendría futuro; ambos contestaban lo mismo. Lo tuvieron claro aquella primera noche junto a su hija; la pasaron velando el sueño de la pequeña Andrea y haciéndose confidencias. Aquella noche, Alicia recordó que Fernando le había contado una cosa cuando ambos estaban en el piso franco que ahora parecía muy real, aunque en su día lo tomase como una manera de dejar claros sus sentimientos hacia él. Como él mismo le había dicho, si aprendía a vencer en la lucha contra el tiempo podría conseguir lo que se propusiese, incluso escoger su propio destino. Alicia había burlado a las circunstancias y aquella tarde junto a Fernando marcó el resto de su vida: “Yo quiero que mi destino seas tú”. Ellos dos escogieron su destino y, a pesar de tener todo en contra, lucharon contra todo y vencieron al tiempo.








Comentarios hacia esta página:
Comentado por:19-07-2011, 16:57 (UTC)
relatosnoa
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Pues de nuevo, gracias
Un beso!!!

Comentado por The Slayer, 17-07-2011, 19:03 (UTC):
Por algún motivo pensé que me había quedado a la mitad, pero no, me quedé justo después de que Alicia se encontrara con Álvaro en la plazuela. De nuevo enhorabuena.

Comentado por:15-07-2011, 13:44 (UTC)
relatosnoa
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Muchas gracias Slayer!!!!! Madre mía, todo de un tirón!!!!! Espero que no se te hiciese muy largo jajajaj.
Me alegro que te haya gustado el final Un beso!!!

Comentado por The Slayer, 14-07-2011, 17:51 (UTC):
Caray, acabo de leer lo que me faltaba de un tirón. Casi me da algo cuando natalia y él se encuentran con los guardias civiles. Y el final.... no puede ser más hermoso. Gracias por este relato, es un regalo!

Comentado por rmveguillas, 07-03-2011, 14:03 (UTC):
te he añadido a mi blog.

Comentado por Annedeparis, 06-03-2011, 23:57 (UTC):
lo he leido de un tiron !
Ufff ! que emocion !

Comentado por:06-03-2011, 10:48 (UTC)
relatosnoa
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Muchas gracias La Propia!!!
Un beso!

Comentado por La Propia, 06-03-2011, 00:41 (UTC):
Excelente, Noa...Ya añadí tú página a mis favoritos de mi computadora personal!!!
Cuidate,linda!!!
La Propia!!!



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